La incomunicación y la brusquedad del destino que trunca las historias de sus protagonistas sobrevuelan los relatos cortos de Alice Munro, la premio Nobel de literatura canadiense que ha servido de inspiración a grandes películas que giran en torno a poderosos personajes femeninos, como la enferma de alzheimer de Lejos de ella o la Julieta del título de la vigésima incursión de Pedro Almodóvar tras las cámaras. El manchego, poco dado a adaptar material ajeno, a pesar de trasladar la trama a España y de llevar la historia a su terreno, se ha mantenido relativamente fiel a los textos de Munro evitando innecesarias salidas de tono.

Julieta, cumplidos los 50, se dispone a abandonar Madrid en compañía de su pareja cuando un inesperado encuentro le devuelve al pasado. Aparca esa idea, deja a su compañero y comienza a escribir una carta a su hija Antía, a la que hace años que no ve, saliendo, por fin, de un hermetismo que le ha impedido exteriorizar algo que le desgarra por dentro, rompiendo así un doloroso silencio convertido en fatal compañero de viaje.

Almodóvar ha escogido el flashback para simultanear dos líneas temporales que se mueven desde los 80 hasta la actualidad y que nos cuentan en paralelo 30 años de la vida de esta mujer que cuenta con los rasgos de Adriana Ugarte en su juventud y que madura en el cuerpo de Emma Suárez. Magníficas las dos, construyen un personaje cincelado por el martillo de la fatalidad.

Este perfeccionista director de actores no ha perdido la mano para obtener memorables interpretaciones de un equilibrado reparto; desde las niñas, estupendas y con un peso específico extremadamente importante, hasta los consolidados Daniel Grao, Inma Cuesta, Michelle Jenner y el reincidente Darío Gandinetti. Las muy bien repartidas gotas de humor, que para nada chirrían en tan tremendo argumento, se encuentran concentradas en el personaje de una genial Rossy de Palma, trasunto gallego del ama de llaves de Rebeca, en uno de los múltiples guiños cultos de un Almodóvar que no ha querido olvidarse de su imprescindible Chavela Vargas.

La solidez del guión agradece la feliz compañía de un empaque visual con el que hacía tiempo que no nos deleitaba el de Calzada de Calatrava, con la vuelta a una fotografía atenta al simbolismo de su certera mirada que juega con la paleta del pintor que dibuja/adjetiva a sus personajes a través de colores puros; sus rojos, azules, verdes o amarillos parecen extraídos de un cuadro de Mondrian.

La intensidad del realizador manchego, que parecía haberse diluido en unos últimos trabajos tremendamente decepcionantes, ha regresado de manera pausada y reflexiva en forma de drama con mujer al fondo al modo de su idolatrado Douglas Sirk, en el que la seriedad y sobriedad estilísticas lo emparentan con su reverso masculino, la sobresaliente Hable con ella, y el giro temático tras Los amantes pasajeros recuerda al salto mortal que tanto prestigio otorgó al Woody Allen que dejaba atrás su vena cómica en la absorbente Delitos y faltas.

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Julieta
Dirección: Pedro Almodóvar
Guión: Pedro Almodóvar, a partir de los relatos cortos “Destino”, “Pronto” y “Silencio“ de Alice Munro
Intérpretes: Emma Suárez, Adriana Ugarte, Rossy de Palma
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Jean-Claude Larrieu
Duración: 96 min.
España, 2016
Mañana martes a primera hora podréis disfrutar de la crítica del último y esperado estreno de Pedro Almodóvar, un director que no deja a nadie indiferente. Esperamos que disfrutéis de su lectura, os merecerá la pena.
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Para quienes amamos el cine y el deporte, nadie ha sabido dignificar y reflejar esa doctrina del esfuerzo, del trabajo, de la tenacidad y la posterior recompensa y la épica de unos Juegos Olímpicos como Hugh Hudson en Carros de fuego. Nos hizo trasladarnos al París de 1924 y nos presentó a unos héroes anónimos que a partir de entonces equiparamos con mitos inmortales como Jesse Owens. No podemos sino estar eternamente agradecidos al tipo que hace ya 35 años nos hizo vibrar con sus cámaras lentas al son de la imperecedera banda sonora de Vangelis. El casi octogenario realizador no ha desarrollado una carrera muy pródiga, ocho títulos en cuatro décadas de los que el ya citado es el único con cierta solera. Cuando ya parecía haber dado su particular canto del cisne, allá por el año 2000, ¿qué ha podido hacerle salir de su retiro a tan provecta edad? Mucho nos tememos que un suculento cheque convenientemente cargado de ceros.

