La obra de Shakespeare siempre ha sido un apetitoso caramelo para determinados cineastas estrechamente vinculados a la producción del bardo de Stratford. Dos de ellos, británicos como el literato, debutaron en la dirección adaptando el mismo drama: Enrique V. Curiosamente ni Laurence Olivier ni Kenneth Branagh llevaron nunca a la gran pantalla la pieza que nos ocupa, a pesar de ser una de las más versionadas del catálogo de su autor. Quienes más gloria han reportado a Macbeth han venido de tierras lejanas. La más brillante traslación la realizó el japonés Akira Kurosawa con su Trono de sangre, sin desmerecer a los trabajos del estadounidense Orson Welles o del polaco Roman Polanski.
En esta ocasión el realizador procede directamente de las antípodas. El australiano Justin Kurzel se encarga de narrar las andanzas de Macbeth, barón de Glamis, al que las Hermanas Fatídicas, unas brujas agoreras, le profetizan que un día se convertirá en rey de Escocia. Consumido por la ambición e incitado por su esposa asesina al monarca para hacerse con su trono.

El filme comienza con un brío tremendo, de forma muy cinematográfica, con una fotografía (lo mejor que ofrece) que hace palpable el aire debido a la densidad que transmite. Las brumas, las sombras, las luces. Los planos enrojecidos, amarillentos, anaranjados. El uso de la cámara lenta que acrecienta la brutalidad de las imágenes. El brillante juego de contrastes entre el fragor ensordecedor de la batalla y un silencio aterrador acentuado por las ráfagas de viento que ululan amenazantes. Todo muy ambiental y atmosférico, recordando al maravilloso prólogo del Drácula de Coppola.
Para desgracia de los que consideramos al cine una disciplina que debe trascender el origen del texto adaptado potenciándolo audiovisualmente con sus propias herramientas, ese brillante arranque se evapora diluyéndose en una teatralidad que hace que su fuerza decaiga. Constatamos que lo que podría haber sido una obra maestra se va a quedar en un trabajo interesante azuzado por una resurrección final que emparenta con la potente obertura.

Marion Cotillard, aún sin emplearse a fondo, compone una Lady Macbeth pérfida y astuta. Michael Fassbender, magnético y omnipresente, causa y efecto de los vaivenes rítmicos de la película, presenta un Macbeth más intenso de inicio que se va dispersando con el transcurrir de la trama. Recuerda en sus desvaríos al Ricardo Corazón de León avejentado y deprimido de Richard Harris en Robin y Marian. Los muy convincentes Paddy Considine y Sean Harris nos han sorprendido agradablemente impresionándonos más incluso que los cabezas de cartel.
A pesar de las irregularidades, la exhibición de poderío visual de Kurzel resulta incontestable en una adaptación que transmite la esencia de un texto primigenio que bebe en las fuentes de la tragedia griega. Macbeth habla de un destino profetizado, de las debilidades humanas, de la codicia, de la ambición y cómo todo se conjura para fraguar el cruel y fatal porvenir del protagonista. Es el vivo retrato, la imagen que el espejo de Edipo Rey proyecta cuando Shakespeare se coloca frente a él.

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Macbeth
Dirección: Justin Kurzel
Guión: Jacob Koskov, Michael Lesslie y Todd Louiso, basado en la obra de William Shakespeare
Intépretes: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Paddy Considine
Fotografía: Adam Arkapaw
Música: Jed Kurzel
Duración: 113 min.
Reino Unido, Francia, Estados Unidos, 2015
Parecería paradójico comenzar la crítica de una película que se sustenta en un magnífico guión marcado por la conversación continua de los dos personajes principales hablando del sonido cuando lo cierto es que se ha prestado atención a cada uno de los detalles que enmarcan este profundo diálogo. Se ha prescindido de una partitura compuesta expresamente para el filme para utilizar únicamente música diegética, pero lo realmente destacable en este apartado es la ductilidad de unos silencios que permiten al espectador colaborar de manera cómplice aportando el contenido de esos pasajes sin voz a través de su capacidad deductiva.
De mañana, muy temprano, la señora Mercer pasea por el jardín de su casa de campo. El leve tic-tac del reloj de pared, las notas quedas del piano de Mozart que emanan de la radio ahogadas por los cristales del ventanal de la cocina, el murmullo del viento sobre las hojas de los árboles que hace resonar el metálico tañido del pequeño carrillón que cuelga del porche y entre la amalgama acústica, a voz en grito, las reflexiones que esta mujer realiza, mentalmente, sobre su casi medio siglo de historia de amor que se tambalea por momentos. Es ahora cuando va a cobrar sentido el rítmico traqueteo de un proyector de diapositivas que hemos escuchado acompañando la aparición de los créditos iniciales.

