El pasado viernes 15 de mayo, coincidiendo con la festividad de San Isidro, volvimos al marco incomparable del salón de actos del Castillo de Marcilla para hablar de cine y compartir nuestras reflexiones con las de todos los que se quisieron acercar en torno a una película que para quien escribe supuso una agradable sorpresa descubrir que contenía mucho más de lo que a priori parecía dar. Queremos dar las gracias, como no podía ser de otra manera, al Ayuntamiento de Marcilla representado por su concejal de cultura, Vicente Navarro, y la técnico de cultura y deporte, Merche Boneta, y al club de lectura de la Biblioteca de la localidad con la bibliotecaria, Gloria Perales, a la cabeza, por volver a contar con nosotros a la hora de hablar de cine y acercar los entresijos del séptimo arte a todos los que amablemente allí se acercaron.
En esta ocasión se produjo un hecho curioso. El libro que inicialmente teníamos previsto ilustrar con una película, Elegía de Philip Roth (planificado desde el principio del curso académico), resultó no ser la fuente de la película del mismo título, Elegy de Isabel Coixet, Al comenzar a preparar el cine fórum advertimos que la directora catalana, en aras de la taquilla, cambió el título inicialmente elegido que se correspondía con el nombre de la novela fuente del mismo, El animal moribundo, por otro más sonoro y rotundo que provenía de una obra del mismo autor, el propio Philip Roth. Así pues, tuvimos que cambiar la película inicialmente escogida para no dar lugar a la confusión entre los miembros del club de lectura, pero a cambio encontramos una pequeña joya que nos deparó infinidad de temas de conversación al finalizar la proyección. En cuanto a Roth, flamante Principe de Asturias de las letras 2012, posee tantas adaptaciones cinematográficas basadas en sus relatos, que tarde o temprano nos lo vamos a encontrar en uno de estos interesantes cine fórum compartidos con el club de lectura promovido por la Red de Bibliotecas Públicas de Navarra.
Comedia romántica versus película de personajes
Se podría decir que Juntos, nada más, es prácticamente el último trabajo como director de un cineasta todo terreno, Claude Berri, que destacó más incluso en su faceta de productor que en su labor como realizador. En Francia era conocido como “el último sultán” por su enorme poder e influencia en la industria cinematográfica gala. Destacan en su filmografía títulos como El manantial de las colinas, La venganza de Manon o Germinal, basada en la novela de Emile Zola, en su faceta como director, y Tess, de Roman Polanski, El oso, de Jean-Jaques Annaud o Asterix y Obelix contra César en la de productor. Falleció en 2009, pero ya durante el rodaje de esta película sufrió una enfermedad que le afectó tanto que el actor y director François Dupeyron tuvo que ayudarle a terminarla. Todavía tuvo tiempo de producir Bienvenidos al norte, de tremendo éxito en Francia y germen inconfeso de Ocho apellidos vascos, y de codirigir un último filme con el propio Dupeyron antes de su deceso.

Bajo la apariencia de una comedia romántica rodada de forma naturalista Berri, a partir de la novela homónima de la escritora francesa Anna Gavalda, nos cuenta la historia de dos hombres y dos mujeres, de diferentes edades y distinta extracción social. Cuatro almas solitarias que encuentran cobijo en la confianza mutua. Con mayor o menor acierto el director desarrolla una historia de personajes de esas que tanto gustan en el país vecino, con la cámara como testigo anónimo que cede el protagonismo a estos cuatro seres desorientados en la vida y afectados por evidentes carencias afectivas, que necesitan del otro para sobrevivir en esa especie de soledad compartida en la que encuentran acomodo. Juntos, nada más se hizo con el premio del público en la SEMINCI de Valladolid en 2007.
Animado debate
Tras tres cuartos de hora de animada conversación y debate en el que se produjo un intercambio de opiniones de lo más interesante, pudimos ver las distintas percepciones que cada uno como espectador habíamos extraído del visionado de la película. La percepción inicial que algunos habíamos intentado adivinar a partir de la información que la distribuidora española había transmitido del filme fue cambiando y observamos un mosaico formado por cuatro personajes, en lugar de una historia ceñida a dos de ellos. Fue estimulante encontrar gracias a las aportaciones de los asistentes esa red de relaciones y esos aspectos escondidos en pequeños detalles que va dejando en imágenes un director como Berri, que prefiere dar importancia a los personajes y al texto más que al envoltorio cinematográfico que los pueda envolver.

