¿Cuándo fuimos conscientes de que ya éramos “mayores”? ¿Cuál fue aquel triste día en el que aparcamos los juguetes con los que compartimos alegrías y penas a lo largo de tantos y tantos años? ¿Realmente queríamos dejar pasar esa etapa de nuestras vidas y adentrarnos en la edad adulta? Todo lo que gira alrededor de ese momento supone la base del argumento de esta nueva entrega de la odisea de los juguetes que lleva sorprendiéndonos durante los últimos 15 años. John Lasseter y sus compinches de Pixar vuelven a hacer gala de buen gusto, maestría, sentido del humor y mucho sentimiento a la hora de lanzarse a realizar una nueva secuela de la saga.
Con Toy Story en 1995 consiguieron un hito del cine de animación, lo nunca realizado hasta el momento a la hora de texturizar los personajes y de presentarlos en lo que por aquel entonces se conocía como tres dimensiones, dándoles relieve, gestualidad y dotando al conjunto de un guión interesante. Cuatro años más tarde, en 1999, buscaron el modo de llegar “hasta el infinito y más allá” y lo lograron en forma de obra maestra del cine, Toy Story 2, gracias a un guión magnífico y al buen hacer de los animadores de Pixar. El listón estaba muy alto, prácticamente insuperable, y Lasseter no es alguien a quien le guste arrastrar por el suelo el nombre de su franquicia estrella con una secuela que no dé la talla. Así que durante estos últimos once años se maduró la idea de una continuación y se invirtieron nada más y nada menos que dos años y medio en la escritura del guión y la elaboración de los story-boards para esta fantástica tercera parte. Lo cierto es que este equipo sabe perfectamente cómo llegar al espectador y cómo concebir un producto que satisfaga al niño, consumidor habitual de este tipo de cine, y que al tiempo consiga conectar, de manera más profunda si cabe, con el público adulto.
La estupenda versión original de Toy Story 3 incluye las voces de Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack o Michael Keaton y una impagable y desternillante secuencia en la que al reiniciar a Buzz Lightyear éste se pone en modo “español”. Hablando en el idioma de Cervantes seduce a Jessie la vaquerita gracias a unas coreografías y una forma de bailar que recuerda al mejor Joaquín Cortés. Este salto idiomático en la versión doblada se ha solucionado proponiendo un cambio de acento, Buzz Lightyear en modo “andaluz” tiene la voz del cantante Diego “el Cigala”.
El acabado visual resulta espectacular, a pesar de que ya nos hayamos acostumbrado a la perfección técnica de Pixar Studios, no obstante hay un agradecimiento especial al final de los créditos a Steve Jobbs, dueño de Apple Computers, seña inequívoca de la importante colaboración que han recibido por parte de la marca de la manzana. Las secuencias de acción, verdaderamente antológicas y acompañadas de una inmensa banda sonora, harían palidecer a cualquiera de las más espectaculares superproducciones con actores de carne y hueso. El punto cómico que se consigue se acerca a lo sofisticado, con elegancia, sencillez y humor blanco, nada chabacano. Los homenajes se suceden uno tras otro, uno de los más sentidos es el que el ahora productor y guionista John Lasseter rinde a su admirado Hayao Miyazaki, genio de la animación japonesa, incluyendo a Totoro, uno de los personajes que le lanzaron al éxito, como uno de los juguetes de la guardería.
Y como colofón los mejores efectos especiales que resultan ser las emociones que surgen gracias a las palabras de un guión que sabe perfectamente cómo y cuándo tocarnos la fibra sensible. De nuevo la magia de Pixar ha iluminado la pantalla jugando con el cóctel que tanto ha funcionado en anteriores ocasiones: humor, acción, emociones, referencias cinéfilas y alguna que otra lagrimilla, amén del recurrente 3D de las gafitas. Una historia sobre la fidelidad y sobre lo duro que resulta enfrentarse a la inevitable despedida de alguien que ha estado a tu lado durante tantos años. Una nueva obra maestra de la factoría Pixar dirigida al niño grande que todos llevamos dentro.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Walt Disney Pictures, Pixar Animation Studios. Cortesía de Buena Vista/Disney España. Reservados todos los derechos
Toy Story 3
Dirección: Lee Unkrich
Intérpretes: (Voces en la V.O.) Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack
Duración: 103 min.
