Después de unas merecidas vacaciones de Semana Santa volvemos con muchas ganas y esta semana os vamos a acercar las críticas de la comedia negra francesa «9 meses… de condena» que pasó por el Festival de San Sebastián y cosechó 2 César en la gala de los premios del cine francés y de la esperada segunda parte del nuevo Spider-man encarnado por Andrew Garfield.
La cámara recorre lentamente la habitación en un plano secuencia descriptivamente narrativo. Es de noche y las ventanas dejan ver las luces de los edificios colindantes. Un tipo nos da la espalda, pelo rubio, viste una llamativa cazadora rematada por un enorme escorpión bordado en hilo dorado y lleva un teléfono móvil en su mano derecha. Su voz suena casi como un susurro. Si me das el lugar y el momento yo te doy una ventana de cinco minutos. Sin importar lo que pase en esos cinco minutos soy tuyo. Pase lo que pase. Un minuto antes o uno más tarde te las tendrás que arreglar como puedas. ¿Está claro? El prólogo de Drive es de esos que imprime carácter, que define de manera diáfana, pero contundente, lo que va a ser una película en los primeros diez minutos. Y no solo por el elegante plano secuencia que la abre y que de paso, como en las buenas narraciones, presenta de forma brillante el personaje al que vamos a acompañar a lo largo de todo el metraje. Sino por los siguientes nueve minutos que suponen toda una clase magistral de cómo se ha de rodar, montar y sonorizar una persecución de coches jugando con el ritmo, con la tensión y con el suspense. La utilización del sonido en esta secuencia y en el resto de la película resulta magistral por su lógica aplastante, por su naturalismo, su cercanía a lo que puede ser el sonido real, sin exageraciones made in Hollywood. Su perfecta simbiosis con la banda sonora subraya y potencia el poderío y el magnetismo de las imágenes sin situarse en ningún momento por encima de ellas, no se trata de un verso libre como en otros filmes, se encuentra totalmente al servicio de la narración.
En la radio del coche se escucha la narración de los últimos minutos de un partido de baloncesto mientras por el walkie del protagonista la frecuencia de la policía le pone sobre aviso de si le han localizado y le están siguiendo. Para completar el concierto el casi imperceptible acompañamiento de la banda sonora que mantiene la tensión al tiempo que los acelerones nos permiten disfrutar de la música del motor del Chevrolet Impala que ruge de forma perfectamente armónica entre las sirenas de los coches de la policía. La iluminación que nos muestra un Los Ángeles nocturno distinto a todo lo que estamos acostumbrados, planos aéreos incluidos, y la pasmosa variedad de encuadres con que se puede fotografiar el interior de un coche completan la conjunción de elementos que unidos por las manos sabias del montador y del mezclador de sonido dan como resultado uno de los más brillantes inicios de película vistos en los últimos años. Y todo esto sin una sola palabra en la boca del protagonista. Cine en estado puro.

Los responsables de todo esto. Robert Eber, un veterano con más de 50 títulos a sus espaldas al frente de las mezclas de sonido. Cliff Martínez, el autor de una de las bandas sonoras más utilizadas de todos los tiempos, Réquiem por un sueño, como el compositor de una excepcional partitura, con ecos en las secuencias más íntimas a uno de sus trabajos más personales, Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Newton Thomas Sigel, el fulano que fotografió Sospechosos habituales, es el responsable de que la noche angelina resulte tan espectacular y diferente, de que la cámara se deslice tan elegantemente que apenas nos podamos dar cuenta de la coreografía visual que realiza con sus gráciles evoluciones y qué decir de la composición de todos y cada uno de los planos. Mat Newman, el hombre las tijeras, el que ha dado orden y concierto a ese fantástico material rodado, el que hace latir cada secuencia con el ritmo que necesita. Hossein Amini, como el guionista que ha sabido atrapar el espíritu de la novela original de James Sallis para convertirla en una maravillosa mezcla de cine negro contemporáneo, thriller y drama romántico.

