Aquel tipo brutote que intentaba llevarse a la cama a su amiga Marion Cotillard en Pequeñas mentiras sin importancia o el extravagante cantante de bodas que pugna por quitar el protagonismo a los novios de C´est la vie. El hombre detrás de esos papeles es un tipo larguirucho, francés de padre argelino y madre irlandesa, llamado Gilles Lellouche que consiguió sendas nominaciones a los premios César en la categoría de mejor actor de reparto por ambas interpretaciones. Le ponemos cara porque la audiencia no va a poder disfrutar de su vis cómica en esta película ya que aquí se encuentra tras la cámara. En su segunda incursión en el mundo de la realización, el histrión galo sale bien parado del envite en un trabajo en el que, además, ha colaborado en la escritura del guion.

Se trata de la adaptación libre de una historia real acaecida en 2007 en Suecia. El libreto ha trasladado la acción a la Francia actual (con todo lo que eso conlleva) dibujando unos personajes que guardan una gran similitud con los que nos sorprendieron en la desternillante Full Monty y adoptando un tono de comedia dramática con cierto toque social similar al del filme de Peter Cattaneo. La situación económica actual golpea a estos esforzados y variopintos compañeros de fatigas al igual que los recortes derivados de las políticas de Margaret Thatcher en el Reino Unido de los 80 vapuleaban a los improvisados stripers.

Un parado depresivo, un conserje relegado de sus funciones, un emprendedor a punto de cerrar su cuarto negocio, un roquero trasnochado divorciado con una hija y un encargado de fábrica continuamente estresado y con unas malas pulgas tremendas. No tienen nada en común salvo que se reúnen en su piscina municipal a las órdenes de Delphine, una antigua gloria del deporte local. Ella canaliza su energía en una disciplina hasta entonces eminentemente femenina, la natación sincronizada. Juntos se sienten libres, útiles. Se trata de una idea descabellada pero este reto les ayudará a encontrar significado a sus erráticas vidas.

Lellouche se ha apoyado en un plantel de campanillas en el que ha reunido a amigos y colegas con los que ya había compartido cartel. Mathieu Almaric, Guillaume Canet, Jean-Hugues Anglade y los belgas Benoît Poelvoorde y Virginie Efira. El estilo ágil y desenfadado, subrayado por una banda sonora compuesta por éxitos ochenteros a cargo de Phil Collins, Peter Gabriel o Tears for Fears, hace el resto.

Que la cinta se deje ver fácilmente no quiere decir que no tenga cierto fondo comprometido y emocional. Habla de la crisis y de sus consecuencias pero mantiene un cariz divertido sin dejar de lado los sentimientos y la ternura. Se la podrá tachar de bienintencionada pero el bienestar, las buenas vibraciones, la sensación de satisfacción que aporta a quien la ve y la sonrisa en la boca que no desaparece en todo el metraje es algo que no ofrecen, ni mucho menos, todos los largometrajes que pasan por la cartelera.

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El gran baño
Dirección: Gilles Lellouche
Guion: Ahmed Hamidi, Julien Lambroschini y Gilles Lellouche
Intérpretes: Mathieu Almaric, Guillaume Canet, Benoît Poelvoorde
Música: Jon Brion
Fotografía: Laurent Tangy
Duración: 122 min.
Francia, 2018
Al poco de empezar la película vemos a Annie sentada en su despacho. Dirige el museo marítimo de una pequeña localidad costera de Inglaterra. Está preparando una exposición y encuentra una foto muy antigua, en blanco y negro, en la que aparecen dos parejas jóvenes en la playa. La escena le intriga. Me pregunto qué habrá sido de ellos, exclama. En el último tercio de metraje esta secuencia encuentra su eco en otra realmente maravillosa. En plena exposición Annie se topa frente a la instantánea con Edna. La anciana de pelo canoso le explica con mucha gracia que ella es la morena de la izquierda y que la otra chica era su hermana y que habían conocido a esos dos muchachos aquel verano. George, el que aparece a su lado, era un pelín lanzado. Ojalá yo lo hubiera querido, pero lo rechacé. Pensé, Edna, nunca puedes equivocarte si no haces algo, las cosas que haces te meten en problemas. Y aquí estoy, a los 84 años y sin haber tenido un solo problema en toda mi puñetera vida. Maldita sea.