Si alguno de vosotros lectores os lo perdisteis vais a tener una nueva oportunidad de ver Juntos, nada más, y de comprobar qué es lo que se esconde tras ese enigmático título (asunto que también desentrañamos en el Castillo de Marcilla). Esta vez a a ser el próximo 12 de junio, viernes, en Falces, gracias, también a la Biblioteca de la localidad y a su regidora, Sandra Ovejero. Animaos a acudir, os esperamos.
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Tras nueve adaptaciones a la gran pantalla podemos establecer que las películas basadas en relatos de Nicholas Sparks constituyen un subgénero dentro del cine romántico; la más renombrada, y objeto de culto en todo el mundo, El diario de Noah. El propio novelista, a la vista del suculento filón taquillero, comenzó a aparecer como productor a partir de Un lugar donde refugiarse. Lo mejor de mí supone su segunda incursión en estas labores que le permiten tener cierto control sobre la cinta y, por supuesto, el acceso a un mayor pellizco de los beneficios.
El sello Nicholas Sparks consiste básicamente en acumular un conjunto de tópicos dentro de una trama romántica en la que los personajes principales no tienen por qué tener un final obligatoriamente feliz y que suele girar en torno a una tragedia. Podríamos decir que este filme cumple con dichas premisas (en cuanto a la conclusión, sin adelantar acontecimientos, que cada uno juzgue a su debido tiempo).

Nos encontramos, pues, ante una sucesión de lugares comunes que conforman un collage más que un pastiche. La partitura de Aaron Zigman calca en determinados pasajes la que Rachel Portman compuso para Las normas de la casa de la sidra y el recuerdo de los personajes de Michael Caine y Tobey Maguire ha parecido encarnarse en la relación paterno filial del protagonista con su mentor y protector. La diferencia de estatus entre Dawson y Amanda nos deja el déjà vu de una memorable secuencia de Cocktail. Incluso ciertas ingeniosas transiciones temporales generadas en un simple movimiento de cámara parecen sacadas de los momentos más sentimentales de Lone star. Esa combinación entre pasado y presente, además de la humilde extracción del chico y su desarraigo, ya aparecía de forma marcada en El diario de Noah. Sorprendentemente, a pesar de la cantidad de clichés y de todos estos elementos prestados (o quizás gracias a ellos) la trama romántica funciona. Esa estructura articulada por medio de flashbacks que van revelando la naturaleza de la relación amorosa de la pareja termina por enganchar y concitar el interés del espectador.

La película se sustenta sobre los hombros de una magnífica Michelle Monaghan, muy por encima de un simplemente correcto James Marsden al que se le ve un tanto limitado y acartonado; muy tierno para un papel que un trágico accidente impidió que interpretase el actor inicialmente elegido, Paul Walker. Luke Bracey y Liana Liberato, sus alter ego adolescentes, ayudan con su buen trabajo a mantener la tensión de la trama pero quien realmente destaca sobre todos es un ilustre veterano, Gerald McRaney, al que acabamos de ver en Focus, que encarna de manera sincera a Tuck, el “padre adoptivo” del protagonista.
El precipitado epílogo, necesario para dar sentido y cierta coherencia al resto del relato aunque narrado a base de hachazos para no prolongar excesivamente la duración del filme, rompe el llevadero ritmo que nos había traído hasta allí. Dicho esto, y tras valorar nuestras expectativas iniciales, podemos afirmar que no salimos defraudados del cine.