Y Nicolas Winding Refn, el director danés que los ha guiado a todos y que ha sabido contar de manera inequívocamente europea una historia genuinamente americana haciendo gala de una marcada personalidad y de un estilo con sello propio, consiguiendo rodar un clásico contemporáneo imperecedero con ecos musicales a los años 80 usando canciones de grupos actuales. Frente a las cámaras quedan ellos, la omnipresente Carey Mulligan, el televisivo Bryan Cranston, un renacido y malo, malísimo Albert Brooks, que está de premio, y, soportando sobre sus espaldas el peso de ese escorpión, Ryan Gosling que, como en la fábula, terminará por hacer aflorar, a medida que se va desarrollando su personaje, su verdadera naturaleza, para bien… o para mal.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
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DRIVE
Director: Nicolas Winding Refn
Intérpretes: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Albert Brooks
Duración: 100 min.
USA, 2011
Atendiendo a las peticiones de nuestros lectores y aprovechando la emisión hace unas fechas de «Drive» por televisión publicaremos la crítica que en su día escribimos sobre la estupenda película de Nicolas Winding Refn protagonizada por Ryan Gosling y Carey Mulligan, y en la que también aparecen Bryan Cranston y Oscar Isaac.
Tras el visionado de esta película en el pasado Festival de San Sebastián nos quedó en la retina el trabajo de dos brillantes secundarios. A Niels Arestrup ya lo conocíamos por su destacado papel en la estupenda Un profeta. La sorpresa vino por parte de una actriz de magnética presencia que atrajo nuestra atención por su pasmosa capacidad para robar escenas a sus compañeros de reparto pese a lo breve de su papel. Su cara no se hacía del todo desconocida, a pesar de ello hubo que buscarla entre la maraña de créditos finales: Julie Gayet. Meses más tarde ese nombre apenas conocido trascendió a las portadas de la prensa mundial por motivos que nada tenían que ver con el cine. Esas otras crónicas diplomáticas hablaban de su amistad con el Primer Ministro francés, François Hollande. Más allá de toda esta popularidad de crónica rosa se trata de una excelente intérprete cuyo trabajo se vio recompensado con una merecida nominación a los premios César.

El Quai d´Orsay del título original se refiere a cómo es conocido en Francia el Ministerio de Asuntos Exteriores, ubicado en el muelle de Orsay, a orillas del Sena. Y viene, asimismo, del nombre del cómic, realizado por Christophe Blain y Abel Lanzac (seudónimo de Antonin Baudry), que, en dos volúmenes, retrata de forma cáustica e irónica las experiencias de este último como consejero de Dominique de Villepin, cuyo sosias sobre el papel y en la pantalla no es otro que el excéntrico titular de la cartera de exteriores gala, Alexandre Taillard de Vorms, al que da vida un inspirado Thierry Lhermitte.
El veterano Bertrand Tavernier ha querido enriquecer la historia retratada en las viñetas aportando al guión nuevos elementos, de forma que los aspectos más caricaturescos del cómic se suavizasen para vestir su comedia de cierto toque de sofisticación. A través del personaje de Arthur Vlaminck el espectador descubre el funcionamiento de la diplomacia francesa y el encorsetado sistema burocrático que ralentiza de forma exasperante la toma de decisiones. La película en su primera mitad se contagia de ese ritmo cansino de la actividad que está fotografiando pero cuando la acción sale, por fin, de las cuatro paredes del Quai d´Orsay el filme respira y gana enteros.

Dos grandes aciertos en el haber de Tavernier. En primer lugar, el haber pedido expresamente a los actores que no interpretasen de manera forzosamente graciosa, de forma que la comicidad surgiese de las palabras y de las situaciones con naturalidad. Y por otro lado, trasladar el espíritu del cómic sin ceder a la tentación del exceso, como en las brillantes escenas en las que el ministro aparece como un vendaval, a limpio portazo, haciendo volar hojas de papel por doquier, ignorando el desaguisado que monta en la oficina, como rasgo definitorio de un personaje al que no le importan un pimiento los efectos de su conducta. En conjunto, Crónicas diplomáticas, gracias también a las certeras citas de Heráclito que jalonan la narración, conforma un todo razonablemente interesante.