Lo que escucha activa un clic en su cabeza. Esta reflexión sobre el paso del tiempo, y lo que hacemos (o no) o lo que deberíamos hacer con él, forma el corpus de la tesis que sostiene un relato que toma como macguffin narrativo a una pareja en la que Annie, la parte femenina, cercana a la cuarentena y tras tres lustros de relación, comienza a plantearse que aquello se ha estancado en una estabilidad acomodada en la rutina y la monotonía y que es necesaria una renovación o una evolución hacia otro escenario. Más que nada porque ella ha dejado (casi) de tener vida propia ya que las pasiones de su media naranja han colonizado la suya. El susodicho tiene un blog en el que analiza obsesivamente la obra y los misterios de un cantante semi desconocido de rock alternativo desaparecido desde 1993.

La crisis sentimental, el discurrir de la existencia y el mirar hacia atrás para descubrir si lo que hemos hecho con ella ha merecido (o sigue mereciendo) realmente la pena, combinado con chaladuras llevadas al límite como el fútbol o la música, son conceptos que aparecen invariablemente en la obra de Nick Hornby. Esta cinta, adaptada de su novela homónima, recoge esos mismos temas recurrentes que ya se trasladaron a la gran pantalla en Fuera de juego o la estupenda Alta Fidelidad.

Lo realmente original en este filme reside en el desarrollo de este planteamiento a través de un extraño triángulo amoroso en el que la admiración, rayando en el fanatismo, de la parte masculina por otro hombre se transforma en un posible interés afectivo de su pareja por ese mismo tipo. Lo que sucede durante ese proceso, sumado a conceptos como la maternidad latente o la paternidad ausente y al deseo de la protagonista de quitar el pause de su vida para seguir adelante, provoca nuestra adhesión inquebrantable a un trabajo en la línea del mejor cine independiente.

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Juliet, desnuda
Dirección: Jesse Peretz
Guion: Eugenia Peretz, Jim Taylor y Tamara Jenkins, a partir de la novela homónima de Nick Hornby
Intérpretes: Rose Byrne, Chris O´Dowd, Ethan Hawke
Música: Nathan Larson
Fotografía: Remi Adefarasin
Duración: 97 min.
Reino Unido, Estados Unidos, 2018
El pasado sábado 26 de enero celebramos un nuevo y muy interesante cine fórum en el Salón de Actos del Castillo de Marcilla en torno a la película que más me sorprendió en la pasada edición de los premios Óscar: Yo, Tonya. Recibió menos candidaturas de las que merecía, tan solo 3: Mejor Actriz, Mejor Actriz de Reparto y Mejor Montaje, Alison Janney recibió el dedicado a la actriz secundaria. Además debió haberse llevado el referente a mejor montaje.
Margot Robbie protagoniza esta película que sorprende por su manera de tratar y retratar a la persona detrás del personaje: la patinadora artística Tonya Harding. Lo que más le ha llegado a la audiencia son las circunstancias tan adversas con las que ha tenido que luchar a lo largo de su vida, más allá del incidente con Nancy Kerrigan. Y la manera tan original de mostrarlas, con un estilo tomado prestado de Martin Scorsese, realización y montaje vertiginoso, planos secuencia con steady cam, banda sonora compuesta por canciones contemporáneas a la época de lo que se está narrando y un recurso que acerca a los personajes al público, romper la cuarta pared para que los personajes se dirijan directamente a ellos.

La estructura se divide en dos mitades, en la primera se narra de manera biográfica las vivencias de Harding desde niña, salpicadas con testimonios que imitan las entrevistas que los personajes reales de esta historia concedieron tanto al documental en el que se basa el filme como al propio guionista que los interrogó acerca el infausto incidente por el que son recordados. Aquí ese estilo Scorsese se mantiene continuamente presente. En la segunda parte, dedicada al incidente propiamente dicho, el género dramático, con toques de humor negro se transforma en una película de suspense, un thriller de lo chapucero que emparenta también con el cine de los hermanos Coen, en concreto con Fargo para mostrar cuan lejos puede llegar la estupidez humana.