En Altamira se han querido narrar, con desigual fortuna, los hechos que dieron lugar al descubrimiento, en 1879, del yacimiento arqueológico de pinturas rupestres más importante del mundo. El alumbramiento de la Capilla Sixtina del paleolítico no quedó exento de gran polémica y quien la dio a conocer al mundo, Marcelino Sanz de Sautuola, de cierto malditismo. Aficionado a la paleontología, estableció en 10.000 años la antigüedad de los grabados de bisontes sobre las rocas que abovedaban el techo de la cueva, hecho que provocó la ira de la iglesia, que lo tachó de hereje, y el temor y las envidias de cierto sector de la comunidad científica, que trató de desacreditarlo por farsante.

Esta curiosa encrucijada en la que se ve encerrado este hombre ilustrado y la relación maestro-alumna entre Sautuola y su hija María, artífice del hallazgo, componen lo más interesante de una cinta que supone un trabajo meramente alimenticio para gran cantidad de quienes han participado en él.

Tenemos ante nosotros la prueba fehaciente de que por mucho que se tire de talonario para contratar a un director de prestigio (jubilado o semiretirado), se reúna a un ramillete de destacados intérpretes encabezados por una cara con cierto tirón a ambos lados del charco (Antonio Banderas), se ruede en inglés (por aquello de la promoción del lugar y las ventas a nivel mundial) y se cuente con todo un Mark Knopfler para la banda sonora, no se puede tener la seguridad de que se vaya a conseguir un trabajo eminente, ni siquiera uno medianamente aceptable. Ni a pesar de contar con el guión de un afamado documentalista como José Luis López-Linares, o precisamente por eso mismo.

Da la sensación de que se ha querido convertir un proyecto de documental de enjundia, con el planteamiento de una variante muy interesante de la dicotomía entre ciencia y religión, en una ambiciosa producción de largometraje con vocación internacional que ha quedado en un híbrido descafeinado en el que determinados pasajes a duras penas pasarían el filtro de una emisión televisiva.

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Altamira
Dirección: Hugh Hudson
Guión: Olivia Hetreed y José Luis López-Linares
Intérpretes: Antonio Banderas, Golshifteh Farahani, Rupert Everett
Fotografía: José Luis Alcaine
Música: Mark Knopfler y Evelyn Glennie
Duración: 97 min.
España, Francia 2016
Cada idea, cada historia que sale de la pluma de Charlie Kaufman supone algo diferente y original. El escritor y director neoyorquino se ha situado siempre al margen de lo convencional, en unas ocasiones con resultados desiguales (Cómo ser John Malkovich) y en otras con verdaderas maravillas al borde de la obra maestra (Olvídate de mí), pero siempre con la pátina de un tipo que no deja indiferente a nadie y que funciona al margen de modas o tendencias y que nunca se acomoda a los dictados de la industria cinematográfica. De modo que no resulta nada extraño el más difícil todavía, la triple pirueta que ejecuta con su nuevo proyecto: una película de animación, con una temática claramente dirigida a un público adulto y rodada con la técnica del stop motion (fotografiando de forma estática cada fotograma para que, al proyectarlos a la velocidad de 24 por segundo, se cree la ilusión del movimiento de unos muñecos a los que la magia de la tecnología y el texto del guión insuflan el alma que los convierte en personajes tangibles que transmiten una compleja amalgama de sentimientos al otro lado de la pantalla).

Esta es la desventura de un tipo gris, un fulano que se dedica a dar charlas sobre la atención al cliente en convenciones de empresas al que comienzan a sucederle una serie de extrañas coincidencias y aconteceres en un hotel de Cincinaty. A pesar de la desorientación inicial, el filme, de una forma tan poética como visual y sonora, nos atrapa de forma paulatina para que vayamos colocando cada una de las piezas de este elaborado puzzle en el que cada uno de los elementos no cobra sentido sino a través de los que le rodean, hasta el punto de completar la imagen de la que forman parte. El significado último del relato lo observaremos al final, cuando tras culminar el rompecabezas, demos dos pasos atrás para contemplar con nitidez la obra en su totalidad.