Todo este mundo sonoro detiene la hemorragia dialéctica para hacer recapitular al público y poner en orden las piezas del puzzle. Los Mercer se encuentran a cinco días de celebrar la fiesta de su cuadragésimo quinto aniversario de boda cuando él recibe una carta con la sorprendente noticia del hallazgo en los Alpes, cincuenta años después de su trágica muerte, del cuerpo congelado de su primer amor. Kate, desde ese momento, no ha parado de elucubrar y replantearse lo que ha sido su matrimonio.

El fantástico e inspirado libreto del realizador de la cinta, Andrew Haigh, basado en “In another country”, relato corto de David Constantine, explora el espinoso tema del pasado en una relación de pareja. El cineasta británico se ha apoyado en Tom Courtenay y Charlotte Rampling, premiados en Berlín, para reflejar de manera inequívocamente sincera la incómoda irrupción en la vida de sus personajes de lo que parecía definitivamente enterrado. El síndrome de Rebeca ante el que la protagonista poco puede hacer; ¿cómo enfrentarse a un fantasma?

45 años trasciende la ligereza de Le week-end, con la que guarda cierta similitud, y se encuentra incluso por encima, con otra temática, de la intensidad de la magnífica Lejos de ella. Los méritos de una obra como ésta residen, además de en la precisión del texto y en una perfecta dirección de actores con unas conmovedoras interpretaciones, en el resto de pinceladas que completan el fresco. Desde una dirección de fotografía, sutil, nada llamativa, pero cuidadísima; hasta ese fascinante uso del sonido de forma narrativa del que hablábamos al principio. La delicadeza y la fuerza de esta pieza deja el mismo poso en el espectador que esa pequeña maravilla que fue Dublineses.

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45 años
Dirección: Andrew Haigh
Guión: Andrew Haigh, basado en “In another conutry”, relato corto de David Constantine
Intérpretes: Charlotte Rampling, Tom Courtenay, Geraldine James
Fotografía: Lol Crawley
Duración: 95 min.
Reino Unido, 2015
Como culmen de la secuencia más importante de esta imponente película suenan las conocidas notas de “Take this waltz”, aunque esta vez la letra que las acompaña es la original, la de “Pequeño vals vienés” que Leonard Cohen adaptó al inglés a partir del poema de Federico García Lorca. Esta es una de las múltiples referencias externas a “Bodas de Sangre”, pero relacionadas con la obra teatral y con su autor, que enriquecen a este filme basado en la pieza del universal literato granadino. Desde tonadas populares andaluzas que él mismo recuperó, como “La tarara” o “Los cuatro muleros”, hasta el simbolismo onírico-surrealista (con rasgos marcadamente buñuel-dalinianos) que Paula Ortiz, realizadora y coguionista, toma prestado de las influencias que a buen seguro recibió el escritor de sus inseparables amigos en la Residencia de Estudiantes.

La novia va a casarse con el novio, pero tiene dudas, una oscura pasión la reconcome. Su romance pasado con Leonardo, ahora marido de su prima pero todavía enamorado de ella, puede estar haciendo que se replantee la situación. Una historia de amor, pasión, despecho, sospecha y venganza donde son los sentimientos primarios los que generan el conflicto a partir de emociones básicas y puras.

Ya era hora de que el cine español se volviese a atrever a adaptar un clásico, contemporáneo esta vez, respetando en gran parte de los diálogos la cadencia y la musicalidad del texto original. Resulta envidiable la falta de complejos de los franceses para llevar a la gran pantalla a un Cyrano de Bergerac en verso o de los anglosajones para versionar a Shakespeare de todas las maneras posibles e incluso acercarlo al público infantil en El rey león. Desde que Pilar Miró tuvo la osadía de triunfar con El perro del hortelano de Lope de Vega, un páramo, hasta que otra mujer, la zaragozana Paula Ortiz, ha tenido el coraje de tomar el libreto de “Bodas de Sangre” y transformarlo en cine impactante y poderoso, consiguiendo seducirnos gracias a las palabras de Lorca que en boca de sus actores fluyen como arroyo caudaloso en la yerma tierra sobre la que caminan.