Lo que dejó ojipláticos a cuantos participaron en la charla fue el hecho de que todo lo narrado y lo escuchado fue real, sucedió así, y toda esa galería de personajes, a cuál más estrambótico, no son fruto de la imaginación de un escritor o alguna guionista.

La cinta además se cuestiona el papel de los medios de comunicación que buscan carroña en casos similares a este, crucificando a la patinadora, y deja en el aire qué pudo pasar realmente ya que los testimonios de Tonya Harding y su ex marido se contradicen brutalmente. Queda a juicio del espectador buscar la verdad en todo esto. La moraleja de todo esto, la voluntad de Harding en último término de ser una buena madre, un deseo nacido de su propia experiencia familiar.

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Desde su primer episodio la saga Transformers no ha despertado ningún interés en esta alma cinéfila. Cinco largometrajes, dirigidos todos ellos por uno de los iconos del cine de acción con aspecto de videoclip, Michael Bay, cuyo interés dramático menguaba a medida que el ordinal aumentaba. En cuanto a Bumblebee, precuela de todas ellas, ¿qué podría sacarnos de la monotonía de sus predecesoras? Sentido del humor, aventura, pero, más que nada, una trama de personajes, de sentimientos, con un peso en el guión mucho más determinante que los segmentos de efectos especiales.

1987. El joven Autobot del título es enviado a la Tierra para esconderse de los malvados Decepticons. Una chica, huérfana de padre y aficionada a la mecánica, en las vísperas de su decimo octavo cumpleaños se topa con el tímido androide que se ha ocultado transformándose en un Volkswagen escarabajo de color amarillo. Maltrecho por los combates, ha perdido su módulo de voz y su única manera de comunicarse con ella es a través de las canciones que suenan en el radiocasete del vehículo. La joven se siente desamparada, la máquina, sola y desvalida. Un vínculo fraternal entre ambos llena ese vacío. Son dos orfandades que se encuentran.

Steven Spielberg aparece entre los productores, evidencia clara de este positivo cambio de tendencia que ha venido acompañado de un relevo en la realización. Se ha elegido a Travis Knight, que triunfó con Kubo y las cuerdas mágicas, para potenciar y otorgar toda la preponderancia requerida a las relaciones humanas sin dejar de lado un pulso resolutivo para las secuencias de acción pura. Que una de las mejores actrices jóvenes del Hollywood actual encabece el reparto supone toda una declaración de intenciones. Hailee Steinfeld se erige en pieza clave para transmitir esa ternura y complicidad que surge entre su Charlie y el grandullón amarillo con el que comparte pantalla.

El paso de un cabeza de cartel masculino a uno femenino, la duración por debajo de las dos horas y la renovación en la dirección se unen a una concepción por parte del artífice de E.T. de un filme al estilo de los que se estrenaban en la década de los 80, repleto de referencias musicales, televisivas y cinematográficas que no pasarán desapercibidas para la parte de la platea que supere la cuarentena. Los ecos a Juegos de guerra y a todos aquellos éxitos ochenteros producidos por el propio Spielberg, como Regreso al futuro, Los Goonies o El chip prodigioso, cuya fórmula reproduce con excelente criterio y resultado, no son óbice para que los niños y adolescentes queden seducidos por el relato sin apartar la mirada de la parte robótica.

Muchos de los que os vais a acercar al cine no habíais nacido por aquel entonces. Desde aquí, un reto: averiguad (y no os perdáis) la película que ve la pareja protagonista en el garaje, aquella que culmina con ese puño en alto y una canción que firma también los minutos finales de este trabajo, Don´t you (forget about me).