USA, 2010
La precisión de los contendientes es tal que, a pesar de las cabriolas y golpes, no salta ni siquiera una mínima astilla de la abigarrada decoración del burdel chino que sirve de escenario a tan singular enfrentamiento. A un lado Ip Man, diestro dominador del Wing Tsun, enfrente Gong Er, hija del gran maestro vencido por su contrincante. Sus movimientos acompasados convierten este duelo más en un cortejo que en la pelea que se supone que libran. Un precioso plano en el que el virtuosismo de un elegante ralentizado permite que, en un giro imposible, las caras de ambos permanezcan separadas por apenas unos centímetros y, en medio del fragor de la batalla, puedan mirarse a los ojos y casi unir sus labios, explica al espectador que lo que se encuentra observando tiene más de atracción, de deseo, de química, que de lucha encarnizada. Y la fuerza dramática de lo que vemos aumentará en la medida en que seamos conscientes de que se trata del primer encuentro de una relación prácticamente imposible.
De la misma forma que esta secuencia, clave por otra parte en el devenir de los acontecimientos, tiene una más que interesante segunda lectura así esta película contiene infinidad de historias articuladas alrededor de la trama principal que le confieren una atractiva complejidad que hace casi obligatorio un segundo visionado para captar todos los recovecos que se esconden tras cada uno de los rincones del argumento.
Wong Kar Wai, hasta ahora anclado en historias más bien contemporáneas, ha construido un impresionante mosaico que recorre la vida de cuatro virtuosos del Kung Fu en medio de la convulsa China de mediados del siglo pasado. Su película no habla simplemente de artes marciales o de filosofía, ni de guerra o de historia, habla de la vida misma. Ahí radica la riqueza de The grandmaster, digna hija de un realizador con un acentuado sentido de la estética pero cuya sensibilidad, gusto por el detalle y manejo inigualable de la metáfora visual dota a su relato de contenido, profundidad y emoción.
A pesar de estar planteada como una película coral el gusto por las estructuras alambicadas de Kar Wai desequilibra de alguna manera la balanza, sin que por ello mengüe la fascinación que produce el filme, decantándose por dos de los protagonistas: Ip Man, futuro maestro de Bruce Lee, interpretado por Tony Leung, y Gong Er, a quien da vida Ziyi Zhang. Precisamente a través de este personaje el director refleja el complicado rol que una mujer con iniciativa podría desarrollar en una sociedad como la china de la época y en concreto en un mundo vetado para ellas como el de las artes marciales.
Como colofón a este magnífico trabajo el gusto ecléctico, musicalmente hablando, del director asiático ha elegido fragmentos de bandas sonoras míticas de Ennio Morricone como Érase una vez en América para poner la guinda a la poesía de esta historia de renuncias narrada con inefable lirismo.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Block 2 Pictures, Jet Tone Films, Sil-Metropole Organisation, Bona International Film Group. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos
The grandmaster
Director: Wong Kar Wai
Guión: Zu Jingzhi, Xu Haofeng y Wong Kar Wai.
Intérpretes: Tony Leung, Ziyi Zhang, Chang Chen
Música: Nathaniel Méchaly, Shigeru Umebayashi
Fotografía: Philippe Le Sourd
Montaje: William Chang
Duración: 123 min.
Hong Kong, China, Estados Unidos, 2013
En breve tendréis aquí nuestra opinión sobre el reciente estreno, «The grandmaster», dirigida por Wong Kar Wai y protagonizada por Tony Leung y Ziyi Zhang. Además, aprovechando la reciente emisión de películas como Toy Story 3 y Plan oculto en televisión publicaremos las interesantes críticas que en su día escribimos sobre ambas.
Como dijo el inimitable Groucho Marx en uno de sus frecuentes ataques de genialidad: “paren el mundo que me bajo”. Dentro del ruido mediático, de la saturación de imágenes por segundo, de la vorágine que supone el panorama cinematográfico actual los cinéfilos de pro encontramos un oasis en este árido desierto más o menos una vez al año. Entramos en la sala, nos acomodamos en la butaca, las luces bajan su intensidad gradualmente hasta apagarse por completo y entonces el mundo se para. La manera de hacer cine de un maestro de la talla de Clint Eastwood tiene un efecto balsámico. Cuando estamos a punto de convertirnos en cinéfagos sin remedio el antídoto del viejo Clint impide la transformación y nos devuelve a nuestro estado de cinéfilos, nos hace recuperar esa admiración por el buen cine y esa capacidad para disfrutar de una historia bien contada. Incluso a pesar de no encontrarnos ante uno de los trabajos más finos del maestro resulta reconfortante asistir a la proyección de su última obra.
