Hace ya un tiempo que no he podido hacer publicaciones en el blog, por los que os pido disculpas, y tenía pendiente una pequeña reseña del cine fórum del que disfrutamos el pasado 16 de noviembre en el salón de actos del Castillo de Marcilla.
Se trataba de una ocasión muy especial ya que el encuentro formaba parte del 60 aniversario de la biblioteca de la localidad, parte indispensable de estos debates con el cine como elemento principal. Allí estuvimos convocados por la concejalía del cultura del ayuntamiento, con Vicente Navarro a la cabeza, con el magnífico trabajo de Merche Boneta, técnica de cultura, y bajo el auspicio de Gloria Perales, bibliotecaria que a través de multitud de actividades, entre las que se encuentran estos cine fórums, mantiene vivo y fomenta el interés por la lectura en una población que se vuelca con la cultura.

Lo cierto es que disfrutamos de una película que, si bien no llega a la maestría de otras como Mi vida sin mí que marcaron nuestro interés por Isabel Coixet, suscita gran interés por la galería de personajes que despliega. Multitud de aristas en todos ellos. Sobre todo en la parte antagonista, con actitudes y personalidades que nos pueden traer a la memoria a personas que conocemos, con la Violet Gamart que tan bien refleja Patricia Clarkson y el Milo North de James Lance.

Hablamos de la amistad y afinidad que surge entre Florence Green y Edmund Brundish, con un Bill Nighy que se rebela ante las cerrazón de ese pueblecito, manipulado por las clases pudientes encarnadas en el matrimonio Gamart, ante el entusiasmo del personaje de Emily Mortimer por montar su librería. Y de la importancia en el relato de la niña que ayuda a Florence Green en su pequeño comercio.

Comenzamos a hablar del largometraje con algo muy especial. Analizamos la primera secuencia. Un minuto y medio en el que Isabel Coixet demuestra su maestría como narradora. En apenas noventa segundos se nos presentan dos de los principales personajes, se nos pone al día de la situación en la que la protagonista llega a ese momento y nos deja elementos que van a ser importantes en el transcurso de la historia. Todo a través de un cuidado lenguaje audiovisual. Concisión y precisión. Una maravilla que da inicio a esta cinta que fue la ganadora del último premio Goya a la mejor película.

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Cuando uno se acerca al folio en blanco para plasmar sus impresiones sobre esta o aquella película ha de tomar partido, ofreciendo su visión pero guardando cierta distancia que permita analizar el cómo y el porqué de dicho examen. En este momento, apenas un par de horas después de haber asistido al pase de prensa de Bohemian Rhapsody, concibo, y así lo escribo como aviso para navegantes, que voy a ser más subjetivo que nunca. Lo que Freddie Mercury y Queen han significado en mi vida (y en la de millones de personas de todo el mundo) hace que, más que del cerebro, todo lo que se desparrama aquí debajo salga de las entrañas.

Los continuos cambios de ánimo a lo largo de las dos horas y diez minutos de metraje no afectan al magnetismo de las imágenes ni a la potencia de la historia. Se pasa de la felicidad más absoluta a la congoja y la emoción contenida, con lágrimas silenciosas como fina capa acuosa frente a la retina, al comprobar con una mezcla de estupor y aflicción que las míticas canciones que tantas veces hemos coreado hablan de lo que años después sería la vida del vocalista y su trágico final. Letras premonitorias (no vendrían nada mal unos subtítulos) que subrayan pasajes de la turbulenta existencia de un Mercury en el que poco a poco se va fundiendo de manera asombrosa un Rami Malek de Óscar.

El guión parte de un momento clave en la historia de Queen, el concierto Live Aid, en 1985. Los créditos nos muestran a Freddie llegando al estadio de Wembley para retroceder inmediatamente a 1970, desde donde se nos va a explicar los inicios del grupo y su evolución, con todos sus altibajos, hasta convertirse en el mito que es hoy en día, aunque sin dejar de lado la historia personal y afectiva de aquel chaval nacido en Zanzibar.