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Bumblebee
Dirección: Travis Knight
Guion: Christina Hodson
Intérpretes: Hailee Steinfeld, Jorge Lendeborg Jr., John Cena
Música: Dario Marianelli
Fotografía: Enrique Chediak
Montaje: Paul Rubell
Duración: 114 min.
Estados Unidos, 2018
Travers Goff. Él tuvo la culpa de todo. La mala vida que dio a su hija Helen generó primero un seudónimo, P.L. Travers (ella quiso utilizar el nombre de pila de su padre), y, más tarde, un personaje que quedó para siempre en la literatura y el cine, Mary Poppins. Parecerá un sacrilegio, pero resulta mucho más interesante la escritora y la película que la retrata y habla de cómo se terminó filmando la adaptación de Disney de las aventuras de su creación más emblemática, Al encuentro de Mr. Banks, que las propias traslaciones a la pantalla grande de sus libros.

Han pasado 54 años desde que se rodó la Mary Poppins de Julie Andrews, el periodo más largo entre un largometraje y su secuela. La acción en El regreso de Mary Poppins pasa de principios de siglo a los años 30, en plena depresión económica. Nos seguimos encontrando en Londres, en el número 17 de la calle del Cerezo. Michael y Jane han crecido. Él es viudo y tiene dos hijos. De nuevo, las garras del banco se alzan contra ellos amenazando con quitarles su casa si no devuelven el préstamo de la hipoteca en cinco días. Entre ese mar de negros nubarrones surge una silueta conocida que baja del cielo paraguas en mano. Mary Poppins ha vuelto.

El crédito del director de Chicago, Rob Marshall, tras su éxito inicial en el musical, ha ido menguando en sus siguientes incursiones dentro del género. Nine e Into the Woods no brillaron a la altura de lo esperado. Aquí ha optado por la fidelidad al original, tanto en lo argumental como en lo formal. Si bien el rodaje en exteriores londinenses aporta una dosis de realismo que supera los decorados de estudio de la versión de los sesenta y las secuencias que mezclan imagen real y animación se han realizado utilizando la técnica tradicional, a mano, otorgando una pátina nostálgica que lo digital no hubiese conseguido, el tono del guión, excesivamente infantil rayando en lo empalagoso, va dejando fuera de juego, minuto a minuto, a cada espectador adulto que se haya acercado a la sala bien en solitario, bien acompañando a hijas, sobrinos o nietas.

Los pequeños disfrutarán de su primer encuentro con la niñera de cabo a rabo, el resto hemos de esperar hasta el tramo final para que la película sea capaz de captar nuestro interés a través de destellos intermitentes en la resolución de la trama, gracias a guiños a su clásica hermana mayor en forma de apariciones sorpresa y referencias a canciones como Feed the birds o Let´s go fly a kite, y secuencias cuya iluminación y coreografía nos traen recuerdos de Un americano en París. Muy a nuestro pesar, el libreto vuelve a las andadas en un epílogo que incrementa una excesiva duración, lastrada por momentos prescindibles como la aparición episódica de Meryl Streep, que sumada a la errónea elección en el casting de Lin-Manuel Miranda nos deja un amargo sabor a decepción.

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El regreso de Mary Poppins
Dirección: Rob Marshall
Guión: David Magee, basado en las historias de “Mary Poppins” de P.L. Travers
Intérpretes: Emily Blunt, Lin-Manuel Miranda, Ben Whishaw
Música: Mark Shaiman y Scott Whitman
Fotografía: Dion Beebe
Duración: 130 min.
Estados Unidos, 2018
El bailarín evoluciona por la pista al son de una música lúgubre encerrado en el círculo de luz que desprende un foco que proyecta varias sombras que lo cruzan simulando los barrotes de una celda. Cuando termina la rutina, Carlos Acosta se acerca a su alter ego en el escenario y le interpela golpeándole con fuerza en el pecho. Quiero que me des más. Quiero que te afecte, que te duela. Es el dolor de la vida. A eso lo llamaba yo la sensación del miércoles. Es la soledad que he sentido toda mi vida y que todavía siento de adulto. El miércoles era el día de visitas. Todos los niños estaban acompañados. Ni mi padre, que trabajaba con el camión, ni mi madre, enferma, podían venir a verme, y yo sufría una soledad inmensa.