El dolor, la desazón, el misticismo, la tragedia, los sentimientos exacerbados de la narración se subrayan y engrandecen de modo sublime gracias a un tratamiento visual espectacular, con la fotografía de Migue Amoedo como protagonista, que ha encontrado un cómplice perfecto en los turgentes y curvilíneos paisajes de la Capadocia turca en contraste con las llanuras desérticas y polvorientas del desierto aragonés. Esa voluptuosidad, carnalidad y lirismo lorquianos se transmutan en una Inma Cuesta que seduce como nunca y recrea una novia insegura, febrilmente apasionada, que desata la tragedia. Su trabajo interpretativo, unido al de la epatante Luisa Gavasa, eriza el vello hasta el punto de eclipsar a un reparto en estado de gracia en el que el único pero lo pone un Alex García desintonizado y falto de la fuerza del resto. Afortunadamente esta película va a dar mucho que hablar en cuestión de reconocimientos a partir de ahora. Imprescindible.

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La novia
Dirección: Paula Ortiz
Guión: Javier García y Paula Ortiz, basado en “Bodas de Sangre” de Federico García Lorca
Intérpretes: Inma Cuesta, Alex García, Asier Etxeandia
Fotografía: Migue Amoedo
Música: Shigeru Umebayashi
Duración: 95 min.
España, Alemania, 2015
Mañana, en http://www.vivazapata.net la crítica de la película que más está dando que hablar desde su estreno el pasado viernes 11 de diciembre. Se ha colocado en cabeza de las películas favoritas tanto de la crítica, con 9 candidaturas a los Premios Feroz, como de la gente del cine, con nada menos que 12 nominaciones a los Goya.
Solo faltan unas horas para comprobar qué hay detrás de esta adaptación de «Bodas de sangre» de Federico García Lorca, dirigida por Paula Ortiz y protagonizada por Inma Cuesta, Asier Etxeandia y Alex García. Esperamos que os parezca interesante.

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El viernes 11 de diciembre volvimos al marco incomparable del salón de actos de Castillo de Marcilla para ver y comentar La carta final en el cine fórum organizado por el Ayuntamiento de Marcilla con la colaboración de la biblioteca de la localidad y su club de lectura, con Gloria Perales, bibliotecaria, a la cabeza.
La anécdota de la tarde sucedió mediada la proyección. Saltó una alarma y, diligentemente, la policía municipal de la localidad desalojó todas las dependencias del Castillo, incluido el salón de actos. Apenas tardaron 10 minutos en resolver la incidencia y nos permitieron regresar para continuar el visionado de una historia que para entonces ya nos tenía completamente enganchados.
Tuvimos la inmensa fortuna de descubrir una joya prácticamente desconocida. Una película, que, para este que escribe, a pesar de contar con dos protagonistas de la talla de Anne Bancroft y Anthony Hopkins, pasó desapercibida en su día debido al modesto estreno que tuvo el 26 de febrero de 1988, circunscrito prácticamente a Madrid capital y grandes ciudades.

Se trata de una adaptación de la autobiografía epistolar de la escritora Helene Hanff publicada bajo el título «84, Charing Cross Road» que recoge 20 años de correspondencia entre la autora neoyoequina y el jefe de ventas de la librería Marks & Co. ubicada en Londres, en la dirección del título. Una relación que va más allá de lo profesional, con unas cartas llenas de ironía y complicidad que ilustran una amistad muy especial que se forja entre dos continentes, en la distancia, y de la que forman parte todos los trabajadores de la librería e incluso la esposa y las hijas del librero londinense.

Un excelente trabajo que se gestó gracias al productor Mel Brooks que compró los derechos de la novela como regalo de cumpleaños para su esposa, Anne Bancroft, que interpreta brillantemente a la escritora, ávida lectora anglófila. La actriz mereció el BAFTA por su trabajo y la película fue reconocida por el USC Scripter, el premio que otorgan los amigos de las bibliotecas de Universidad del Sur de California, a la mejor adaptación cinematográfica de una novela del año 1987, por delante de filmes señeros como Dublineses, donde John Houston adaptaba a James Joyce, o La princesa prometida.