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Lo mejor de mí
Dirección: Michael Hoffman
Guion: J. Mills Goodloe y Will Fetters, según la novela de Nicholas Sparks
Intérpretes: Michelle Monaghan, James Marsden, Gerald McRaney
Música: Aaron Zigman
Duración: 118 min.
Estados Unidos, 2014
La filmografía de Kenneth Branagh como director se puede dividir en dos mitades claramente diferenciadas. Una primera más personal y que refleja de forma muy marcada la personalidad del cineasta, donde predominan sus propias adaptaciones de la obra de Shakespeare, y otra, surgida al albur del fracaso comercial de su trabajo más ambicioso, una adaptación de Hamlet de cuatro horas de duración, tras la que hubo de tomarse un receso a partir del cual se centró en cintas básicamente de encargo.

Esta Cenicienta de carne y hueso, primera de las transformaciones que tiene previstas Disney de sus éxitos de animación (La bella y la bestia ya se encuentra en proceso de pre producción), pertenece sin duda a la última hornada de filmes realizados por el británico, pero posee la virtud de que le ha permitido jugar con elementos que gustaba de utilizar cuando se acercaba a los particulares universos creados por el Bardo de Avon.
Las notas de la evocadora partitura del mejor Patrick Doyle y los espectaculares planos cenitales nos traen a la memoria Mucho ruido y pocas nueces. El peinado imposible a base de caracolillos típicos sevillanos de la princesa Chelina de Zaragoza no es sino otra “hazaña”/exabrupto casi a la altura del improbable príncipe de Aragón que interpretó Denzel Washington en la citada comedia. El barroquismo de la dirección artística, la vistosidad del vestuario (marcado por colores puros para los vestidos y abigarrados adornos en los uniformes de los soldados) y la magnética presencia de Derek Jacobi parecen, todos ellos, recién salidos de su particular visión decimonónica de Hamlet. Estos toques nostálgicos sumados a un uso de la luz y el color que parece extraído bien de las obras tenebristas de Velázquez y Goya, bien del resplandeciente pincel de Vermeer y unidos a la elegancia del conjunto, compendiada en una exquisita realización, hacen que el aspecto audiovisual cubra con creces las expectativas.

En cuanto al guión, Chris Weitz ha bebido de dos fuentes: el clásico animado de 1950 y, por supuesto, el cuento de Perrault. Lo más llamativo e interesante queda conformado por lo más novedoso para el gran público; el desarrollo de la vida de Ella y la relación con sus padres hasta llegar al momento de la convocatoria del baile (que el filme de animación resolvía en un escueto prólogo). El resto no por conocido deja de desentonar con el conjunto además de ganar en verosimilitud y de enriquecerse, dentro de la fidelidad al relato, gracias a la personalidad contemporánea y al criterio propio de que se ha dotado a los dos personajes protagonistas; la princesa ya no es vulnerable y ya no depende de su príncipe azul. Sus dos intérpretes, Lily James (Downton Abbey) y Richard Madden (Juego de Tronos), provienen del mundo catódico. Completan el reparto el ya citado Derek Jacobi, presencia constante en el cine de Branagh, y Cate Blanchett, que compone una madrastra al uso, consiguiendo no resultar excesivamente caricaturesca en un papel que no permite gran variedad de registros.

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Cenicienta
Dirección: Kenneth Branagh
Guión: Chris Weitz
Intérpretes: Lily James, Richard Madden, Cate Blanchett
Música: Patrick Doyle
Duración: 105 min.
Estados Unidos, 2015
Noroeste de Victoria, Australia, 1919. La cámara retrocede en un lento travelling mientras Eliza limpia con un cariño casi reverencial unas botas manchadas de barro. La voz de Joshua, su marido, a quien no vemos, recita un fragmento de uno de los cuentos de “Las mil y una noches”. Poco a poco la cámara abandona la habitación dejando a la mujer sola, al fondo, flanqueada por el marco de la puerta. El granjero, que aparece por la zona izquierda del encuadre, sigue leyendo ayudado por unas sencillas gafas redondas, sujetando el libro con ambas manos y rodeado por tres pequeñas camas vacías. Cuatro años antes los tres hijos de ambos desaparecieron en Turquía, defendiendo a su país, luchando junto a los ingleses en la Primera Guerra Mundial. Ella no ha podido superarlo.
Este magnífico plano, además de poseer un potente valor narrativo, conecta directamente con Gallipoli, la película de Peter Weir de la que bebe directamente El maestro del agua. Allí era “El libro de la selva” el que presagiaba la despedida del protagonista. Russell Crowe ha escogido para su debut como realizador un texto que vuelve a hurgar en una herida todavía abierta en la historia australiana y para ello ha querido mirarse en el espejo de su colega más ilustre, aunque, en honor a la verdad, todavía le queda mucho para alcanzar la maestría del autor de El club de los poetas muertos. Es el propio director quien interpreta a ese hombre que deja su hogar para volar a Estambul en busca de sus tres vástagos, o de lo que quede de ellos, para repatriarlos y enterrarlos, si fuese necesario.