Esta secuencia surge como eco a las imágenes que muestra la llegada de un Carlos Acosta adolescente a la escuela de danza de Pinar del Río. Solo y desvalido. Una prisión para él. Se encuentra en mitad de un largometraje que contiene una película y un ballet que narran la vida del bailarín cubano y discurren en paralelo, pasado y presente. A raíz del montaje de esa pieza que recrea su existencia, Acosta rememora cómo se inició en el mundo del baile y la peculiar relación que siempre tuvo con su progenitor.

La filmografía de Icíar Bollaín ha ido oscilando entre lo sublime y lo meramente interesante. Entre lo más granado, Te doy mis ojos y El olivo, su último trabajo. Yuli mantiene ese nivel de excelencia durante los primeros cuarenta minutos. A partir de ahí el argumento comienza a plegarse sobre sí mismo, a hacerse reiterativo. La indudable belleza de las coreografías que impregna las secuencias musicales conlleva un problema, su redundancia. Cuentan algo que ya hemos visto a través de flashbacks de modo que, en lugar de actuar como recurso narrativo para que avance la trama, se limitan a repetir información. Así, la cinta se ve lastrada en cuanto a duración. Esto se podría haber solucionado, de manera creativa, optando por mostrar ciertos pasajes de forma clásica y otros a través de la danza o, incluso, alternándose, algo que se llega a insinuar en ciertos momentos y que aporta agilidad y ritmo.

En el fondo quedan los temas del sentimiento de pertenencia, la identidad, el origen. Qué significa ser negro y nieto de esclavos, no ya en la sociedad cubana, sino dentro de tu propia familia. El baile como camino hacia la libertad pero sin olvidar las raíces, a pesar de los consejos y unas relaciones paterno filiales un tanto borrascosas. Todo, lamentablemente, en un filme irregular, con más altos que bajos, pero que no deja de ser una montaña rusa cuando podría aspirar a lo máximo de haber sido capaz de condensar el relato a través del montaje, evitando circunloquios innecesarios y utilizando los segmentos balletísticos a modo de metáfora y de forma complementaria a las secuencias que relatan el azaroso periplo vital de Carlos Acosta.

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Copyright imágenes © Morena Films, Potboiler Productions, Match Factory Productions, BBC Films, Galápagos Media. Cortesía de EOne Films Spain. Reservados todos los derechos.
Yuli
Dirección: Icíar Bollaín
Guión: Paul Laverty y Carlos Acosta, basado en la autobiografía de este último “No way home”
Intérpretes: Carlos Acosta, Santiago Alfonso, Laura de la Uz
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Alex Catalán
Duración: 115 min.
España, Cuba, Reino Unido, Alemania, 2018
La última campaña a las presidenciales en Estados Unidos trajo acontecimientos nunca antes vistos en unas elecciones, eventos que han suscitado gran cantidad de análisis. Las primarias del partido demócrata en las que el proyecto más beligerante y revolucionario de Bernie Sanders se vio sobrepasado por la propuesta moderada del establishment, Hilary Clinton. Frente a ella, Trump, sorprendentemente victorioso en el bando republicano. Sus arengas a las masas con un discurso xenófobo, nacionalista y populista. La intervención de un enemigo tradicional, Rusia, a través de las redes sociales, para, por medio de noticias falsas, minar la imagen de la candidata y favorecer los intereses del magnate para llevarlo al poder. El extraño vínculo del ahora presidente con Putin.
¿Qué relación guarda esto con Robin Hood? Una segunda lectura del argumento de esta adaptación libre de las aventuras del arquero de Sherwood aporta un subtexto que funciona como metáfora de los últimos dos años de política en el país de las barras y estrellas. Además, lanza otro mensaje meridianamente claro y pegado a la actualidad acerca de la redistribución de la riqueza: los ricos han aprovechado la crisis para acumular más dinero a costa de empobrecer a la población haciendo desaparecer la clase media.