Recomendamos fervientemente su visionado. Os dejamos con las palabras con las que presentamos esta perla escondida que agradecemos haber encontrado.

La carta final es una película que se encuentra, por decirlo de alguna manera, a mitad de camino. Nos vamos a encontrar a Anne Bancroft 20 años después de Mrs. Robinson y a Anthony Hopkins 4 años antes de Hannibal Lecter. Y a los dos siete años después de coincidir en El hombre elefante. Pero La carta final nada tiene que ver ni con El graduado, ni con El silencio de los corderos, ni con El hombre elefante. Vamos a disfrutar y a descubrir qué es eso de La carta final, de la mano de David Jones, su director, y de estos maravillosos intérpretes.

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Copyright imágenes © Brooks Films, Columbia Pictures Corportion. Reservados todos los derechos.
Muy pocas veces un par de palabras en un idioma distinto al utilizado para escribir un guión han encerrado tanto significado, el otro caso paradigmático sería Million dollar baby, con la emocionante jaculatoria que Clint Eastwood susurraba, en gaélico, al oído de Hillary Swank: mo chuisle. Stoikiy muzhik, ruso, viene a querer decir “hombre firme” y sintetiza la especial relación que surge entre los dos protagonistas de la película. James Donovan es un abogado que ganó su prestigio en los juicios de Nuremberg y que ahora entrega su talento a una gran aseguradora (Tom Hanks) al que encomiendan la defensa de un espía soviético en suelo estadounidense (Mark Rylance) en la época más cruenta de la Guerra Fría. Este peculiar tipo, Rudolf Abel, británico de padres ruso-alemanes, es quien pronuncia ese apelativo en el idioma de sus ancestros.

Un Spielberg juguetonamente referencial consigue transmitir desde el principio la singularidad de este personaje trazado por la inequívoca pluma de los hermanos Coen, coguionistas de la película. El plano de arranque muestra a Abel plasmando su propia imagen en un cuadro utilizando un espejo para capturar de modo fidedigno sus propias facciones, reproduciendo milimétricamente el “Triple autorretrato” de Norman Rockwell, trasladando así una dimensión artística que otorga profundidad a la fascinante personalidad de este fulano de carácter inusualmente tranquilo con el que Rylance presenta su candidatura al Óscar.

No nos encontramos ante el típico filme de espías. Spielberg regresa a su faceta más reflexiva, muy celebrada en trabajos como Munich y, sobre todo, Lincoln. Comienza mirando hacia su propia nación, hacia las bases sobre las que se sustenta, hacia su constitución y los derechos civiles para, en la segunda mitad, dirigir su foco, como si se tratase del inquilino del despacho oval, al exterior, a un mundo en descomposición marcado por la construcción del Muro de Berlín. Aunque si escarbamos un poco, en lo más profundo aparece un tratado sobre las convicciones personales, los principios y el sentido del deber, conceptos glosados a través de la complicidad que surge entre personajes tan aparentemente antagónicos como Donovan y Abel.

Detalles nimios como la falta de fluidez puntual al trasladarse la trama a Alemania y cierto maniqueísmo a la hora de contrastar la diferencia de trato a los prisioneros entre los funcionarios de ambas potencias no deben empañar lo que, sin duda, constituye un interesante largometraje que se enmarca entre las grandes obras del Spielberg más reciente. Una cinta que se enriquece de un texto que no renuncia al sentido del humor en pequeñas dosis a pesar de tratar temas sesudos y de la excelente banda sonora de Thomas Newman, partitura que por primera vez en treinta años no firma John Williams, y que concluye con un magnífico plano-espejo en el que Tom Hanks observa algo por la ventanilla de un tren que cambia su semblante por completo, algo que va íntimamente ligado al significado último de un tema del inmortal Nino Bravo: “Libre”.

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El puente de los espías
Dirección: Steven Spielberg
Guión: Matt Charman, Ethan Coen y Joel Coen
Intérpretes: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan
Fotografía: Janusz Kaminski
Música: Thomas Newman
Duración: 141 min.
Estados Unidos, India, Alemania, 2015
El marketing, tan importante a la hora de vender cualquier tipo de producto, experimenta un crecimiento exponencial cuando lo que se quiere es exaltar las virtudes de un filme. En ese sentido, resulta clave tanto la labor de promoción como la elección de la fecha en la que va a aterrizar en la cartelera. Tres razones muy diferentes hacían del 27 de noviembre el momento idóneo para el estreno de Paulina. En primer lugar, dos días antes se ha celebrado el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, hecho que se encuentra íntimamente ligado al argumento del largometraje. La obra del argentino Santiago Mitre se hizo con tres galardones muy significativos en el pasado Festival de San Sebastián (Horizontes Latinos, Otra Mirada TVE y Premio de la Juventud) apenas dos meses atrás, con el efecto arrastre que eso supone para el aficionado. Y por último, no es necesario presentar a la actriz principal, Dolores Fonzi, a la que el gran público ya conoce por su aparición en la exitosa Truman.

