La música de tensión martillea, constante como la lluvia, la oscuridad de la noche horadada por los faros lejanos de una furgoneta. Los rótulos intercalados anuncian una historia inspirada en hechos reales. Un minibús aparece por una bocacalle. Los siete chicos negros que lo abarrotan increpan entre gritos de celebración al único ocupante blanco, no mucho mayor que ellos, del otro vehículo. La siguiente cartela, “Sudáfrica, 1987”, provoca un cambio radical de punto de vista sobre lo observado. El montaje violento y el volumen creciente del sonido incrementan el desasosiego. Los dos automóviles se detienen. La puerta corredera del monovolumen retruena. Los jóvenes de color apenas dan dos pasos cuando el conductor solitario comienza a descerrajar disparos indiscriminadamente hasta abatirlos a todos.

El caso termina en manos de Johan Webber, conocido defensor de los derechos humanos y opositor acérrimo de la pena de muerte. La evidencia de los hechos y la voz de su conciencia le piden a gritos que salga corriendo, pero el temor a que nadie quiera ejercer la defensa del reo le hace recular.

Ese conflicto moral del abogado contrario a la pena capital que se obliga a sí mismo a librar del cadalso a un asesino que probablemente haya matado por motivos racistas en pleno Apartheid constituye el punto de partida del filme. Una información un tanto inquietante enriquece el jugoso planteamiento: con tan solo 19 años, el acusado lleva dos trabajando en el corredor de la muerte de la prisión más restrictiva del régimen de Pretoria.

Cuando uno escucha la palabra verdugo visualiza la congoja de Nino Manfredi y la mala uva teñida de humor negrísimo de Luis García Berlanga y Rafael Azcona. La cotidianidad con la que Pepe Isbert explicaba a su yerno los pormenores del oficio en el momento de pasarle el testigo no resulta tan distinta del modo en que introducen a los nuevos funcionarios de prisiones sudafricanos en su cometido de acompañantes de los que van a ser ahorcados. La diferencia radica, además de en el tono, en la crueldad del hecho de que son adolescentes con una personalidad por formar a los que obligan a ser los cuidadores de los hombres a los que meses más tarde van a tener que ajusticiar.

¿Cómo afecta la exposición a algo tan antinatural al desarrollo intelectual de un joven? Este trabajo, a través de una sólida propuesta fílmica y temática, trata de dar respuesta a tan interesante cuestión navegando por las peligrosas aguas por las que se movía con firmeza Salvador (Puig Antich) y manteniéndose a flote.

Un inmenso Steve Coogan sostiene sobre sus hombros el peso y la credibilidad de la tesis que defiende el guión. El cómico incipiente ha sabido reconvertirse en fantástico actor dramático humanizando a sus personajes a través de la ironía. Este letrado comprometido continúa la senda que abrió el periodista descreído de Philomena. Su alegato final constituye el punto culminante de la película y uno de los momentos más intensos en los anales del cine judicial.

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Guardián y verdugo
Dirección: Oliver Schmitz
Guión: Brian Cox, a partir de la novela “Shepherds and butchers” de Chris Marnewick
Intérpretes: Steve Coogan, Andrea Riseborough, Garion Dowds
Música: Paul Hepker
Fotografía: Leah Striker
Duración: 106 min.
Sudáfrica, Estados Unidos, Alemania, 2016
El aroma del relato de aventuras mezclado con cierta mística, que tan brillantemente alumbró Edgar Rice Burroughs en el primer cuarto del siglo XX, se encuentra presente en este trabajo que da la sensación de haber querido ir a beber de esos manantiales a la hora de plantear el argumento y presentar a sus personajes. Más que en Tarzán de los monos nuestra mente se fija en la maravillosa Una princesa de marte, publicada por capítulos y llevada al cine recientemente bajo el nombre de John Carter. La mente abierta del viajero teletransportado al planeta rojo y su facilidad para empatizar con seres completamente diferentes emparenta con el espíritu del cartógrafo Percy Fawcett, convertido en explorador accidental de tierra ignota en el mismo momento en que Burroughs componía sus míticas novelas.