Este es uno de los alicientes que puede encontrar el cinéfilo escéptico en una cinta que narra el regreso de las cruzadas de un Robin de Loxley que, aliado con ex combatiente árabe, planea una ambiciosa revuelta contra el corrupto Sheriff de Nottingham, que pretende hacerse con el trono de Inglaterra con ayuda de la iglesia.

Pronto vamos a comprobar que no nos encontramos ante una versión al uso del mito y por lo tanto no apta para todos los paladares. Nos recuerda en su planteamiento al proyecto de Guy Pierce para modernizar el personaje del rey Arturo. Observamos en los primeros minutos que la magnífica dirección artística se toma ciertas libertades en las que encontramos anacronismos que van mucho más lejos en el aspecto de un vestuario tan atractivo como atemporal.

Persigue ganar para el cine a los espectadores de las últimas generaciones que han crecido al abrigo de las nuevas tecnologías pero también del cómic, optando por una visión contemporánea que acerca la plasmación audiovisual de la historia al noveno arte, cuidando los aspectos técnicos a la hora de rodar y montar secuencias de acción tanto como los fastuosos decorados y el variopinto fondo de armario, y jugando en los créditos iniciales y finales con esas viñetas que suponen un claro guiño a su público objetivo.

Habrá a quien esta propuesta, que se aparta de lo tradicional para convertir a Robin Hood en un héroe de acción del siglo XXI, le saque del canon de lo que esperaba ver provocándole un rechazo inmediato. Por el contrario, si se aceptan los presupuestos de la película y entramos en el juego que nos plantea, sin más pretensiones que las de gozar de dos horas de entretenimiento, se disfrutará de un producto que sabe lo que busca.

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Robin Hood. Forajido, héroe, leyenda.
Dirección: Otto Bathurst
Guión: Ben Chandler, David James Kelly
Intérpretes: Taron Egerton, Jamie Foxx, Eve Hewson, Ben Mendelsohn
Música: Joseph Trapanese
Fotografía: George Steel
Montaje: Chris Barwell y Joe Hutshing
Duración: 116 min.
Estados Unidos, 2018
Durante el visionado de la película un punto de inflexión en la trama nos hace albergar esperanzas de cara a los minutos restantes. El déjà vu es muy intenso y nos evoca inmediatamente a Perdida, el magnífico thriller que David Fincher extrajo de la novela homónima de Gillian Flynn. Cuando un filme guarda sus créditos principales para el final propone un juego al espectador atento y con inquietudes cinéfilas. Ir descubriendo al reparto intérprete a intérprete, a medida que se van asomando a la pantalla, o tratar de adivinar a oído quién se esconde tras la partitura de la banda sonora son algunos de los divertimentos que nos procura esta práctica. Unas veces surge la sorpresa, otras, la confirmación de que nos encontrábamos en lo cierto. No fue nada disparatado encontrar el nombre de Gillian Flynn junto al de Steve McQueen en el apartado dedicado al guión.
La constancia de que el germen de esta historia se halla en una miniserie que la BBC estrenó a principios de los 80 (y que marcó a un McQueen adolescente) nos lleva a pensar en una puesta al día de un mito del fervor televisivo de un chaval londinense amante del arte de las imágenes en movimiento.

Viudas cuenta cómo tres mujeres que han perdido a sus parejas en un atraco frustrado se ven obligadas a conocerse y a colaborar para hacer frente a la deuda que han «heredado» de manera involuntaria.

Diversos planos temáticos se entrecruzan en esta cinta que, amén de la acción que conlleva la organización y ejecución de un golpe, entra a fondo en los aspectos psicológicos de personajes en situaciones límite, proponiendo una estructura a partir de un montaje paralelo en el que vamos pasando de manera coral por toda la fauna de tipos, tipas y tipejos que forman parte de una tela de araña en la que todos se encuentran interconectados. El peso de los flashbacks, elemento imprescindible en una trama de cine negro, resulta crucial. La alusión a Perdida, que veíamos más arriba, se antoja inevitable, pero los aspectos recién comentados nos remiten además a Heat, de Michael Mann, donde se desdibujaban brillantemente los conceptos de héroe y villano.