Las mayores virtudes de este trabajo se encuentran en su primera mitad. Rodada con mucho brío, la magnífica fotografía y la épica banda sonora hacen de este segmento un interesante reflejo y una acertada reflexión sobre el tema de la pérdida que sufre el protagonista, pero también acerca de los desastres de la guerra vistos a través de los ojos de los supervivientes de ambos ejércitos que colaboran para identificar a los fallecidos en la cruenta batalla de Galípoli, con el conflicto mundial ya terminado y en una Turquía en constante ebullición debido a las incursiones griegas y al auge del nacionalismo.

Más adelante, desde el momento en que el filme abandona el tono introspectivo y evoluciona en relato de aventuras, como si se tratase de una película totalmente distinta, los errores de primerizo comienzan a aflorar. Tras el potente inicio la historia se ramifica en infinidad de subtramas y Crowe se pierde en su intención de seguir todas y cada una de ellas. Queda patente la falta de concisión en la narración y lo superfluo de multitud de detalles de cara a la galería que desvirtúan la intensidad del prometedor arranque. Lo que hubiese sido una digna ópera prima se va deslavazando ante nuestros ojos; la fuerza y la firmeza del guion se diluyen poco a poco dejando un resultado final al que le faltan empaque y hechuras.

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El maestro del agua
Dirección: Russell Crowe
Guión: Andrew Knight y Andrew Anastasios
Intérpretes: Russell Crowe, Olga Kurylenko, Yilmaz Erdogan
Fotografía: Andrew Lesnie
Duración: 111 min.
Australia, Turquía, Estados Unidos, 2014
De cuando en cuando suele aflorar terminología de la más diversa índole que salpica una vez sí y otra también textos y conversaciones cinéfilas cuya repetición constante parece ser fuente de (supuesta) erudición y, sobre todo, de modernidad. Vocablos que parece necesario incluir a toda costa en crónicas y críticas para hacer notar que uno está a la última y cuyo uso se extiende como un reguero de pólvora de tal forma que hay quienes renegamos de su uso por la misma razón que otros los ensalzan. Hoy en día si quieres parecer el colmo del vanguardismo (a riesgo de resultar pedante), además de usar una cantidad ingente de anglicismos innecesarios, tienes que incorporar indefectiblemente a tu vocabulario la palabra “distopía”.
No aparece en el diccionario de la R.A.E., de modo que muchos de quienes la invocan creen que se trata de un término de nuevo cuño; nada más lejos de la realidad. El filósofo y economista John Stuart Mill fue el primero en incluirla en un discurso allá por 1868 y posteriormente se rescató para catalogar a novelas como Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451. Ahora se utiliza para referirse a un género literario de gran éxito entre los adolescentes que ha dado su salto a la gran pantalla y que se publica en forma de trilogía y se rueda como tetralogía (cosas de la taquilla). Los juegos del hambre fue la saga fundacional y Divergente su calco inmediato en el tiempo.

Puestos a buscar el vocablo adecuado, la mayor antigüedad, además de la sonoridad y la negatividad que transmite “cacotopía” parece mucho más acertada que la presuntuosa sofisticación de “distopía”. Ambas comparten significado: exactamente lo contrario a utopía, que etimológicamente significa “buen lugar”; es decir, una sociedad futura indeseable, que es la que sirve de telón de fondo a Insurgente, segunda parte de la serie Divergente.