Paulina es la actualización de La patota, trabajo que se estrenó en España en 1960 con el nombre de Ultraje. Cuenta la historia de una joven de posición acomodada que renuncia a una prometedora carrera judicial para colaborar como profesora en un proyecto que pretende desarrollar una zona rural deprimida de Argentina. Al poco de llegar es violada por un grupo de hombres. La película narra el modo en el que la protagonista va a afrontar las consecuencias físicas y psicológicas de un hecho tan terrible.

Dolores Fonzi, magnífica, representa lo mejor de la cinta. Su intenso trabajo transmite algo tan difícil de expresar como lo que se debate en el interior de Paulina. Mitre juega constantemente con planos secuencia en torno a esta mujer, mostrándola frente a la cámara, en primer término, siguiéndola constantemente, como si quisiera desnudar su alma, retratar lo que se le pasa por la cabeza, pero dejando que sea el espectador el que se asome a esa extraña mezcla de sentimientos.

El director, acertadamente, comienza la narración desde dos puntos de vista; primero, el de la cooperante, a continuación, el de sus agresores. Pero en el momento crucial en que debería emerger el conflicto el filme se atasca, se viene abajo dramáticamente, como si el cineasta no supiese cómo continuar. Paulina adolece de falta de concordancia entre una temática tan impactante como interesante y la manera en la que la misma se plasma sobre la pantalla. Produce cierta desazón el hecho de que el irregular pulso narrativo de un realizador disperso por momentos, y tal vez acobardado por la magnitud de lo que tiene entre manos, impida que esta historia golpee con más contundencia la conciencia del espectador. Las altas expectativas generadas por la catarata de reconocimientos recibidos terminan por jugar en contra de este trabajo, lo que no es óbice para, a pesar de sus defectos formales, recomendar su visionado debido a la complejidad y la relevancia del contenido abordado.

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Paulina
Dirección: Santiago Mitre
Guión: Mariano Llinás y Santiago Mitre, basado en el guión original de Eduardo Borrás y Daniel Tinayre
Intérpretes: Dolores Fonzi, Óscar Martínez, Esteban Lamothe
Música: Nicolás Varchausky
Fotografía: Gustavo Biazzi
Duración: 103 min.
Argentina, Brasil, Francia, 2015.
El zumbido eléctrico del filamento incandescente de una bombilla aturde nuestros sentidos mientras la imagen se tiñe del característico rojo del cuarto oscuro donde se está revelando un reportaje muy especial. El afamado fotógrafo holandés Anton Corbijn, conocido por sus colaboraciones con bandas como U2 o R.E.M., ha esperado a su cuarto filme para enfocar su mirada sobre la profesión que lo encumbró. Para ello ha escogido la intrahistoria que subyace tras la celebérrima fotografía de un desconocido joven actor, de aspecto indómito, que camina por Times Square encogido dentro de un largo abrigo negro para refugiarse del frío y la lluvia del invierno neoyorquino mientras un cigarrillo bascula, juguetón, en la comisura de sus labios. Esta es la más representativa de las publicadas por la revista Life en marzo de 1955. Aquellas que pusieron en el mapa al hombre detrás de la cámara, Dennis Stock, y al que posaba para él, James Dean.
En su primer, y más interesante largometraje, Control, Corbijn quiso acercarse a un tema que conocía perfectamente, esbozando un interesante perfil de Ian Curtis, el fallecido líder del grupo Joy Division. De los dos siguientes, The American y El hombre más buscado, centrados en el mundo del espionaje, podemos decir que, sin decepcionar, funcionan como una espoleta de acción retardada. Resulta costoso entrar en la trama pero en cuanto el mecanismo explota, la película engancha al espectador.