En el haber de McQueen y Flynn, su mala baba a la hora de retratar sin tapujos ni sordina las miserias de la política o la violencia policial y racista en Estados Unidos. Los roles de unos inspirados Colin Farrell y Robert Duvall aportan las reflexiones más certeras. El peso femenino del reparto cobra más interés, al igual que el propio relato, a partir del giro crucial de la narrativa del que hablábamos inicialmente. Hasta entonces, y esto lo apuntamos en el debe de dirección y guión, dudas generadas por una indefinición que no hace avanzar la trama ni nos permite aventurar la solvencia y agilidad postreras; una primera mitad a la que le sobran numerosos circunloquios y cierta condescendencia con la audiencia, subrayando innecesariamente detalles que de forma sutil ya habían sido captados.

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Copyright imágenes © See-Saw Films, Film4, New Regency Pictures, Regency Enterprises. Cortesía de 20th Century Fox Spain. Reservados todos los derechos.
Viudas
Dirección: Steve McQueen
Guión: Steve McQueem y Gillian Flynn, a partir del guión televisivo de Lynda La Plante
Intérpretes: Viola Davis, Michelle Rodríguez, Elizabeth Debicki
Música: Hans Zimmer
Fotografía: Sean Bobbitt
Montaje: Joe Walker
Duración: 129 min.
Reino Unido, Estados Unidos, 2018
Según cómo se hubiesen desarrollado los acontecimientos ahora mismo no tendríamos películas como Gigi o Te querré siempre. La magia del cine que llevó a Leslie Caron a la Francia de principios de siglo XX o nos hizo viajar hacia Nápoles en coche no se habría producido de no haber brotado sendos relatos de la pluma de Colette. Eso estuvo a punto de no suceder, de desvanecerse bajo el nombre del hombre que se casó con ella y explotó su ingenio. Un tipo brillante en cuanto a su visión del marketing y de los negocios pero que dejaba mucho que desear cuando se trataba de reconocer el verdadero talento que se escondía en las páginas de sus libros y reseñas teatrales.

Por aquel entonces se llamaba Sidonie-Gabrielle y apenas contaba 19 primaveras. El que más tarde se convertiría en su seudónimo era su apellido. De extracción humilde, su matrimonio con Willy, un escritor parisino de éxito, le lleva a la capital desde su pequeño pueblo de la campiña gala. Pronto se da cuenta de que su marido tan solo firma los artículos que realizan periodistas a sueldo siguiendo fielmente las instrucciones de su jefe. El afán dilapidador de éste le lleva a pedir a su esposa que escriba una novela para él. El texto semi-autobiográfico sobre una niña llamada Claudine se convierte en todo un fenómeno en el París de 1900.

De esa premisa surge un abanico de temas atrayentes en los que profundiza un guión sin tabúes basado en la vida de esta artista multidisciplinar pionera en la sociedad de su época. Por un lado destaca la personalidad de la protagonista para no dejar enterrar su genio y su duro trabajo bajo el alias y la fama de quien no merecía tales honores. En ese sentido supone ir un paso más allá de lo que proponía hace no muchas fechas La buena esposa; reclamar ese crédito artístico en un mundillo, el editorial, vetado para las féminas. El público lector de sus obras fue quien sacó de su obcecación a quienes no veían potencial comercial y calidad literaria en aquel punto de vista singular.

Su sexualidad, la relación con su esposo, su interés por otras mujeres, no deja de estar presente y conforma parte de lo que quedaría plasmado en sus creaciones. Sin ningún tipo de prejuicio y en un entorno nada abierto a un comportamiento eminentemente transgresor para los tiempos que corrían, se mantuvo firme en una máxima que le inculcó su propia madre: «Nunca dejes de ser tú misma».