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Crónicas Diplomáticas. Quai d´Orsay
Director: Bertrand Tavernier
Guión: Antonin Baudry, Christophe Blain, Bertrand Tavernier
Intérpretes: Thierry Lhermitte, Räphael Personnaz, Niels Arestrup
Música: Philippe Sarde
Forografía: Jérôme Alméras
Montador: Guy Lecome
Duración: 113 min.
Francia, 2013
Mañana miércoles tendréis en ¡Viva Zapata! la crítica de la última película de Bertrand Tavernier, estrenada el pasado viernes y que recibió el premio al mejor guión en el Festival de San Sebastián de 2013.
Tras la penúltima crisis de juego de Los Ángeles Lakers y en medio del último rifirrafe dialéctico entre las dos estrellas del equipo, la súper estrella Kobe Bryant mandó el siguiente recadito a su compañero Pau Gasol a través de la prensa, refiriéndose a su excesiva corrección y su falta de agresividad en el juego: “Pau es un cisne blanco y necesito que sea un cisne negro”. El que un fulano como Kobe Bryant no se pueda quitar de la cabeza la última película que ha visto y el hecho de rumiarla y rumiarla y darle vueltas hasta el punto de sacarla a colación a la mínima e incluirla en sus reflexiones en voz alta, en este caso ante la prensa, con la repercusión que eso tiene, es una señal inequívoca de la huella que deja Cisne negro entre sus espectadores. El visionado de este trabajo se convierte casi en un ejercicio de masoquismo y no porque la película sea infumable, al contrario, se trata de un filme sobresaliente. El mal rato viene derivado de lo turbio de su argumento, de la turbadora naturaleza de los personajes, esa protagonista obsesionada con triunfar en el ballet, esa madre asfixiante y sobre protectora (y ex bailarina), la atmósfera malsana y opresiva que se respira en esa casa, ese bastardo arrogante sin escrúpulos que es el director del ballet y la habilidad y el talento de un director como Darren Aronofsky para transmitir todas esas sensaciones, jugando con el espectador a un juego un tanto perverso: ¿cuál de estos planos te da más grima?
Estas sensaciones no resultan extrañas para un Aronofsky que ya coqueteó con lo desagradable en Requiem por un sueño y que ha contado con su cómplice y sospechoso habitual en todos sus trabajos, el músico Clint Mansell, para subrayar musicalmente de forma sutil la disección de la perversa y trastornada personalidad de la primera bailarina de una compañía de ballet de Nueva York. El juego metalingüístico con el argumento de El lago de los cisnes sobrevuela la estructura de Cisne negro amén de formar parte importante del desarrollo mismo de la trama y queda culminado con el guiño musical que Mansell aporta retorciendo la partitura original de Tchaikovsky como quien hace sonar un disco de vinilo a la inversa con la oscura esperanza de escuchar un mensaje diabólico.

En el espejo del filme de Aronofsky se ven reflejados con meridiana claridad distintos aspectos de obras maestras del cine. El ambiente irrespirable y claustrofóbico de Repulsión de Roman Polanski unido al estudio del ego, de las inseguridades, de la rivalidad, que forman parte de la esencia del artista, que ejecuta implacablemente el genio de Joseph Leo Mankiewicz a través de la contraposición de los personajes de la diva y la estrella emergente en Eva al desnudo. Salvando las distancias, porque seguro que Aronofsky no ha visto la muy recomendable y oscura Frágil de Juanma Bajo Ulloa, no es complicado encontrar nexos de unión entre ésta y Cisne negro rebuscando entre la psique de las protagonistas de una y otra.