La pericia de Kaufman y de su codirector Duke Johnson radica en expresar una idea sencilla de forma compleja: la soledad acompañada en la que muchas veces nos movemos; esa que nos hace ver a todos los demás como miembros de una masa uniforme que llena de monotonía nuestra, en ocasiones, gris existencia, hasta que algo rompe en pedazos el funcionamiento normal de esa maquinaria y nos saca de ese ensimismamiento para descubrir que realmente no estábamos viviendo.

Esta obra singular, con mucho corazón, en la que podemos ver una de las escenas de sexo más románticas que el cine reciente nos ha obsequiado, se sirve de las voces de David Thewlis, de un camaleónico Tom Noonan y de la maravillosa Jennifer Jason Leigh, además de la reveladora letra del éxito de Cindy Lauper “Girls just wanna have fun”, para tocarnos la fibra sensible. Anomalisa diserta acerca del hallazgo de esa persona que en su perfecta imperfección, aunque se trate de una anomalía, nos completa a cada uno de nosotros.

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Anomalisa
Dirección: Charlie Kaufman y Duke Johnson
Guión: Charlie Kaufman, basado en su propia obra de teatro.
Intérpretes (voces): David Thewlis, Jennifer Jason Leigh, Tom Noonan
Música: Carter Burwell
Fotografía: Joe Passarelli
Duración: 90 min.
Estados Unidos, 2015
Sumergirse en una película de Hirozaku Koreeda posee efectos depurativos y curativos similares a los que proporciona un balneario donde uno acude para liberar el estrés, la tensión y la ansiedad a la que nos somete la acelerada vida que llevamos por estos contornos. Más allá de sus pequeños dramas, la placidez y la quietud de la que hace gala el maestro japonés y el sentido del humor y el optimismo que contagian sus guiones nos hacen sentir tremendamente cómodos y absolutamente relajados y abiertos a cualquier historia que surja de su creatividad. Todavía recordamos la profunda emoción que nos produjo De tal padre, tal hijo y ya reconocemos su mano en los primeros planos de Nuestra hermana pequeña.

Por encima de ese inconfundible sello autoral, no en vano ejerce (como en él es habitual) como guionista, director y montador, nos sorprende averiguar, escudriñando los créditos finales, que las cuatro chicas que encabezan el cartel, con las que tan estrechamente hemos conectado, provienen de las páginas de una novela gráfica, Diario de una ciudad costera, publicada por capítulos en una revista mensual. Se trata de un josei manga (o cómic de temática femenina) que ya va por su séptimo volumen y que relata la “adopción” por parte de las tres hermanas Koda de su hermanastra pequeña, a la que conocen en el funeral de su padre. El hecho de ser hija de la mujer, ya fallecida, que alejó a su progenitor de sus vidas no es óbice para que las jóvenes la acojan y se hagan cargo de su educación.

Por más que el material de partida así lo indique, Koreeda refrenda y deja patente que se puede asimilar a cineastas como Almodóvar o Todd Haynes, por poner dos ejemplos prácticamente antitéticos, a la hora de contar historias de mujeres. Los siete personajes más importantes del argumento son féminas, una rara avis en cualquier cinematografía que tomemos al azar. Las cuatro protagonistas se encuentran definidas de forma certera, pero el filme se sustenta en la curiosa afinidad que se aprecia desde un inicio entre Sachi, la hermana mayor, y Suzu, la recién llegada, de las que descubriremos que comparten mucho más de lo que ellas mismas creen.

A pesar de un exceso de metraje que ralentiza el ritmo más de lo deseado en determinados momentos, el director nipón, gracias al estupendo trabajo de sus jóvenes actrices y a un estilo narrativo elegante, pausado sin dejar de ser fluido y con sutiles movimientos de cámara y lentos fundidos a negro que acompañan las notas de la emotiva partitura, nos mece de manera placentera mientras relata esta preciosa historia que no tiene miedo de acercarse a la muerte y a sus rituales ancestrales, tan arraigados en el país del sol naciente, para reivindicar la belleza de las cosas y la alegría de la vida, encarnadas en símbolos autóctonos como los cerezos en flor o los fuegos artificiales, sin dejar de reflexionar acerca de lo que supone madurar (antes de tiempo) y tomar decisiones trascendentales.