Con Life ocurre todo lo contrario. En seguida nos vemos sumergidos en la excitante atmósfera del Hollywood de los 50 y de todo el mundillo paralelo que orbita en torno a los astros del celuloide, y que se nutre de ellos para sobrevivir, dentro del que se encuentran los fotógrafos de cine. Nicholas Ray, Natalie Wood, James Dean, Pier Angeli, Jack Warner, la promoción de Al este del Edén y el casting de Rebelde sin causa. Por desgracia, la película se viene abajo irremediablemente pasado el primer acto, cuando el protagonista, encarnado por un Robert Pattinson excesivamente intenso y cargante por momentos, persigue a Dean hasta Nueva York. La fluidez desaparece por completo para dar paso a circunloquios que no llevan a ninguna parte.

Esta pérdida de rumbo culmina con la decepcionante constatación del hecho de que un profesional del encuadre y de la luz como el espigado artista holandés no imprima a sus obras cinematográficas el mismo atractivo que a sus espectaculares fotografías. Analizando su todavía corta filmografía, da la sensación de que compone los planos y mueve la cámara con gran desdén. De forma paradójica, e irritante, su ramplonería como realizador contrasta con su maestría como retratista.

A pesar de la brillante interpretación que Dane Dehaan realiza de un símbolo del inconformismo como Dean y de unos títulos de crédito finales donde podemos disfrutar de las icónicas instantáneas originales, nos encontramos, tristemente, ante un nuevo caso de premisa tremendamente atractiva e interesante malograda por un director que se deja embelesar por sus personajes y los diálogos de un guión necesitado de la tijera de un buen montador.
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Life
Dirección: Anton Corbijn
Guión: Luke Davies
Intérpretes: Robert Pattinson, Dane DeHaan, Joel Edgerton
Fotografía: Charlotte Bruus Christensen
Duración: 111 min.
Canadá, Alemania, Australia, Estados Unidos, 2015
El gran compositor del cine español José Nieto afirmó, negro sobre blanco, que la música tiene una influencia secreta en el espectador. La banda sonora de Sicario cumple con ese precepto y con el abc de lo que tiene que ser una buena partitura para una película. Funcionalidad, se adapta perfectamente a las imágenes a las que acompaña; sutileza, no destaca por encima del todo; y emoción, ayuda al conjunto del que forma parte a crear ese estado de tensión en el público que transmite que algo importante e impactante está a punto de ocurrir.
De manera ambiental, fundiéndose con los efectos sonoros, las notas palpitan al ritmo del latido del corazón de la protagonista. Kate Macer (Emily Blunt) es otra de esas mujeres fuertes, independientes, idealistas, con sentido del deber y personalidad para sobrevivir en un mundo de hombres, en este caso en el FBI, como Maya lo hacía en el ejercito en La noche más oscura. El sonido, maravillosamente modulado, se mueve de esta tenuidad al estruendo más absoluto que marca el asalto a un piso franco del cártel de Sonora. Ese éxito hará que un grupo gubernamental de operaciones especiales reclute a la agente con el objetivo de derrocar al capo mejicano de la droga que controla el narcotráfico a ambos lados de la frontera.

Denis Villeneuve vuelve a articular, como en Prisioneros, un relato duro y sin concesión alguna a la comercialidad. De nuevo plantea un dilema moral: ¿hasta qué punto, desde el lado de la ley, uno puede tomarse la justicia por su mano por mucho que puedan existir hechos que lo justifiquen o por más que suponga un medio, un mal menor, para conseguir el objetivo de un bien mayor? Para ello juega con los contrapuestos puntos de vista de los dos protagonistas. La rectitud de la miembro del FBI frente a la heterodoxia del misterioso agente encarnado por Benicio del Toro.

El impecable dibujo de este singular fulano se ha esbozado sin apenas diálogo, a partir de miradas, gestos, movimientos y presencia física, consiguiendo por parte del puertorriqueño de rostro impenetrable otra interpretación realmente memorable basada en la apabullante elocuencia del silencio. En la esquina opuesta, una fantástica Emily Blunt desarrolla su rol apoyándose en la introversión de este personaje-conciencia que representa el estado de ánimo del espectador.