A pesar de todos los palos que ha recibido al otro lado del Atlántico, Más allá de la vida resulta uno de los trabajos más interesantes dentro de los últimos que Eastwood ha realizado, aunque la temática se las traiga. Hablar de las experiencias cercanas a la muerte es algo muy delicado ya que se está paseando constantemente sobre la delgada línea roja que separa lo racional y lógico de lo extraño e inverosímil. De todos modos, como en toda la filmografía de Eastwood, esa es la excusa para hablar de lo realmente importante; de relaciones humanas, de soledad, de marginación, de autoexclusión, de aislamiento, de cómo el ser o el sentirte diferente puede apartarte de los demás, consciente o inconscientemente. Y sobrevolando todo esto se encuentra el tema de la vida, la muerte y lo que hay o no tras ella y de cómo nos enfrentamos a eso.
Peter Morgan, el autor del guión, ha puesto de forma inteligente en la mirada inocente de un niño esas preguntas sin respuesta, es la única forma de acercarse a un tema tan espinoso, desde la ingenuidad, desde la emoción más que desde la razón, de un chaval que se niega a desprenderse del recuerdo de un ser querido. El guión relata tres historias paralelas que convergen. De las tres, la más conseguida, la más sentida, es la de este infante londinense. Clint Eastwood se las arregla para conseguir un momento mágico, especialmente emocionante, en cada una de sus películas, incluso en las menos logradas. En este caso, sin duda alguna, resulta maravilloso asistir a ese último “encuentro” que le sirve a este niño para exorcizar los demonios que lleva dentro y mitigar ese dolor que le produce la sensación de culpabilidad que le corroe.
Tal vez se esperase algo grandioso y espectacular de la reunión de un guionista de prestigio como Peter Morgan, con trabajos como La Reina, Frost/Nixon o Damned United a sus espaldas, con uno de los últimos maestros que sigue haciendo cine y eso hace que muchos puedan sentirse algo decepcionados con el resultado final de Más allá de la vida. No nos encontramos ante el mejor trabajo de Clint Eastwood, pero tampoco ante el peor, ni mucho menos. Se trata de una exploración muy interesante de la soledad, la culpabilidad, la autocompasión y el aislamiento. El relato de cómo, a veces, es necesario perderse primero para encontrar finalmente el camino. Y todo esto narrado de esa forma tan maravillosa que tiene un tipo como Eastwood de hacer cine.
Tan solo una concesión a la galería, un pequeño pegote al final del metraje que más bien parece introducido como peaje al gran estudio que se encuentra detrás de la película (cuánto daño hacen los test de audiencia previos a los estrenos en las mentes simples de los ejecutivos de las mayors). Incluso a pesar de eso Eastwood se saca de la manga una solución de autor que minimiza los daños. Por nuestro propio bien y el del cine en general que el viejo Clint posponga su jubilación sine díe.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Warner Bros., Malpaso Production, The Kennedy/Marshall Company, Amblin Entertainment. Cortesía de Warner Bros. España. Reservados todos los derechos
Más allá de la vida
Director: Clint Eastwood
Intérpretes: Matt Damon, Cécile De France, Frankie y George McLaren
Duración: 129 min.
USA, 2011
En breve tendréis aquí nuestra opinión sobre el reciente estreno, «El único superviviente», dirigida por Peter Berg y protagonizada por Mark Whalberg. Además, aprovechando la reciente emisión de películas como Más allá de la vida de Clint Eastwood y Toy story 3 en televisión publicaremos las interesantes críticas que en su día escribimos sobre ambas.
La firma de Samuel Goldwyn se ha hecho legendaria a lo largo del siglo XX y este título, La vida secreta de Walter Mitty, nos remonta a tiempos pasados. Un vago recuerdo nos trae a la mente a Danny Kaye en aquellas sesiones de tarde frente al televisor. Allí era Goldwyn padre quien rubricaba su nombre al principio. En los albores del siglo XXI es su hijo quien ha vuelto a llevar a la gran pantalla esta fantasía sacada de un cuento de James Thurber. ¿Un remake? No, o por lo menos no en el sentido literal del término, aunque el punto de partida sea el mismo.