Fawcett era un militar sin medallas, un hombre repudiado en la sociedad británica debido a la indeleble mácula heredada de su progenitor; juego y alcohol, repetía la cantinela. Relegado a tareas menores, sus superiores aprovechan esas ansias de limpiar aquel estigma familiar que cercenaba cualquier posibilidad de promoción para proponerle una misión de la que nadie en su sano juicio se hubiese hecho cargo: desarrollar sus conocimientos realizando mapas para trazar la frontera entre Bolivia y Brasil.

La desesperación le lleva a aceptar un desafío que cambiaría su vida para siempre, para el que cuenta con el apoyo incondicional de su esposa, que queda en casa al cuidado de su hijo mayor y en espera del que está por venir. Un papel al que la influencia de Sienna Miller ha convertido en una mujer fuerte e independiente que, a pesar de contrastar con el estándar de la época, el público encontrará atractivo y completamente contemporáneo.

En el momento en que se adentra en la selva amazónica y remonta el río Verde la narración se convierte en El corazón de las tinieblas y el filme se transforma en Apocalypse now. La lucha de entes extraños contra la naturaleza, pero también la confrontación con los pobladores de esas tierras, tenidos por salvajes en la vieja Europa pero a los que, con gran sabiduría, respeta y termina por admirar un tipo adelantado a su tiempo como Fawcett.

El retrato del personaje real que realiza Charlie Hunnam resulta conmovedor por su determinación, su lealtad, pero también por mostrarse vulnerable e incluso vencido por sus obsesiones. Su estrella no brilló tanto como la de Hiram Bingham y sus descubrimientos fueron ninguneados y tuvieron que convivir a la sombra de la grandeza de Machu Pichu. Ha tenido que ser el siglo XXI el que reivindique su legado.

A pesar de que la extensión de la cinta pueda jugar en su contra, James Gray ha conseguido, en un trabajo hipnótico e interesante, atrapar ese espíritu de los grandes relatos de aventuras, al estilo de El hombre que pudo reinar, y traspasar la ficción para glosar una figura clave en la exploración de América del Sur aferrada a su propio “El Dorado” al que llamó Z.

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Z, la ciudad perdida
Dirección: James Gray
Guión: James Gray, basado en el libro “La ciudad perdida de Z” de David Grann
Intérpretes: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Sienna Miller
Música: Chistopher Spelman
Fotografía: Darius Khondji
Duración: 141 min.
Estados Unidos, 2016
En el momento en que surge cierta corriente temática que procura éxito seguro, millones de espectadores y suculentos ingresos en taquilla todo el mundo intenta aprovechar el tirón. El fenómeno se da en la esfera local, pero el contagio puede producirse también a nivel internacional. Al hilo de la francesa Bienvenidos al norte aparecieron varias comedias en torno a un personaje desubicado en un hábitat completamente extraño frente a unos lugareños hostiles con los que terminará congeniando. Ocho apellidos vascos, en España, y Bienvenidos al sur, en Italia, repitieron fórmula con éxito.
El título escogido por la distribuidora de esta película para nuestras carteleras, Un italiano en Noruega, intenta emparentarla con este subgénero que sitúa a su protagonista lejos de casa, pero si echamos un vistazo a su planteamiento, e incluso al título original, en latín (Quo vado), la explicación de tan espectaculares resultados en su país de origen surge del hecho de repetir un equipo y un tipo de humor que antes ya ha funcionado.

La dupla formada por el realizador Gennaro Nunziante y por el músico, imitador y actor Checco Zalone se ha reunido por cuarta vez para escribir y llevar a la pantalla esta historia que intenta satirizar de manera cáustica la obsesión que existe en Italia, y por extensión en los países mediterráneos, con el hecho de convertirse en funcionario y tener un puesto fijo, amén de repasar una amplia caterva de tópicos transalpinos. En ese sentido, el referente galo al que más se aproxima es la corrosiva Dios mío, pero qué te hemos hecho, que daba un buen repaso a la actitud racista y xenófoba de determinados sectores de la sociedad francesa

Checco Zalone es un seudónimo y, al fin y a la postre, un personaje que el propio cómico ha construido y que debido a la abrumadora acogida repite, sin disimulo, en sus distintas apariciones fílmicas, tomando incluso el nombre para bautizar los distintos papeles que ha interpretado. Ahí reside el secreto de su conexión con el público italiano, una popularidad que trasciende lo propiamente cinematográfico. Ese factor no jugará a su favor en España. Aquí habrá que buscar argumentos tanto en el guión como en la mayor o menor conexión entre su peculiar propuesta y el espectador.