Más allá de todas estas disquisiciones semánticas nos encontramos con la continuación de la huida y la lucha contra el poder dictatorial de un grupo de “divergentes”, considerados peligrosos dentro de la posapocalíptica sociedad que habitan porque su compleja personalidad desborda las etiquetas simplificadoras a las que les obligan a ceñirse. Una propuesta de entretenimiento puro y duro. Cine de acción con protagonista femenina que mezcla la aventura, la ciencia ficción, el romance y la rebeldía; destinado a adolescentes, pero en el que puede entrar sin problemas un adulto.

De factura impecable, siendo el sucedáneo resulta mucho más entretenido que el original. Los incondicionales de las andanzas de Beatrice Prior disfrutarán; el resto del público, a pesar de no estar puesto en antecedentes y de encontrarse con ciertas situaciones y diálogos en el límite de lo verosímil, no se aburrirá. Shailene Woodley cumple el expediente con solvencia y viene demostrando, con interesantes trabajos como Bajo la misma estrella, que hay vida más allá de esta heroína, pero es Miles Teller (Whiplash) el único que consigue con su personaje aportar un toque de ironía y mala leche dentro del arquetípico tono general.

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Insurgente
Dirección: Robert Schwentke
Guión: Brian Duffield, Akiva Goldsman y Mark Bomback, según la novela de Veronica Roth
Intérpretes: Shailene Woodley, Kate Winslet, Theo James
Fotografía: Florian Ballhaus
Duración: 119 min.
Estados Unidos, 2015
De toda la información que se mueve en torno a una película hay datos exógenos de tal relevancia que por sí solos transmiten más del propio filme que todo lo que pueda surgir de su visionado. En el caso que nos ocupa, el hecho de que de cara a su estreno en Estados Unidos no se hiciesen pases previos para la prensa especializada dice mucho de la confianza, o más bien de la falta de la misma, que la distribuidora depositaba en el producto que tenía entre manos. Tras asistir a su proyección hemos de admitir que, por desgracia, no se equivocaban en su vaticinio. Y eso que, a priori, el equipo técnico y artístico y, una vez metidos en harina, el planteamiento (los primeros veinte minutos, al menos) hacían albergar alguna esperanza.
David Koepp (responsable de los guiones de Atrapado por su pasado, Parque Jurásico o Misión imposible) dirigiendo a un elenco encabezado por Johnny Depp y que incluye nombres como Gwyneth Paltrow o Ewan MacGregor, que se mueven dentro de una trama de espionaje con toques humorísticos con una inédita obra maestra de la pintura de por medio, hacían prometer mucho. Tanto, como en su día sucedió con El gran halcón; un trabajo realizado con similares mimbres, que despertó más expectación incluso y resultó un tremendo fiasco tanto artística como comercialmente. Bruce Willis y Andie MacDowell eran quienes se embarcaban en busca de uno de los inventos de Leonardo Da Vinci en medio de un rocambolesco argumento salpicado de una peculiar comicidad.

Un excéntrico millonario, diletante y británico hasta la médula (una mezcla entre la flema de Phileas Fogg y el amaneramiento de Freddie Mercury), obsesionado con su absurdo bigote inglés, casi, casi daliniano (Johnny Depp) es el centro de una intriga en la que se mezclan su manipuladora esposa (Gwyneth Paltrow), un matón/sirviente de lo más expeditivo (en el más amplio sentido de la palabra) y un policía, algo pardillo, miembro del MI5 (Ewan McGregor). En torno a los cuatro, el asesinato de una restauradora de arte y un misterioso goya que persiguen, además de ellos, un terrorista internacional y un millonario ruso con muy malas pulgas. Todo un retrato irónico de lo típicamente anglosajón que nace con una intención de auto parodia en la novela de Kyril Bonfiglioli, pero que en el filme tan solo aguanta durante el primer acto para despedazarse sin pena ni gloria camino de los créditos finales.

De modo que ni el atractivo del reparto, ni las ingeniosas y muy visuales transiciones (con esos viajes en avión y esos mapas que adaptan el concepto indianajonesco al siglo XXI), ni las réplicas y los hilarantes momentos proporcionados por el mayordomo/sicario que encarna Paul Bettany consiguen mitigar el tremendo sinsentido de un guión flojo y sin punch, autocomplaciente e indolente, salpicado de un sentido del humor de trazo grueso con tintes escatológicos que sobrepasa la línea de lo ingenioso para terminar resultando chabacano.