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Copyright imágenes © Toho Company, GAGA, Fuji Television Network. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
Nuestra hermana pequeña
Dirección y montaje: Hirozaku Koreeda
Guión: Hirozaku Koreeda, basado en la novela gráfica “Diario de una ciudad costera” de Akimi Yoshida
Intérpretes: Suzu Hirose, Haruka Ayase, Kaho
Música: Yôko Kanno
Fotografía: Mikiya Takimoto
Duración: 128 min.
Japón, 2015
¿Aquel tipo con pinta de árabe que daba sopas con honda a Leonardo DiCaprio y Russell Crowe era Mark Strong? La primera vez que este actor londinense llamó nuestra atención interpretaba al jefe del servicio secreto jordano en Red de mentiras (2008) y constituía el elemento más interesante de un trabajo eminentemente mejorable. Su prominente calva (una de las más veneradas del imaginario colectivo fílmico), que aparecía totalmente cubierta bajo una espesa mata de pelo, comenzó a hacerse habitual en las carteleras engrosando un currículo que ha coqueteado frecuentemente con el género de espionaje. En El topo (2011) se convirtió en un agente del MI-6, sirvió a la CIA en La noche más oscura (2012) e incluso ejerció como responsable de la inteligencia británica durante la Segunda Guerra Mundial en The imitation game (2014). El siguiente paso, la parodia: encarnó al hombre de los inventos en la estupenda Kingsman (2014), compendio perfecto del equilibrio entre buen cine de acción y comedia sofisticada, sin dejar de lado la irreverencia.

Y he aquí que su inmaculada trayectoria se topó con la de su compatriota Sacha Baron Cohen, provocador nato y creador de personajes estrambóticos como Ali G., Borat o el dictador Aladeen. Su labor, dar la réplica, como el clown al augusto, como Gaby al resto de los payasos de la tele, siendo la mitad inteligente de la pareja protagonista de este filme, metido en la piel de un súper espía obligado por las circunstancias a llevar a cabo una peligrosa misión acompañado por el botarate de su hermano, un hooligan de la selección inglesa con media neurona en el cerebro.

De haber quedado ahí la cosa Strong habría salvado los muebles dignamente, pero el guión deparaba a su papel un par de vueltas de tuerca totalmente superfluas para equipararlo a la “bajura” del de su partenaire, el rey Midas del humor zafio. No en vano, tras la escritura y la producción de esta cinta no se encuentra sino la mano de Baron Cohen, con el objetivo de convertirla en un vehículo a la medida de su burdo sentido de la comedia.

La elección de Louis Leterrier, consolidado realizador especializado en cine espectáculo [Ahora me ves… (2013)], para navegar esta peligrosa nave hacía albergar alguna tímida esperanza. Podríamos tener entre manos una película resultona, no tan ingeniosa y con el estilo de Kingsman pero aceptable, favorecida por una acción rodada y montada como los ángeles y con un ramillete de buenos chistes a costa de la FIFA, Oasis o Donald Trump, pero el factor Cohen fagocita todo lo salvable que se encuentra en su camino. La chabacanería y el humor escatológico ensombrecen cualquier rastro de ironía e inteligencia presente en el texto. La reciente Espías, dirigida como ésta a un público adulto, caminaba por la cuerda floja del exceso para finalmente salir airosa. Con Agente contrainteligente se han traspasado todas las líneas rojas de lo vulgar. Lamentablemente, el resultado, con el extravagante histrión británico de por medio, difícilmente podría haber sido otro.

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Copyright imágenes © Working Title Films, Columbia Pictures, Sony Pictures Entertainment. Cortesía de A Sony Pictures Releasing. Reservados todos los derechos.
Agente contrainteligente
Director: Louis Leterrier
Guión: Sacha Baron Cohen, Phil Johnston y Peter Baynham
Intérpretes: Sacha Baron Cohen, Mark Strong, Rebel Wilson
Fotografía: Oliver Wood
Duración: 83 min.
Reino Unido, Australia 2016
Los inicios cinematográficos de Deniz Gamze Ergüven guardan una estrecha semejanza con los de la historietista y directora de cine iraní afincada en París Marjane Satrapi. Ergüven, turca de nacimiento, creció y se educó en Francia y, al igual que Satrapi, ha elegido para su ópera prima un tema relacionado con la situación de la mujer en su país de origen. Los elogios y reconocimientos a Mustang en Cannes, emulando la intrepidez de Persépolis, catapultaron al filme hacia los Óscar, donde acaba de representar a la patria adoptiva de su regidora a pesar de encontrarse hablada completamente en la lengua de Atatürk.