Para alguien que no conocía anteriormente al protagonista el comienzo resulta antológico. Consigue momentos desternillantes, a pesar de sus dosis de sal gorda, hasta el punto de llegar a la lágrima. Con ritmo y originalidad consigue llevar la comicidad inicial hasta más o menos la mitad de la trama. De pronto, las luces se apagan, la inventiva se agota y se quiere rizar tanto el rizo que la hilaridad se pasa de rosca, los chistes dejan de hacer gracia y el filme comienza a hacerse cargante hasta el punto de aburrir. Tan estrepitoso hundimiento no lo salva ni el coletazo final que recupera la chispa primigenia. Otra idea brillante que daría para un muy buen mediometraje pero que no se sostiene más allá de cuarenta minutos.

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Un italiano en Noruega
Dirección: Gennaro Nunziante
Guión: Gennaro Nunziante y Checco Zalone
Intérpretes: Checco Zalone, Eleonora Giovanardi, Sonia Bergamasco
Música: Checco Zalone
Fotografía: Valerio Evangelista y Vittorio Omodei Zorini
Duración: 86 min.
Italia, 2016
Teniendo en cuenta la ingente caterva de medianías que se cuela en nuestras carteleras temporada sí, temporada también, resulta llamativa la miopía de quienes no supieron apreciar el potencial en taquilla de una cinta de acción que, consciente de sus limitaciones, explotó al máximo sus virtudes. John Wick atrapó la atención de cinéfilos y cinéfagos de medio mundo en 2014, pero ni siquiera eso fue suficiente para abrirle las puertas del mercado español.
El halo de misterio e imperturbabilidad, mezclado con cierta vulnerabilidad, que el guión confería al protagonista, el reguero de cadáveres que dejaba a su paso, la violencia exacerbada que parecía salida de un cómic y la mitología construida en torno a una organización secreta de asesinos a sueldo convirtió en un fenómeno de culto a una película en la que la ilusión, la originalidad y el buen trabajo sustituyó a un presupuesto multimillonario y a la mastodóntica maquinaria publicitaria de otros productos eminentemente inferiores.

Afortunadamente el runrún internacional ha debido de llegar a los círculos oportunos para asegurar la distribución en cines del segundo capítulo de esta sugerente saga con vocación de trilogía.

John Wick: pacto de sangre retoma el relato justo donde quedó hace tres años. En una espectacular secuencia inicial de quince minutos, calcando la narrativa heredada, aprovecha una vibrante persecución automovilística magníficamente rodada para articular la presentación del personaje de paso que resume, para los no iniciados, el acontecer que le ha llevado allí.

“John Wick es un hombre centrado, comprometido, de voluntad inquebrantable. Una vez lo vi matar a tres tíos en un bar… con un lápiz, ¡con un jodido lápiz!”, masculla el capo de la mafia rusa, en uno de los innumerables homenajes al episodio anterior, mientras, en paralelo, el interfecto se va deshaciendo de los esbirros que lo separan del gerifalte.

Tanto el lenguaje explícito como las dosis de violencia progresivamente crecientes dejan a las claras que se trata de un entretenimiento con aroma de novela gráfica pensado para un público adulto. La cinta sabe a qué juega, su director también y lo expone sin tapujos desde el minuto cero. Un realizador lo suficientemente inteligente como para rodearse de excelentes colaboradores capaces de lograr un resultado espectacular y especialmente atractivo para un segmento de público amante de la acción, pero exigente respecto a la manera en que se le presenta. Su pasado como coordinador de especialistas en sagas como Matrix se intuye, además de en guiños y paralelismos varios, en las elaboradas coreografías tanto de tiroteos como de peleas.