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Mortdecai
Dirección: David Koepp
Guión: Eric Aronson, según la novela “No me apuntes con eso” de Kyril Bonfiglioli
Intépretes: Johnny Depp, Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor
Música: Mark Ronson y Geoff Zanelli
Duración: 107 min.
Estados Unidos, 2015
Aunque al espectador no le resulte familiar el nombre de este simpático óvido, el apellido que acompaña al título (“la película”) resulta pertinente si tenemos en cuenta que el programa de la oveja Shaun acumula ya ocho años de éxito en los televisores de todos los niños británicos. Se trata de una creación surgida del ingenio de Aardman Animations, la productora que gracias a los personajes de Wallace y Gromit (y a los óscares que consiguió con sus cortometrajes) logró fama mundial. No en vano uno de los productores ejecutivos de esta cinta es Nick Park, el geniecillo de la stop motion que moldeó en plastilina a esta inolvidable pareja y que hace aquí una aparición fugaz como fotógrafo de aves. El otro nombre propio que ha supervisado el desarrollo de este largometraje, Peter Lord, llevó a la gran pantalla Evasión en la granja, con un Steve McQueen encarnado en gallina, y recientemente ¡Piratas!
El filme narra las aventuras de Shaun y sus compañeras en la gran ciudad, a donde acuden a rescatar a su granjero que se encuentra ingresado en el hospital aquejado de una inquietante amnesia. Se trata de una historia para todo tipo de público, contada de forma que no descuida a ninguno de sus potenciales espectadores, con una tremenda dosis de ingenio y sentido del humor y, lo que tiene más mérito, sin palabras, de la forma más cinematográfica posible, con la imagen y el sonido, a través de gags visuales y de rótulos y dibujos. Un poco al estilo de Mr. Bean o de El Tricicle, pero con una comicidad mucho más blanca, sin malicia, jugando con un lenguaje universal, el onomatopéyico, aquel que practicaba tan brillantemente el primer Pepe Viyuela, y con el slapstick, ese género del tartazo y las persecuciones que hizo inmortal el vagabundo encarnado por Charles Chaplin.

Se va a apreciar en la sala una curiosa rivalidad entre las carcajadas de los niños y las de los adultos, aunque no siempre se produzcan al mismo tiempo. El guión se encuentra tan bien engarzado en este sentido que es capaz de atrapar la atención constante de los más pequeños sin dejar de atender las inquietudes del público veterano seduciéndole a través del oído, de la vista y de la memoria cinematográfica.

La música de los Rolling Stones se equilibra con una réplica ovina de la portada del “Abbey road” de The Beatles, la vaca con katiuskas de Top secret se convierte en caballo, entre las rejas de una peculiar cárcel para animales surge un Hannibal Lecter gatuno y un predicador de La noche del cazador canino, amén de un divertido homenaje a Cadena perpetua que termina por resolverse dentro de los créditos finales (no tengan prisa por salir del cine). Y esto es solo una pequeña muestra. El talento derramado sobre los 85 minutos de La oveja Shaun reparte sonrisas, risas y carcajadas entre grandes y pequeños; toda una celebración del cine de la que nadie va a salir decepcionado.

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La oveja Shaun – La película
Dirección y guión: Mark Burton y Richard Starzak
Intérpretes: Las voces de Justin Fletcher, John Sparkes, Omid Djalili
Música: Ilan Eshkeri
Fotografía: Charles Copping y Dave Alex Riddet
Duración: 85 min.
Reino Unido, Francia, 2015
Por entre las ruinas de un viejo castillo que corona un risco vestido de un verde brillante, salpicado por las gotas del rocío, en un pueblecito de nombre impronunciable ubicado en lo más profundo del sur de Gales, dos hombres conversan mientras pasean. Dai, el lugareño, toma la palabra.
-En el Centro de Ayuda Social hay un estandarte que tiene más de cien años. Lo sacamos a veces, para ocasiones especiales. Tiene un símbolo como este- dice, mientras estrecha con fuerza la mano de Mark, su interlocutor londinense- Dos manos. Eso es lo que el movimiento obrero significa, o debería significar. Tú me apoyas, yo te apoyo. Seas quien seas, vengas de donde vengas. Hombro con hombro, mano a mano.