Esa fuerza interior en el personaje surge a medida que avanza el metraje y, por desgracia, se va deslavazando la historia. Una Keira Knightley resplandeciente como pocas veces, cautiva a la cámara transmitiendo la arrebatadora personalidad que caracterizaba a Colette, un atractivo intelectual capaz de seducir a miembros de ambos sexos por igual. Si confiamos en el tino de la Academia de Hollywood debería ser importante competencia para Glenn Close el próximo 24 de febrero.

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Copyright imágenes © Number 9 Films, Killer Films, Bold Films, BFI Film Fund. Cortesía de DeAPlaneta. Reservados todos los derechos.
Colette
Dirección: Wash Westmorland
Guión: Richard Glazer, Wash Westmorland y Rebecca Lienkiewicz
Intérpretes: Keira Knightley, Dominic West, Fiona Shaw
Música: Thomas Adés
Fotografía: Giles Nuttgens
Duración: 111 min.
Reino Unido, Estados Unidos, 2018
Uno de los peligros que tiene acudir a ver una película conociendo poco más que su título es que puedes encontrarte con literalmente cualquier cosa. Pero para los que amamos el riesgo, al menos ese tipo de riesgo, supone un aliciente y un estímulo. Overlord es el nombre en clave que recibió la operación de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial cuyo punto culminante era el Desembarco de Normandía. En lo referente a la época no hay duda; así lo corrobora el rótulo que aparece sobre el avión estadounidense donde viaja el cuerpo de paracaidistas protagonista que se va a lanzar sobre suelo francés ocupado por el ejército alemán: 5 de junio de 1944. En cuanto al género, bélico, al menos aparentemente, aunque otro dato conocido siembra cierta inquietud que puede depararnos alguna sorpresa: produce J.J. Abrams.
Los soldados saltan sobre un bosque cercano a una población gala clave en el dispositivo con la misión de derribar la torre de la iglesia donde los nazis tienen su centro de comunicaciones. Es de noche. Algunos son sorprendidos y eliminados por una patrulla teutona, otros corren mejor suerte y con la ayuda de una joven de la zona llegan a una casa desde donde poder organizar su acometida. Pero los extraños sonidos guturales que llegan desde una de las habitaciones siembran gran inquietud entre los militares.

El guión ya ha ido acotando la trama a una escaramuza anecdótica dentro del gran operativo, abordado desde distintos ángulos por Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan o Jonathan Teplitzky en Churchill. En ese sentido éste empieza a parecerse a otros trabajos que, como La chaqueta metálica, buscaban la parte por el todo dentro del conflicto, con Vietnam en mente en el caso del filme de Kubrick. Aunque la evolución no acaba ahí.

De manera natural, todo hay que decirlo, aparecen en la narración elementos que viran de lo marcial hacia derroteros que tienen que ver más con lo fantástico y la ciencia ficción, aunque cargando las tintas con grandes dosis de sangre y vísceras. Casquería sin ningún tipo de complejos y con una vena sardónica que recuerda al Sam Raimi de la trilogía de Posesión infernal. Humor negro al que no nos cuesta adaptarnos y que nos sorprende en positivo, tras un momento de indefinición y parón rítmico.

En la alineación titular no se echa en falta la ausencia de prima donnas. Un reparto compacto, en el que únicamente reconocemos al danés Pilou Asbaek, consigue que nos sea más fácil ver personajes dentro de una historia que intérpretes y así poder entrar en el relato de modo más fluido para pasar un buen rato gracias a esta muestra de cine de acción y palomitas dirigido a un nicho de cinéfagos muy concreto; un entretenimiento de subgénero que nos provoca una sonrisa que nos augura que quien sepa qué es lo que va a ver pasará un buen rato. Menores, aprensivos y no amantes del gore, abstenerse.

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Copyright imágenes © Bad Robot, Paramount Pictures. Cortesía de Paramount Pictures Spain. Reservados todos los derechos.
Overlord
Dirección: Julius Avery
Guión: Billy Ray y Mark L. Smith
Intérpretes: Jovan Adepo, Wyatt Russell, Mathilde Olivier, Pilou Asbaek
Música: Jed Kurzel
Fotografía: Laurie Rose, Fabian Wagner
Duración: 109 min.
Estados Unidos, 2018