Esta oda a la ultraviolencia excede los límites de su predecesora en cuanto al grafismo de las muertes y a los ríos de sangre provocados por un John Wick obligado a regresar al submundo criminal. Se echa en falta aquella sencillez tan efectiva en el momento en que la trama se prolonga en exceso propiciando una sucesión repetitiva de asesinatos que habría resultado mucho menos cargante de haber respetado los poco más de noventa minutos de brillantez de la primera parte.

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John Wick: Pacto de Sangre
Dirección: Chad Stahelski
Guión: Derek Koldstad
Intérpretes: Keanu Reeves, Ricardo Scamarcio, Ian McShane
Música: Tyler Bates y Joel J. Richard
Fotografía: Dan Laustsen
Duración: 122 min.
Estados Unidos, 2017
El hecho de que una película se retrase tanto como un año desde la fecha de su estreno en su país de origen no suele traer buenos augurios. En el caso que nos ocupa, su candidatura a mejor ópera prima en la pasada gala de los César del cine francés y el Premio del Público del Festival de Gijón desmienten el teorema anteriormente enunciado; ambos reconocimientos y, por supuesto, lo que cuenta y cómo lo cuenta.
El autor de este maravilloso debut como largometrajista responde al nombre de Julien Rappeneau. El apellido sonará a los cinéfilos impenitentes. Nos remite a un clásico (moderno) de la cinematografía gala que a su vez ponía en imágenes y recitaba en verso una obra cumbre de su literatura. En efecto, quien aquí firma es el vástago de Jean-Paul Rappeneau, responsable del Cyrano de Bergerac de Gérard Depardieu, que tras una larga singladura como guionista ha escogido la adaptación de una novela gráfica como su salto al vacío de la realización.

Vincent regenta una peluquería. Se empeña en mantener la llama de una relación a distancia a pesar de no tener noticias de su novia desde hace seis meses. Vive solo, aunque en el piso de arriba su castradora madre viuda continúa ejerciendo su influencia pasivo agresiva. Un encuentro fortuito pondrá patas arriba su monótona existencia. Cree conocer de algo a la tendera de un supermercado de barrio y siente una irresistible atracción que le lleva a perseguirla. Averigua su nombre: Rosalie Blum, y aunque el ingenuo estilista no tiene pinta de psicópata, ese espionaje encierra tintes un tanto obsesivos a pesar de la torpeza de la que hace gala el merodeador.

La cinta se estructura en tres segmentos identificados respectivamente con cada uno de los componentes del trío protagonista: Vincent, Rosalie y alguien a quien dejamos que sea descubierto por el espectador. Rappeneau juega con un armazón que recuerda a relatos más transcendentes como Rashomon o El hombre que mató a Liberty Valance para lograr un mestizaje de géneros en el que lo hilarante surja del surrealista encuentro del suspense con la comicidad que brota del absurdo. El cambio de punto de vista se antoja revelador de detalles que enriquecen la construcción de la personalidad de cada uno de los roles y completan una narración que gana en empaque.

Con un tono tan cándido como extravagante, desarrollando un estilo que vagamente nos lleva a Amélie, se nos presentan unos personajes y una historia con los que, mérito de quien dirige, congeniamos prácticamente de inmediato. Aceptamos la propuesta, entramos en un juego que se llama comedia romántica de misterio a la francesa y nos preparamos para degustar noventa y cinco minutos poblados de originalidad, grandes dosis de ingenio, risas constantes, carcajadas antológicas (a costa de una genial Anemone en el papel de esa madre inimitable) y con un punto emotivo que permanece oculto entre lo risible y recoge los pequeños o grandes dramas personales que encierran estos tres entrañables seres que de una u otra manera se necesitan mutuamente.