Dai, cabeza visible de los mineros de Onllwyn, quiere, con estás palabras, agradecer la ayuda recibida por parte de la organización que lidera Mark, Gais y Lesbianas en Apoyo de los Mineros, que recoge fondos para colaborar en el abastecimiento alimenticio y energético de una de las muchas poblaciones aisladas debido a la acción policial sobre las cuencas mineras que se encuentran en huelga en protesta contra los masivos cierres decretados por el gobierno de una inflexible Margareth Thatcher. En esa escueta, a la par que elocuente, secuencia queda sintetizado el mensaje que transmite Pride.

Nos encontramos en 1984. En medio de una década marcada por las protestas en contra de una política que mandó a gran parte de la población del Reino Unido al paro. El cine británico ha sabido como nadie conjugar la dureza de estas situaciones con el sentido del humor, el drama, tan doloroso y descarnado a veces, con la comedia, que va desde la sonrisa cómplice hasta la carcajada desaforada, pasando por la risa irónica, y todo ello de forma equilibrada, sin sobrepasar la línea hacia ninguno de los dos lados, consiguiendo el cóctel perfecto, al que además hay que añadir unas gotas de emoción, buena música e incluso ciertas dotes coreográficas. Nos vienen a la memoria títulos como Full monty o Billy Elliot, pero por encima de estas dos, Tocando el viento, que comparte multitud de elementos con esta cinta.

Pride es el perfecto compendio de este cine social británico que tanto nos ha hecho disfrutar. Basada en hechos reales, se centra en las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar por un lado, un grupo de gais y lesbianas de la capital que decidieron apoyar a los mineros en huelga, pero por otro, las asociaciones del carbón de pequeños núcleos urbanos donde se rechazaba este tipo de ayuda por venir de donde venía. El guión se nutre de lo perfectamente que se ha cuidado y dibujado cada personaje dentro de una historia coral donde, por encima de nombres más o menos conocidos, cada uno tiene su momento, su peso e importancia, lo que permite a la película ahondar en diversos aspectos y problemáticas entre las que destaca la sombra de un incipiente SIDA.
Más allá de la estupenda selección musical de éxitos de los ochenta y del trepidante ritmo (que no da descanso, y que pasa sin solución de continuidad, de forma modélica, de la risa a la emoción y de ahí, al drama), el momento culminante que palpita dentro del corazón del filme (en el que se rompe una lanza por las reivindicaciones del papel de la mujer en primera persona, tanto dentro del colectivo homosexual, pero, sobre todo, como motor y apoyo de sus maridos e hijos mineros) es aquel en el que esas voces femeninas se elevan, protagonistas, e interpretan “Bread and roses”, y el nudo en la garganta y la lágrima contenida se hacen inevitables.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Pathé, BBC Films, Proud Films, BFI, Calamity Films. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
Pride
Dirección: Matthew Warchus
Guión: Stephen Beresford
Intérpretes: Ben Schnetzer, Paddy Considine, Imelda Staunton, Bill Nighy, Dominic West
Duración: 119 min.
Reino Unido, 2014
En el Centro de Ayuda Social hay un estandarte que tiene más de cien años. Lo sacamos en ocasiones especiales. Tiene un símbolo como este -dice el lugareño, mientras estrecha con fuerza la mano de su interlocutor foráneo-. Dos manos. Eso es lo que el movimiento obrero debería significar. Tú me apoyas, yo te apoyo. Seas quien seas, vengas de donde vengas. Hombro con hombro, mano a mano.
Dai, cabeza visible de los mineros de un pueblecito ubicado en lo más profundo de Gales, quiere, con estás palabras, agradecer la ayuda recibida por parte de la organización que lidera Mark; Gais y Lesbianas en Apoyo de los Mineros, que recoge fondos para colaborar en el abastecimiento de una de las muchas poblaciones aisladas debido a la acción policial sobre las cuencas mineras que se encuentran en huelga en protesta contra los masivos cierres decretados por el gobierno Thatcher. En esta escueta y elocuente secuencia queda sintetizado el mensaje que transmite Pride.