La crudeza que encontramos en Sicario no es sino el reflejo de una espeluznante realidad, aún así, el cineasta canadiense, teniendo en cuenta el impacto que ciertos pasajes pueden causar en la platea, se acerca a ellos con tremenda delicadeza y exquisito respeto. El uso de la luz, de los desenfoques, la precisión con que mueve la cámara en primera persona el propio director de fotografía Roger Deakins, colaboran, junto a la magnífica banda sonora de Jóhann Jóhannsson, en la creación de una atmósfera que confiere al concienzudo relato el soporte estilístico adecuado. Detalles como estos, que convierten una gran película en una obra maestra, nos llevan a afirmar que nos encontramos ante una de las películas del año.

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Copyright imágenes © Thunder Road Pictures, Lionsgate, Black Label Media. Cortesía de Aurum Producciones – EOne España. Reservados todos los derechos.
Sicario
Dirección: Denis Villeneuve
Guión: Taylor Sheridan
Intérpretes: Emily Blunt, Benicio del Toro, Josh Brolin
Música: Jóhann Jóhannsson
Fotografía: Roger Deakins
Duración: 121 min.
Estados Unidos, 2015
Este proyecto tiene como origen un acontecimiento real acaecido hace apenas dos años: la declaración de Luis Bárcenas ante el juez Ruz producida el 15 de julio de 2013. Ese punto de partida lo convierte en una rara avis dentro de un cine español excesivamente retraído a la hora de retratar su historia más reciente. En ese sentido el espejo a mirarse debería ser la producción estadounidense que sin ningún tipo de complejos se ha querido acercar a asuntos controvertidos englobados en las diversas esferas que marcan el pulso del país. En el terrero del documental, Bowling for Columbine (armas), Inside Job (crisis económica) o Citizenfour (espionaje de estado) han sido trabajos merecedores del Oscar. Si nos acercamos a acontecimientos reales ficcionados encontramos cintas como Margin Call (caída de Lehman Brothers), La noche más oscura (operación Bin Laden) o W. (biografía política).
B, la película comparte fórmula para el título con esta última, aunque con quien guarda un estrecho paralelismo es con el magnífico trabajo de Ron Howard, Frost/Nixon. Ambas parten de dos enfrentamientos verbales, uno televisivo, el otro judicial, cuya literalidad no han querido traicionar sus directores después de recoger lo que, del mismo modo, trasladaron con anterioridad Peter Morgan y Jordi Casanovas a las tablas. Recogen cuatro grandes interpretaciones, dos a dos, en las que, sobre los brillantes dibujos que Michael Sheen y Manolo Solo esbozan, respectivamente, del presentador David Frost y del juez Pablo Ruz, destacan los magníficos acercamientos de sus pares, Frank Langella y Pedro Casablanc, a los personajes más oscuros y complejos de cada una de las funciones, Richard Nixon y Luis Bárcenas. Difieren en la manera de salvar su origen escénico: mientras que Howard prefiere escrutar el antes y después de la entrevista, pagando el peaje de cierta dramatización, el espartano planteamiento del pamplonés David Ilundáin, renunciando a la música incidental con el escrupuloso respeto a la textualidad de la declaración como objetivo, no consigue hacer olvidar del todo la génesis teatral de su obra.

La desnudez de la puesta en escena, a pesar de una meritoria labor de planificación y montaje, hace prácticamente imposible mantener el ritmo de una narración que decae por momentos, hecho que no es óbice para alabar, ante la extrema dificultad de un desafío que raya en lo experimental, la valentía del director al abordar un texto judicial, sin matices dramáticos en origen, que respeta la unidad de espacio, tiempo y acción.

Ilundáin y Casablanc nos descubren al histrión, caradura, cínico, irónico, inteligente y calculador que se esconde tras la imagen pública de un Bárcenas cuya abrumadora verborrea puede provocar que el público quede bloqueado debido a la cantidad de información que se ha de asimilar en tan exiguo lapso de tiempo. El análisis de su versión de los hechos quedará, en última instancia, a criterio del espectador. Por encima de ello, la principal conclusión a extraer radica en que el cine español ha de perder, de una vez por todas, el pudor a plasmar temas relevantes de actualidad que hasta ahora solo se han tratado en televisión.

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B, la película
Dirección: David Ilundáin
Guión: David Ilundáin y Jordi Casanovas, basado en la obra de este último “Ruz-Bárcenas”
Intérpretes: Pedro Casablanc, Manolo Solo, Patxi Freytez
Fotografía: Ángel Amorós
Montaje: Marta Velasco
Duración: 80 min.
España, 2015