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Rosalie Blum
Dirección: Julien Rappeneau
Guión: Julien Rappeneau, a partir de las novelas gráficas homónimas de Camille Jourdy
Intérpretes: Noémie Lvovsky, Kyan Khojandi, Alice Isaaz
Música: Martin Rappeneau
Fotografía: Pierre Cottereau
Duración: 95 minutos
Francia, 2015
Acostumbrados a la hegemonía de Studio Ghibli en el mundo de la animación tanto en lo creativo como en lo puramente crematístico, resulta fascinante encontrar un trabajo capaz de codearse artísticamente hablando con lo más granado de la factoría fundada por Hayao Miyazaki logrando, incluso, la proeza de superar en taquilla a su obra más popular, El viaje de Chihiro.
Un cometa se acerca a la tierra atravesando atronador las nubes que encuentra a su paso. Repentinamente cesa el sonido. Pantalla en negro. Tokio. Dos casas. Dos habitaciones. Dos camas. Dos jóvenes que despiertan. Ninguno puede recordar lo que acaba de soñar aunque ambos comparten la sensación de haber perdido algo o a alguien. Sienten ese vacío y la necesidad imperiosa de resolver ese enigma desde aquel día en que las estrellas caían del cielo.

Tras unos maravillosos créditos que visualmente repasan lo que va a ser la película, comienza la narración en flashback que nos va a llevar a ese inquietante momento inicial. Mitsuha, una chica de un pueblecito, sueña con Taki, un muchacho de la capital. Él hace lo propio con ella, a pesar de no conocerse de nada. Pero lo onírico llega a hacerse tan vívido que un día se despiertan en la piel del otro, con todo lo que eso conlleva.

La historia, novelada primero y trasladada a la gran pantalla después por el japonés Makoto Shinkai, parte de esta interesante premisa que engancha de inmediato conquistando al espectador desde el humor para arrastrarlo a la emotividad y la emoción a través de la fantasía y la imaginación. Este guión pluscuamperfecto pertenece a ese extraño mestizaje de géneros que vendría a denominarse romanticismo envuelto en paradojas espacio-temporales, con notables representantes como las dos versiones de La casa del lago o Una cuestión de tiempo en el terreno del largometraje y la catódica y absolutamente recomendable miniserie 22.11.63.

El acierto y la pericia del escritor y libretista integra en la presentación de los dos personajes principales la explicación del curioso fenómeno que acontece entre ellos consiguiendo de forma sencilla la comprensión de algo tan complejo por parte del público. Añade, además, valiéndose de una técnica similar a la utilizada en Regreso al futuro, la representación del flujo del tiempo a través de una hermosa metáfora visual en torno a los hilos que conforman un tejido.

El mérito del director reside en haber sabido extraer, realizando un alarde de originalidad, toda la vena misteriosa que intrínsecamente se hallaba en una situación tan curiosa sin dejar de explotar los recursos cómicos ni, por supuesto, las derivaciones más románticas y emotivas que pudiera ofrecer.

Una película así devuelve la fe en el cine, si es que se había perdido, y enseña a amar el séptimo arte sin ningún tipo de prejuicios o de fronteras; ni idiomáticas, ni culturales, ni en cuestión de géneros cinematográficos, ni en cuanto a las técnicas narrativas utilizadas. Cine en estado puro para disfrutarlo con los cinco sentidos y degustarlo según nos va descubriendo las maravillas que contiene a medida que florece pétalo a pétalo.

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Your Name
Dirección, fotografía y montaje: Makoto Shinkai
Guión: Makoto Shinkai, basado en su novela homónima
Voces en la v.o.: Ryûnosuke Kamiki, Mone Kamishiraishi, Ryô Narita
Música: Radwimps
Duración: 106 min.
Japón, 2016
Conceptualmente “bajo la arena” puede remitir a algo plácido, un improvisado partido de fútbol en la playa, risas, diversión y relax. Un (necesario) oasis en mitad de la más absoluta barbarie que permita un momento de descanso al espectador. Nos encontramos cerca del mar sí, pero la traducción del título original habla del peligro latente que subyace diez centímetros por debajo de aquellos quince pares de pies.
El nombre anglosajón del filme expone la temática bélica sin tapujos y juega, ingeniosamente, con la polisemia de la expresión “land of mine”. Trasladado a la lengua de Cervantes, por un lado compendia todo el desprecio del oficial del ejército de Dinamarca que a voz en grito conmina a los soldados alemanes que regresan derrotados a casa tras cinco años de ocupación: fuera de “mi tierra”, este es “mi país”. Estamos en 1945, acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y en el reino de Hamlet la podredumbre física y moral se adueña de vencedores y vencidos.