Resulta contradictorio cómo se puede encontrar disfrute dentro de la incomodidad y el desasosiego permanente que se respira a lo largo de la película, pero el talento de Aronosfky y la sobre exposición de una inmensa Natalie Portman hacen que Cisne negro sea un filme absorbente, interesante en cuanto a su argumento e impactante en lo visual, tanto en lo desagradable, incluida la delgadez enfermiza de Portman rayana en lo anoréxico, como en lo espectacular de unos efectos especiales de lo más realistas y totalmente al servicio de la trama. Será que eso de que algo oscuro se esconde en la personalidad de cada uno y que, a veces, el cisne negro le gana la batalla al cisne blanco es más común de lo que parece.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Fox Searchlight Pictures, Phoenix Pictures, Dune Entertainment. Cortesía de Hispano Foxfilms. Reservados todos los derechos.
Cisne negro
Director: Darren Aronofsky
Intérpretes: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel
Duración: 108 min.
USA, 2010
Estreno: 18 Febrero
Aprovechando el estreno el pasado viernes de «Noé» vamos a aprovechar para colgar la crítica que en su día escribimos de «Cisne negro», el anterior trabajo de su director Darren Aronofsky y que supuso el primer Oscar de su carrera para Natalie Portman. Esperamos que os guste.
Al hilo del estreno de Mindscape ya comentamos que Jaume Collet-Serra se había convertido en el primer español en conseguir que una de sus películas, Sin identidad, llegara al número uno de la taquilla estadounidense. A partir de ahora hay que congratularle por partida doble. Con Non-stop (sin escalas), ha conseguido el más difícil todavía (que se lo pregunten a muchos): llevar a dos filmes consecutivos a lo más alto del exigente box office norteamericano. Independientemente de la calidad de ambos largometrajes supone un éxito sin precedentes.
Collet-Serra ha desarrollado toda su carrera a la sombra de Hollywood, en producciones de género de serie B con el terror como signo distintivo en un principio, como La casa de cera o La huérfana, para dar el salto al cine de estudio y gran presupuesto con el éxito ya comentado de su anterior trabajo. En Non-stop vuelve a repetir fórmula, cine de acción e intriga, con idéntico resultado en lo pecuniario pero notablemente desigual en cuanto a lo que se ha trasladado a la pantalla.
Si Liam Neeson se convertía en héroe por accidente en la trepidante e inquietante Sin identidad, en esta ocasión encarna a un marshall del aire (la policía que supervisa los vuelos regulares) traumatizado y alcoholizado que se encuentra con un peligro desconocido: uno de los 146 pasajeros de su vuelo amenaza, mediante mensajes de móvil, con matar a una persona cada 20 minutos si no se ingresan 150 millones de dólares en un número de cuenta.
Con la estimulante premisa de centrar este juego del gato y el ratón para encontrar en un plazo límite de tiempo a quien ha pergeñado tan cruel pasatiempo en un espacio tan reducido como el interior de un avión en vuelo, resulta decepcionante el resultado final, principalmente en lo que se refiere al guión. Muy trillado, lleno de lugares comunes y políticamente correcto hasta el límite de lo tolerable, no se acerca ni mucho menos a la brillantez y la tensión que se respiraba en A la hora señalada, dirigida por John Badham, que se desarrollaba escrupulosamente en tiempo real, ni a la pericia de una jungla de cristal en el aire como Decisión crítica, debut en la realización del montador Stuart Baird, o al ritmo de la socarrona Con-air de Simon West.
Tan solo la pericia y el oficio de Collet-Serra y la presencia y la profesionalidad de un siempre correcto Liam Neeson consiguen dar algo de empaque al resultado final y desviar la atención de un libreto que en otras manos se hubiese convertido en algo ramplón y prescindible. El realizador salva el expediente, sin más alharacas, resuelve brillantemente las secuencias de acción y consigue mantener la atención del espectador aunque, a pesar de ello, se encuentre a años luz de la solidez y el interés que despertaba Sin identidad.