El simbolismo que encierra el contundente título escogido por la cineasta otomana y su coguionista Alice Winocour trasluce cierto paralelismo entre esos caballos salvajes e indomables de América del Norte, que se escapan y se han readaptado a vivir en la naturaleza, caracterizados por su resistencia e inteligencia, y la personalidad de Lale, la más pequeña de cinco hermanas, que protagoniza esta cinta que refleja que en una nación que aspira a formar parte de la Unión Europea todavía se encuentran mentalidades que datan más del siglo XIX que de los tiempos que corren.

Un inocente juego en la playa de las chicas junto a otros compañeros de colegio es tachado de inmoral en su pequeña localidad; el escándalo generado alcanza tales cotas que termina por transformar progresivamente en una prisión el hogar donde estas huérfanas conviven junto a su abuela y su tío. Tras prohibirles ir a la escuela para proseguir con su formación, las instruyen en las labores del hogar y comienzan a concertar sus matrimonios con otras familias de la zona. Su pasión por la libertad y la vida les llevará a encontrar la manera de sortear tan severas imposiciones.

Esta obra supone una valiente denuncia de esas tradiciones trasnochadas que todavía perviven en determinados espacios de una sociedad profundamente machista, un alegato en favor de la educación frente a los prejuicios y la hipocresía que se aferran a costumbres de otros tiempos para coartar las posibilidades de las niñas para crecer, cultivarse, pensar por sí mismas, elegir, ser independientes y convertirse en mujeres del siglo XXI.

Con evidente inspiración en el retrato del puritanismo estadounidense de los 70 que otra realizadora, Sofia Coppola, abordó en la estupenda Las vírgenes suicidas, los ojos y la voz de la benjamina narran, con su aguda e irónica visión preadolescente, las vicisitudes de estas jóvenes inasequibles al desaliento, terminando por construir un discurso sólido que apenas deja entrever la bisoñez de quienes lo han llevado a término. La apertura y el cierre del relato colocan el acento que aporta la clave a la hora de comprender la hondura de lo que se nos está contando: el primer plano, con esas lágrimas premonitorias de la pequeña despidiéndose de su maestra, cuyo significado se completará, cual círculo perfectamente cerrado, al alcanzar ese abrazo último que pone, brillantemente, el punto final a esta historia.

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Mustang
Dirección: Deniz Gamze Ergüven
Guión: Deniz Gamze Ergüven y Alice Winocour
Intérpretes: Günes Sensoy, Doga Zeynep Doguslu, Tugba Sunguroglu
Música: Warren Ellis
Duración: 97 min.
Francia, Alemania, Turquía, Qatar, 2015
La minúscula manita de una recién nacida agarra, intuitivamente, con fuerza y en toda la amplitud que su escasa anatomía le permite, el dedo índice de su progenitor. Familia. Descendencia. Vínculo. La primera imagen de esta película que llega a nuestras retinas ha buscado reflejar en una instantánea conceptos clave que el guión puesto sobre la pantalla va a desarrollar. Ese joven padre es a su vez hijo de alguien. Vástago de una mujer cuya profesión, fotoperiodista de conflictos en todo el mundo, la ha llevado a poner su vida en constante peligro. Una existencia truncada de la manera más inesperada, no en un lejano confín sino a apenas kilómetro y medio de casa, en un accidente de tráfico.

Atrás quedan un marido que abandonó su trabajo de actor para enseñar en un colegio y dos hijos; un profesor universitario que acaba de estrenar paternidad y un adolescente retraído y solitario que encuentra refugio en los juegos de ordenador on-line. Pasados varios años de la desaparición de su esposa y madre, este filme busca sumergirse en los sentimientos encontrados a través de los que afrontan tan amarga pérdida.