Ben Stiller, mucho más conocido en su faceta de actor que por su carrera como director, se ha colocado a ambos lados de la cámara en el proyecto más ambicioso de cuantos ha abordado. Ha querido narrar una historia de superación personal sobre un personaje gris y apocado que en un arrebato de valentía se lanza a perseguir aquello que tan solo aparece en su vívida imaginación y que le lleva a preguntarse quién es en realidad. Esto, tan del agrado del publico estadounidense, puede verse desde la perspectiva del que demanda algo más que el simple aplauso, del que reclama, de alguna manera, su Oscar particular. No obstante ese positivismo y esas buenas vibraciones que transmite la película se encuentran subrayadas con sendas referencias a títulos del gusto de la Academia como Forrest Gump o El curioso caso de Benjamin Button.
Desde el contrastado blanco y negro de una fotografía llena de grano, al más puro estilo de Richard Avedon, un Sean Penn vestido de aventurero invita a Walter Mitty a meterse en el centro del huracán, a ir allí donde suceden las cosas, para vivirlas en lugar de soñarlas. Stiller se apoya en unos estupendos y precisos efectos especiales que realzan el valor de lo que se está contando sin fagocitarlo, haciendo su filme más singular y atractivo. La tecnología al servicio de la narración, como en la maravillosa Olvídate de mí.
Aunque lo realmente impactante de esta historia se encuentra en el trasfondo de la trama principal, en las referencias a la revista LIFE, donde trabaja el protagonista. En ese deber autoimpuesto de llegar a donde nadie es capaz para mostrárselo a los demás, en ese alegato a favor del fotoperiodismo, de la prensa en papel frente a la digital, en ese reflejo de los efectos de la crisis en los medios de comunicación, en esa última portada física de un icono del siglo XX antes de convertirse simplemente en una página web.
Con sus más y sus menos, con sus puntos muertos (no es este un trabajo redondo, ni mucho menos), nos encontramos ante una notable película que además de entretener y de divertir llega a emocionar pero, sobre todo, hace pensar.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Twentieth Century Fox Film Corporation, Samuel Goldwyn Films, Red Hour Films, New Line Cinema. Cortesía de 20th Century Fox España. Reservados todos los derechos.
La vida secreta de Walter Mitty
Director: Ben Stiller
Guión: Steve Conrad, basado en el cuento de James Thurber
Intérpretes: Ben Stiller, Kristen Wiig, Sean Penn
Música: Theodore Shapiro
Fotografía: Stuart Dryburgh
Montaje: Greg Hayden
Duración: 114 min.
Estados Unidos, 2013
Desde el blog de cine ¡Viva Zapata! queremos desearos a todos un feliz 2014 lleno de cine y emociones, tan bueno o mejor que el 2013 que se ha ido. Que lo sigáis leyendo en http://www.vivazapata.net
Aquí tenéis uno de esos espectaculares montajes que de forma brillante resumen todo un año de cine. Este está montado por Alex Eylar.
La capacidad de disfrute de una película es inversamente proporcional a la cantidad de información sobre la misma que el espectador posea. Este axioma lo interiorizamos tras una serie de interesantes conversaciones con el donostiarra, compañero de estudios por aquel entonces y ahora prestigioso guionista y director, Luiso Berdejo. Su teoría sobre el disfrute del cine era esta: cuanto menos sepas, mejor. Por desgracia no siempre es posible mantener esa impermeabilidad cuando llega la temporada de premios, que más o menos se extiende desde septiembre (con los Festivales de Venecia y San Sebastián) hasta justo después de los Oscar, en marzo, sobre todo para quien vive el cine desde tan cerca como puede hacerlo alguien que escribe regularmente sobre las películas que ve. Mantenerse al margen de la cantidad de noticias, rumores y comentarios que surgen sobre aquellos filmes que no se han estrenado todavía pero que llevan un exitoso periplo por el circuito de festivales supone una tarea ardua y difícil. Ese fue el caso de El lado bueno de las cosas.