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Copyright de las imágenes © StudioCanal, Silver Pictures. Cortesía de TriPictures. Reservados todos los derechos.
Non-stop (sin escalas)
Director: Jaume Collet-Serra
Guión: John W. Richardson, Christopher Roach, Ryan Engle
Intérpretes: Liam Neeson, Julianne Moore, Scoot McNairy
Música: John Ottman
Fotografía: Flavio Martínez Labiano
Duración: 106 min.
USA, 2014
Me llamo Matthew McConaughey y tengo un problema. Tras rodar su enésima comedia romántica, consciente de que su carrera estaba cayendo en barrena, el actor del apellido impronunciable dijo: ¡basta! Atrás habían quedado sus prometedores comienzos en los que la prensa no le hizo ningún favor catalogándolo como el nuevo Paul Newman.
De alguna forma su estado natal, Texas, ha sido punto de origen y destino de la trayectoria circular que ha descrito su periplo profesional. Empezó rayando la excelencia en una obra maestra como Lone star en 1996 y poco a poco fue alejándose de ese buen cine, para, un buen día de 2008 comenzar a invertir la tendencia de aquella errática órbita e iniciar un retorno paulatino a esos papeles diferentes, arriesgados e interesantes que nunca tendría que haber abandonado. Su peculiar resurrección, lo que alguien bautizó como McConaissance, ha terminado de materializarse en la ciudad de Dallas gracias a un tipo peculiar (Ron Woodroof), a su esfuerzo físico (perdió 21 kilos) y mental y a su talento para interpretarlo.
“Señor Woodroof, le quedan treinta días de vida”. En 1985, con la noticia del fallecimiento de Rock Hudson en todas las portadas, lo peor que le podía suceder a un buscavidas, cocainómano y homófobo como Ron Woodroof era que le diagnosticaran SIDA. No tanto por la terrible enfermedad, más bien porque su entorno más cercano, formado por rudos cowboys de rodeo y trabajadores de campos petrolíferos, le creyese homosexual. El peculiar instinto de supervivencia de este fulano con alma de trilero hizo que, a pesar de las circunstancias, buscase el modo de sacar tajada de todo ello, aunque por el camino logró hallazgos que mejoraron la vida de otros infectados por el HIV.
McConaughey ha sabido reflejar las contradicciones de un personaje desagradable al que ha querido dotar de algo tan atractivo para el espectador como el carisma y la ironía del pícaro. Su interpretación le ha reportado innumerables elogios y premios, incluido un merecido Oscar, tanto, como el que se llevó a casa Jared Leto, realizando otra memorable composición, la de un travesti enfermo cuyo destino se ve unido por las circunstancias al de Woodroof. Su química en pantalla con McConaughey resulta innegable.
El cineasta canadiense Jean-Marc Vallée (Café de Flore,2011) ha dejado de lado su poético estilo narrativo para llevar a cabo una realización más convencional, eso sí, aportando su toque personal y sabiendo jugar con todos los elementos audiovisuales a su alcance para trasladar a la pantalla de forma inteligente tanto la historia como el ácido sentido del humor que impregna cada página del guión. A pesar de un montaje ágil y brillante en gran parte del metraje, el filme adolece de una caída del ritmo en su último tercio a lo que se une una resolución un tanto abrupta y precipitada. Aún así, Dallas Buyers Club ha pasado a formar parte por méritos propios del grupo de películas (En el filo de la duda, Philadelphia) que más fielmente han retratado la compleja problemática que gira en torno al SIDA.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Voltage Pictures, Truth Entertainment (II). Cortesía de Vértigo Films. Reservados todos los derechos.
Dallas Buyers Club
Director: Jean-Marc Vallée
Guión: Craig Vorten, Melisa Wallack
Intérpretes: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner
Fotografía: Yves Bélanger
Montaje: Martin Pensa, John Mac McMurphy (Jean-Marc Vallée)
Duración: 117 min.
USA, 2013