Inmediatamente surge una relación especular con un alma, más que gemela, complementaria: otra producción noruega rodada en inglés, 1000 veces buenas noches. Aquella, con Juliette Binoche como rostro visible, diseccionaba la dualidad en la personalidad de una protagonista que repartía sus anhelos entre la familia y su importante labor como fotógrafa de guerra, centrando completamente en ella su análisis. En la obra que nos ocupa, Joachim Trier, partícipe de su escritura y realización, cambia el foco para dar luz a la forma de sobrellevar, por parte de su esposo e hijos, las elecciones afectivas y profesionales, y sus fatales consecuencias, de una mujer dedicada a este trabajo tan digno como arriesgado y su repercusión en el seno del hogar.

Armada de forma compleja por un montaje paralelo que va de un personaje a otro, y que intercambia puntos de vista sobre las mismas acciones (lo que nos hace descubrir de forma ingeniosa la riqueza de un rol como el del benjamín), articula un discurso que, gracias a continuos flashbacks que nos muestran la relación de cada uno con la fallecida, confronta las tres maneras de atravesar ese proceso de duelo y de asimilar esa sensación de vacío.

La parte dedicada a ese adolescente perdido en una edad de indefinición, a la que se une la imposibilidad de asimilar su orfandad y de expresar un dolor que le desgarra por dentro, conforma sin duda lo más interesante de una cinta con ligeros devaneos hacia la desconexión con el público pero que sabe mantenerse en la senda de lo alambicado sin dejar de resultar estimulante. El desconocido Devin Druid soporta sobre sus hombros tamaña responsabilidad, dando perfecta réplica a intérpretes consagrados del prestigio de Isabelle Huppert, Gabriel Byrne o Jesse Eisenberg, completando un reparto que remata un conjunto capaz de generar una explosión de emotividad.

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Copyright imágenes © Motlys, Animal Kingdom, Memento Films Production, Nimbus Film Productions. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
El amor es más fuerte que las bombas
Dirección: Joachim Trier
Guión: Joachim Trier y Eskil Vogt
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Isabelle Huppert, Gabriel Byrne.
Música: Ola Fløttum
Duración: 109 minutos
Noruega, Francia, Dinamarca, 2015
El irlandés Lenny Abrahamson en lugar de iniciar su filme con la sintonía que habitualmente acompaña a los logotipos de las distintas productoras ha escogido, acertadamente, el sonido del silencio roto por una leve respiración que se escucha mientras aparecen y desaparecen en el negro de un fundido diversos planos detalle que pronto veremos que corresponden a distintos elementos que forman parte del angosto y austero habitáculo (la habitación del título) que ocupan una madre y su hijo. La estampa y las primeras secuencias nos traen a la memoria una historia de crisis y penurias económicas, puro reflejo de la terrible realidad que nos rodea, como la reciente Techo y comida. Narrado por el candor del chaval, nos parece adivinar un relato de perdedores, de desheredados, contado en clave de cuento para suavizar la crudeza de la situación.

Pero poco a poco la sutileza del guión escrito por la canadiense Emma Donoghue, adaptado de su propia novela, nos va desvelando que la atmósfera malsana que percibimos como espectadores tiene una base real en la que sustentarse. Las visitas nocturnas de un extraño personaje con actitudes cercanas al maltrato, que el pequeño vive desde dentro del armario (donde lo protege su progenitora), nos confirman que nos encontramos más cerca de la complejidad psicológica de la excelente Prisioneros que del drama social, como equivocadamente habíamos juzgado.

En La habitación hallamos una obra sorprendente e insólita. En primer lugar por su estructura, que salta por los aires a mitad de camino para dar un giro inesperado a la narración, saliéndose de manera hábil y original de los férreos y manidos armazones academicistas. Pero más que nada, debido a la profundidad y la honestidad con la que desarrolla un argumento que se convertiría en algo insoportablemente cruel de no ser por la dulzura que, de forma muy inteligente, aporta el recurso narrativo que nos permite observar y analizar lo que ocurre desde la mirada inocente del niño protagonista.

El vínculo invisible imposible de romper que existe entre una madre y su hijo se ha trasladado a la pantalla de forma emocionante por dos intérpretes en estado de gracia, más allá del hecho de que uno de ellos, Jacob Tremblay, no alcance los diez años de edad. Su trabajo engrandece el de su compañera y hubiese merecido, al igual que ella, estar presente entre los candidatos al Óscar.