El otro significado nos lleva a los “campos de minas” en que los nazis habían convertido el litoral de la península de Jutlandia en la creencia de que la invasión aliada habría de producirse precisamente allí y no en Normandía.

El cineasta danés Martin Zandvliet parte de un episodio real para realizar un sólido y contundente acercamiento al conflicto que denuncia las atrocidades que se pueden cometer en nombre del mal entendido patriotismo y de la venganza inspirado en todo aquello que sucedió una vez finalizadas las hostilidades. Y es que tras la guerra unos dos mil prisioneros de guerra alemanes fueron forzados a retirar más de millón y medio de minas de la costa oeste danesa. Casi la mitad de ellos murieron o resultaron heridos. Muchos eran menores de edad.

El modélico texto del director y guionista condensa este horrible episodio, considerado por muchos constitutivo de crímenes de guerra, en el acontecer de una unidad formada por catorce prisioneros germanos, adolescentes todos ellos, que son adiestrados para desactivar minas antipersona.

A pesar de la perfección formal con la que comienza el relato, de la tensión creada a partir de la concatenación de planos, el juego con los sonidos de las respiraciones, el canto de los pájaros y la ausencia de música para angustiar al espectador ante las posibles consecuencias de una inminente explosión, la verdadera entidad de la cinta surge a partir del momento en que las relaciones humanas toman las riendas de la narración para trasladarnos el sufrimiento y la impotencia de los jóvenes miembros de ese extraño batallón, pero sobre todo el vínculo que se establece entre ellos y el sargento danés al mando y los sentimientos encontrados de este personaje, excepcionalmente escrito e interpretado, que pasa por todos los estadios posibles desde el odio acérrimo a la comprensión de que, por encima de la situación, lo que tiene delante de sus narices son niños asustados obligados a madurar a marchas forzadas debido a los delirios de grandeza de un dictador.

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Land of mine. Bajo la arena
Dirección y guión: Martin Zandvliet
Intérpretes: Roland Møller, Louis Hoffmann, Joel Basman
Música: Sune Martin
Fotografía: Camilla Hjelm
Duración: 100 min.
Dinamarca, Alemania, 2015
A estas alturas, ¿quién no conoce a David Lynch? ¿quién no sabe que dirigió El hombre elefante y fue ninguneado por la Academia de Hollywood tras lograr ocho candidaturas al Óscar? ¿o que revolucionó el mundo de las series de televisión en los 90 con la mítica Twin Peaks tras ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes por Corazón Salvaje? ¿quién no recuerda esa mezcla de fascinación y terror de Carretera Perdida o la elegancia inquietante vestida de film noir de Mulholand Drive? ¿y esa oreja humana que aparece entre el césped de un idílico jardín en Terciopelo Azul?

A sus 77 años este estadounidense nacido en la América profunda un día de San Sebastián se ha hecho un hueco en la historia cinematográfica debido a su particular universo y a esa manera tan singular de filmar y escribir plasmando sobre la pantalla sus obsesiones personales de una manera tan creativa como perturbadora.

El Lynch cineasta ha sido estudiado hasta la saciedad y quien más quien menos tiene un concepto de la dimensión de su figura como autor. Los debutantes Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neerdgard-Holm han buscado en este documental una faceta mucho más oculta del realizador, su producción como pintor. Aunque más allá de su ingente obra, de la que el metraje de esta película hace gala, han querido escarbar en lo más profundo de su subconsciente para averiguar de dónde surge esa pasión creativa y ese mundo interior tan sugerente pero al tiempo tan oscuro y escalofriante.

La cinta se plantea como una especie de sesión de psicoterapia en la que el artista se sienta en el diván, sustituido por la silla de su estudio o el micrófono de la sala de locución, para realizar un viaje a su niñez, adolescencia y principio de la edad adulta en el que, a modo de introspección, dar a conocer al espectador, en primera persona, detalles de su vida que han conformado el espíritu de inventiva de un tipo que nos transporta con sus pinturas al onirismo de Dalí y que remite al Buñuel más surrealista, el de La edad de oro o Un perro andaluz, a través de sus primeros cortometrajes experimentales.