Nos encontramos en 1984. En medio de una década marcada por las protestas en contra de una política que mandó a gran parte de la población del Reino Unido al paro. Los cineastas de las islas han sabido como nadie conjugar la dureza de este periodo con el sentido del humor; el drama, tan doloroso y descarnado a veces, con la comedia; de forma equilibrada, añadiendo unas gotas de emoción, buena música e incluso ciertas dotes coreográficas para conseguir el cóctel perfecto. Asaltan nuestra memoria títulos como Full monty o Billy Elliot, aunque sea Tocando el viento el principal referente de esta cinta.

Pride compendia perfectamente ese cine social británico que tanto nos ha hecho disfrutar. Basada en hechos reales, se centra en las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar un grupo homosexual de la capital, que decidió apoyar a los mineros en huelga, y las propias asociaciones del carbón de pequeños núcleos urbanos donde se rechazaba este tipo de ayuda por venir de donde venía. El guión se nutre de un grupo de personajes perfectamente dibujados dentro de una historia coral donde, por encima de nombres más o menos conocidos, cada uno tiene su momento y su peso, lo que permite a la película ahondar en diversos aspectos y problemáticas entre las que destaca la sombra de un incipiente SIDA.

Más allá de la estupenda selección musical de éxitos de los ochenta y del trepidante ritmo (que no da descanso, y que pasa sin solución de continuidad, de forma modélica, de la risa a la emoción y de ahí, al drama), el momento culminante que palpita dentro del corazón del filme (en el que se rompe una lanza por las reivindicaciones del papel de la mujer en primera persona, tanto dentro del colectivo homosexual, pero, sobre todo, como motor y apoyo de sus maridos e hijos mineros) es aquel en el que esas voces femeninas se elevan, protagonistas, e interpretan “Bread and roses”, y el nudo en la garganta y la lágrima contenida se hacen inevitables.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Pathé, BBC Films, Proud Films, BFI, Calamity Films. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
Pride
Dirección: Matthew Warchus
Guión: Stephen Beresford
Intérpretes: Ben Schnetzer, Paddy Considine, Imelda Staunton, Bill Nighy, Dominic West
Duración: 119 min.
Reino Unido, 2014
En breve vais a tener en vivazapata.net la crítica de esta magnífica película que vuelve a demostrarnos el especial talento que tienen los británicos para hacer cine social en tono de comedia dramática y que además nos emocione.
Y vais a tenerla por partida doble. A veces, a la hora de escribir, sale una crítica larga, pero a la que se le coge mucho cariño por la forma en que se ha ido pergeñando, y cuesta dios y ayuda el recortarla para adaptarla al tamaño que exige un medio tan pautado en ese sentido como es un periódico. Hay veces que ese primer borrador se cambia por completo y se pierde, pero en esta ocasión he querido guardarlo y voy a publicarlo, junto con la versión corta, que es la que apareció finalmente en Diario de Navarra (medio donde sabéis que colaboro).
La curiosidad radica en que se puede ver en cierta manera cómo va evolucionando una crítica de cine hasta que llega a los ojos del lector. Qué partes desaparecen, cuáles varían, cómo cambia la estructura en ocasiones. Y también qué pasajes han de ser sacrificados para que aparezca toda la información que se quiere incluir en el espacio limitado del que se dispone. A veces uno querría explayarse más e incluso incluir algo de literatura, que si bien no añade información nueva (o tal vez sí), lo que sí consigue es introducir al lector en el ambiente propicio para disfrutar de la forma más adecuada del texto, además de aportarle un ritmo que a veces desaparece y se sincopa debido al cercenamiento al que se ha sometido a la crítica.

En honor a la verdad es de justicia decir que muchas veces, al proceder a este proceso de recorte, se descubren fragmentos superfluos que se eliminan sin piedad y se mejoran notablemente tanto el léxico como la propia estructura. Espero que os parezca tan curiosa como a mí esta comparativa.

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