Para Brie Larson, segundo término de este binomio, este personaje va a suponer la consolidación de una trayectoria cimentada en papeles secundarios para los grandes estudios y jugosos protagonistas en interesantes cintas independientes como Las vidas de Grace. Del mismo modo que la inspiración de El conde de Montecristo y un trocito de cielo azul visto a través de los estrechos márgenes de una exigua claraboya insuflan un hálito de esperanza en las vidas de este par de almas dolientes, la carrera de esta joven actriz cambiará mañana domingo cuando, de madrugada, Eddie Redmayne lea en voz alta su nombre antes de entregarle la dorada estatuilla.

(Esta crítica se terminó de escribir y se publicó el sábado anterior a la ceremonia de los Óscar 2016)
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Copyright imágenes © A24, TG4, Element Pictures, No Trace Camping. Cortesía de Universal Pictures International (UPI). Reservados todos los derechos
La habitación
Dirección: Lenny Abrahamson
Guión: Emma Donoghue
Intérpretes: Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen
Música: Stephen Rennicks
Duración: 118 min.
Irlanda, Canadá, 2015
Culpable. Lo confieso. Ningún cómic de Deadpool había pasado por mis manos antes de ver la película. Más de un entusiasta de las correrías de este tipejo podría impugnar esta crítica pero, a mi pesar, me arriesgaré a estamparme contra el parabrisas de un coche a alta velocidad cual desvalida mariposa que, despistada, cruza la carretera cuando no debe. A pesar de mi bisoñez en el tema, una somera investigación post visionado me da a entender que Ryan Reynolds, coproductor y protagonista de la cinta, se las ha tenido tiesas con los peces gordos de la 20th Century Fox para preservar la esencia del personaje. La disyuntiva, dulcificar el carácter del fulano en cuestión para obtener una calificación que permitiese entrar en las salas a adolescentes a mansalva (y cabrear enormemente a los aficionados irredentos) u optar por la fidelidad y llevarse toda una R (menores acompañados) en Estados Unidos y un “no recomendada para menores de 18” en España.

Los diez minutos iniciales dejan muy a las claras que toda esa violencia de las viñetas (según cuentan los ávidos lectores), los bocadillos (no los de comer, las burbujitas que contienen los parlamentos de los personajes) sobrados de lenguaje obsceno, los provocativos dibujos que no evitan los desnudos parciales y el humor negro que puebla de cabo a rabo las páginas del cómic de Marvel, se han traspasado de manera fidedigna a la gran pantalla. Y para regocijo de los gerifaltes de la Fox, convirtiéndose en el primer filme dirigido a mayores de edad en superar los 100 millones de dólares en su estreno.

Deadpool ya aparecía testimonialmente al final de X-men orígenes: Lobezno, pero la irreverencia de éste nada tiene que ver con el hieratismo de aquél. Desde un principio rompe la “cuarta pared” para dirigirse al objetivo de la cámara y establecer una relación directa con el espectador, haciendo gala de un ingenio y una incontinencia verbal rayana en lo escatológico.

Una única secuencia de acción, espectacularmente resuelta, de la que surgen varios flashbacks que nos revelan el origen del personaje, compone la estructura de una primera hora trepidante. A partir de ahí, convencionalismo puro y duro al que salva de la quema la mordacidad de un guión que revela sin ambages y con mucha mala uva que todo se debe a la falta de presupuesto que la productora se negó a sufragar. Un texto poblado de continuas chanzas a costa de la propia saga de los X-men y de chistes privados en los que Ryan Reynolds se carcajea de su gran fiasco como superhéroe traspasado al celuloide, Linterna verde.

El pastel se corona con homenajes en forma de citas textuales a obras tan variopintas como El padrino o Notting Hill, aunque lo que llega al alma del cinéfilo gamberro que habita aquí dentro es el recuerdo a ese maestro de la comedia para adolescentes que fue John Hughes, parafraseando a La mujer explosiva y, justo tras los créditos, emulando a Matthew Broderick en Todo en un día.
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Copyright imágenes © The Donners´ Company, Marvel Enterprises. Cortesía de Hispano FoxFilms. Reservados todos los derechos
Deadpool
Dirección: Tim Miller
Guión: Rhett Reese y Paul Wernick, según el cómic de Fabian Nicieza y Rob Liefeld
Intérpretes: Ryan Reynolds, Morena Baccarin y Ed Skrein
Música: Tom Holkenborg
Duración: 108 min.
Estados Unidos, 2016