La primera vez que nos llegaron noticias de este trabajo todavía no tenía título en español, se manejaba el original: Silver linings playbook, y había sido la gran sensación en el Festival de Toronto, haciéndose con el preciado premio del público. Cuando uno lee algo así sobre una película sus expectativas sobre la misma suben en un porcentaje bastante importante, lo que incrementa las probabilidades de que le pueda decepcionar. Esto nos lleva a otro axioma: cuanto más altas son las expectativas que despierta un filme más fácil es salir decepcionado del cine y, al contrario, si no se espera mucho o no se tiene información alguna hay muchas más posibilidades de llevarse una agradable sorpresa. En este caso los entusiastas comentarios llegaron a comparar El lado bueno de las cosas con El apartamento y claro, eso, para mucha gente incluido quien escribe, son palabras mayores.
No le hicieron ningún favor a la película de David O. Russell al colocarla en igualdad de condiciones con una obra maestra de la talla de la dirigida por Billy Wilder. Así que al acudir al primer pase de prensa, allá por el mes de diciembre, el listón ya se encontraba muy alto y uno tal vez juzgó más estrictamente de lo debido este trabajo. Aún así, la primera impresión fue positiva, aunque sin lanzar las campanas al vuelo y a bastante distancia de las inquebrantables adhesiones que se habían producido al otro lado del Atlántico. Lo cierto es que, ante una segunda oportunidad de ver el filme poco antes de su estreno, ya en el mes de enero, y con el bagaje de tener en la retina la práctica totalidad de los títulos involucrados en la carrera por el ansiado Oscar, no lo dudamos.
Ese segundo visionado en menos de un mes dejó claro que El lado bueno de las cosas es algo más que una comedia romántica al uso. Se sitúa muy por encima de la media de los productos más bien almibarados que la industria del cine en Estados Unidos fabrica en serie. Cuenta con un guión sólido, del propio director David O. Russell basado en la novela de Matthew Quick, y un gran reparto, encabezado por Bradley Cooper, que realiza su mejor trabajo hasta la fecha, acompañado por un Robert de Niro menos histriónico y mejor dirigido de lo habitual y por la australiana Jacki Weaver, que fue la sorpresa hace un par de temporadas con su trabajo en Animal kingdom por la que fue candidata al Oscar.
Dejo para el final a la sensación de la película, Jennifer Lawrence. Esta joven actriz se está haciendo a pasos agigantados con el estatus de “Grande de Hollywood”. Su trabajo, con tan solo veinte años, en la sobrecogedora y fantástica Winter´s bone ya le valió una nominación a los premios de la Academia de Hollywood, se ha movido con una insultante comodidad por productos comerciales como Los juegos del hambre y ahora no solo se come con patatas a todo el reparto de El lado bueno de las cosas sino que se encuentra, tras su segunda candidatura, a las puertas de hacerse con un merecidísimo Oscar. Su presencia es magnética. En el momento en que aparece en pantalla solo tenemos ojos para ella. Dibuja un inolvidable personaje que es, con mucho, lo mejor de una película, que siendo brillante, no acaba de ser redonda.
Lamentablemente el pulso y la originalidad que había llevado desde un principio culmina en un final deslavazado, trillado, demasiado típico y tópico. Resulta una verdadera lástima que esa chispa y esa frescura inicial se diluya en su tramo final. De todos modos, tras dos visionados, queda claro que se trata de un trabajo bien escrito, efectivamente dirigido y excelentemente montado. En las comedias no se suele apreciar un gran trabajo en este último apartado, tan crucial para que este género funcione como invisible para el público profano, que por otra parte es como debe ser. Un buen montaje, como un buen árbitro, es el que pasa desapercibido.
Así pues nos encontramos ante un filme notable, que puede hacerse con alguna que otra estatuilla en la noche de los Oscar, especialmente la de interpretación femenina protagonista para la brillante Jennifer Lawrence, y que merece la pena por salirse elegantemente de la transitada senda de la comedia romántica estándar. Por cierto, el único parecido con El apartamento radica en cierta similitud en cuanto a la estructura del triángulo amoroso planteado, aunque en este caso cambien los vértices y el género de quienes los ocupan.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2012 The Weinstein Company. Cortesía de Aurum Producciones. Reservados todos los derechos.
El lado bueno de las cosas
Director: David O. Russell
Intérpretes: Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert de Niro.
Duración: 122 min.
Estados Unidos, 2012
