Resulta fascinante asistir al nacimiento y desarrollo de su vocación artística terminando nuestro recorrido en el momento de su exitoso debut en el largometraje con la inclasificable Cabeza borradora y llegar a lo que buscaba cuando se interesó por este mundo que resumía en una expresión: The art life, la vida del arte. Según sus propias palabras no hacer nada más que tomar café, fumar cigarrillos y pintar: la absoluta felicidad.

Este trabajo bebe en sus formas y sonidos de la influencia de las enigmáticas atmósferas que el protagonista crea para sus propios filmes, de modo que resultará tan fascinante para sus incondicionales como extraño para los no conocedores de este inimitable artista polifacético. Aún así resulta una propuesta absolutamente interesante y estimulante que nos permite adentrarnos en el Lynch más íntimo y nos regala momentos enternecedores como verle sentado, codo con codo, junto a su hija Lula (el nombre no es en absoluto casual) de apenas 4 añitos, enfrascados ambos en los bocetos de su próxima genialidad.

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David Lynch: The art life
Dirección: Jon Nguyen y Rick Barnes y Olivia Neerdgard-Holm
Intérprete: David Lynch
Música: Jonatan Bengta
Fotografía: Jason S.
Montaje: Olivia Neerdgard-Holm
Duración: 90 min.
Estados Unidos, Dinamarca, 2016
Más de 20 años antes del Holocausto judío por parte de los nazis y aprovechando la confusión de la Primera Guerra Mundial, el 24 de abril de 1915 las autoridades turcas detuvieron a 235 miembros de la comunidad armenia de Estambul. En los días siguientes continuó una situación que se prolongó hasta 1923. La idea de crear un Imperio Otomano islámico sin cabida para los cristianos provocó la deportación forzosa y el exterminio de más de un millón de civiles armenios. A día de hoy Turquía sigue sin reconocer el genocidio armenio, postura que le ha generado enfrentamientos con países como Francia que han legislado contra la negación de estas masacres programadas.
Robert Guédiguian, francés de origen armenio, nunca ha renunciado a plasmar sus reivindicaciones políticas en una extensa filmografía en la que las clases trabajadoras de su Marsella natal tienen siempre un claro protagonismo. En este caso su mirada amplía el foco para abordar un asunto enquistado desde hace mucho tiempo.

En un sorprendente e impactante prólogo en blanco y negro recrea un incidente real acaecido en el Berlín de 1921 y se hace eco de la visión que la convulsa Europa de la época tenía sobre lo sucedido con el pueblo armenio. Sin embargo, la trama política se convierte en contexto cuando salta a la palestra otra problemática en el momento en que la acción se traslada a los años 80.

Aram, un marsellés de padres armenios, hace estallar el coche del embajador turco en París. La explosión deja gravemente herido a Gilles Tessier, un ciclista que pasaba por la zona. Cuando la madre de Aram acude al hospital a pedirle perdón, el joven exige ver a quien le ha dejado maltrecho. El encuentro será complicado tras la huida del autor de los hechos a Beirut para unirse al Ejército de Liberación de Armenia.

El personaje de Tessier se inspira en el periodista español José Antonio Gurriarán que sufrió un atentado similar en Madrid. Tras quedar lesionado de por vida se interesó por la causa armenia como vía para intentar superar su situación buscando motivos y razones. Robert Guédiguian se ha inspirado en su libro La bomba, en el que transmite esta singular actitud ante su tragedia, para desarrollar esta historia que tangencialmente afecta al director debido a su ascendencia.

Lo que hace especial a este filme queda recogido en esa búsqueda de respuestas del que quiere confrontar a su verdugo, mirarle a los ojos y preguntarle por qué. Una vía que el cine ya exploró dentro del ámbito irlandés con la estupenda Cinco minutos de gloria. En esta ocasión, si bien se aborda con mayor profundidad el tema, desarrollando las relaciones de la víctima con la familia del terrorista, inexplicablemente no se ha sabido dar fluidez a un relato, tan insólito como interesante, que naufraga en su tramo central a pesar de contar con un prólogo apasionante y un emocionante epílogo en el que queda patente el afán conciliador del realizador.

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Copyright imágenes © Agat Films & Cie, Canal +, France Télévisions. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
Una historia de locos
Dirección: Robert Guédiguian
Guión: Robert Guédiguian y Gilles Taurand inspirado en el libro La bomba de José Antonio Gurriarán
Intérpretes: Ariane Ascaride, Grégoire Leprince-Ringuet, Simon Abkarian
Música: Alexandre Desplat
Duración: 134 min.
Francia, 2015
Una joven camina a lo largo de un puente empujando el carrito de su bebé. Mechas azules entre el pelo azabache, tatuajes sobre los huesudos dedos, minifalda de cuero y medias de rejilla que terminan en un par de raídas botas. Se detiene en el punto central mientras un tren pasa raudo a su espalda ejerciendo como cortinilla.
La fría fotografía con el turquesa del mar como fondo torna en calidez amarillenta del sol de la Toscana. Otra dama, rubia, melena larga y vestido señorial, segura de sí misma, recorre la villa como un torbellino sin dejar de dar órdenes a todo el que encuentra a su paso. Dice que su marido ha sido abogado de Berlusconi y que se ha codeado con los Clinton.

Aunque no miente, pronto nos damos cuenta de que se trata de una “huésped” de una institución psiquiátrica que utiliza métodos terapéuticos que tratan al paciente de modo mucho más humano y cercano de lo habitual.

Una, asquerosamente rica, la otra, pobre de solemnidad. De personalidades completamente opuestas, su melancolía y sus momentos depresivos les hacen conectar. El guión aprovecha un guiño a Alguien voló sobre el nido del cuco para hacerles escapar en busca de esa brizna de libertad que les permita volver a respirar. Y en otro homenaje, inician su aventura al igual que Thelma y Louise, en una huida hacia delante que no saben a dónde les llevará.

Valeria Bruni Tedeschi aporta histrionismo a la adinerada Beatrice, Micaela Ramazzotti viste de timidez e introspección el enigmático aura de Donatella. Con ayuda del asesoramiento técnico-científico del que ha echado mano Paolo Virzi han dibujado de forma minuciosa, y con todo el rigor y respeto, la dolencia mental de cada una de estas mujeres.

De inicio, la cinta nos ha dejado francamente desorientados por el tono tragicómico, rayando en lo grotesco (al más puro estilo Fellini),con que se introduce a los personajes y su problemática. Dado que todo esto se prolonga hasta bien avanzado el nudo dramático, nos hemos plantado ante el último giro argumental sin saber con exactitud hacia dónde se dirigía la trama. Ese tipo de comedia pasada de rosca realza el patetismo de la potentada y recrudece la tragedia de su amiga pero, ¿es el adecuado para narrar esta historia?

La duda surge del hecho de que hasta el último acto no nos es posible apreciar la hondura de lo que se nos está contando. El tramo final, un prodigio de sensibilidad, transmite un abrazo al alma de alguien a quien su destrozo interior no le ha dejado avanzar. Un dolor que pasa invariablemente inadvertido por todo el mundo, incluido un sistema sanitario que lo ignora y perpetúa; la dureza de ser convertida en un monstruo por la sociedad debido al acto terrible provocado por la enfermedad. Pero deja un hálito de redención que, además, rescata al resto de la película. Una posibilidad de rehabilitación. Una luz al final del túnel de una vida llena de oscuridad y tristeza. De mucha tristeza.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Lotus Productions, Manny Films, Rai Cinema. Cortesía de Caramel Films. Reservados todos los derechos.
Locas de Alegría
Dirección: Paolo Virzi
Guión: Paolo Virzi y Francesca Archibugi
Intérpretes: Valeria Bruni Tedeschi, Micaela Ramazzotti, Valentina Carnelutti
Música: Carlo Virzi
Fotografía: Vladan Radovic
Duración: 118 min.
Italia, Francia, 2016