El azaroso proceso de rodaje y montaje de este largometraje, con cambio de director incluido, no hace sino engrandecer el resultado final, y no solo para fans incondicionales. Cualquier espectador amante del biopic-con-conjunto-musical, incluso el simple aficionado al cine, va a disfrutar de un monumento al rock, a la creatividad, a la heterogeneidad, al genio de cuatro tipos que aparentemente no tenían mucho que ver entre sí pero que juntos se convirtieron en un auténtico bombazo porque se hacían más grandes los unos a los otros. La historia de cómo un aspirante a dentista, un ingeniero electrónico, un doctor en astrofísica y un licenciado en bellas artes se convirtieron en una de las bandas más admiradas de todos los tiempos.

El espectacular uso del sonido en la cinta (candidatura segura a los premios de la Academia) y su extraordinaria producción musical harán que resulte imposible salir de la sala y no cantar cualquiera de los éxitos de cuyo origen acabamos de ser testigos. Y en el centro, un héroe trágico, como la protagonista de cualquiera de sus admiradas óperas, que nos hará sonreír con lágrimas en los ojos.

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Bohemian Rhapsody
Dirección: Brian Singer y Dexter Fletcher (No aparece en los créditos)
Guión: Anthony McCarten, a partir de una historia suya y de Peter Morgan
Intérpretes: Rami Malek, Lucy Boynton, Gwilym Lee
Fotogtrafía: Newton Thomas Siegel
Montaje: John Ottman
Duración: 134 min.
Reino Unido, Estados Unidos, 2018
Quien más quien menos, es capaz de ubicar la isla de Guernsey en el Canal de la Mancha, entre el Reino Unido y Francia. El conocimiento de este que escribe se circunscribía a esa circunstancia y la sorpresa, al tirar de la versión moderna del sempiterno atlas, el Google Maps, ha sido hallarla mucho más cerca del continente, frente a las costas de la Baja Normandía, que del suelo de Gran Bretaña, a cuyo territorio pertenece. Esta localización, hoy en día un paraíso fiscal, resultó clave y perjudicial para sus habitantes durante la Segunda Guerra Mundial. El ejército alemán, que ya había ocupado el país galo, se hizo fácilmente con la ínsula en su afán por acercarse a Londres en un episodio tan poco conocido como interesante.

Nada más llegar, los soldados nazis requisaron todos los cerdos de las granjas y los enviaron como abastecimiento para las tropas que quedaban en Europa. A cambio, obligaron a los locales a cultivar patatas y a alimentarse de ellas. La creación de la sociedad literaria que da título a esta película encubrió un banquete clandestino con un delicioso cochino asado y un no tan exquisito pastel de piel de patata al servir como pretexto para evitar la detención a manos de una patrulla teutona.

Este contexto histórico sirve de base a la trama que narra el viaje a Guernsey en la inmediata posguerra de una escritora en plena crisis creativa que, en su intención por conocer a los miembros de tan singular club de lectura y escribir un libro sobre sus experiencias durante la contienda, crea un inesperado vínculo con los residentes.

Este guión se encuadra en la tradición de novelas epistolares adaptadas a la gran pantalla, siguiendo los pasos de Las amistades peligrosas, La pesca del salmón en Yemen o, la más cercana en cuanto al fondo literario de las misivas, 84, Charing Cross Road. Bajo la sabia dirección de un Mike Newell que vuelve a sus mejores registros, los de Donnie Brasco y Cuatro bodas y un funeral, se construye, con un estilo académico, un relato de suspense en el que van surgiendo detalle por detalle, como miguitas de pan, los elementos que van a reconstruir el misterio que reside entre esas gentes que han tenido que hacer frente a situaciones límite como las que propicia un conflicto armado. De esa forma se dan cita, y conviven sin problemas de entendimiento, géneros como el bélico, el dramático y el romántico, sin renunciar a unos toques de comedia.

Con un reparto sobresaliente que une prestigiosos veteranos y jóvenes talentos del panorama interpretativo británico, Newell ha pergeñado una oda a la lectura, a sus efectos curativos en la persona, pero también en el grupo que se reúne para compartirla, además de a la creación literaria, a las maravillas que negro sobre blanco nos llevan asombrando desde la invención de Gutenberg y, en última instancia, a la necesidad de escribir como modo (terapéutico) de dar salida a nuestro torrente interior.

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La sociedad literaria y el pastel de piel de patata
Dirección: Mike Newell
Guión: Don Roos, Kevin Hood y Thomas Bezucha, basado en la novela de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows
Intérpretes: Lily James, Michiel Huisman, Tom Courtenay
Música: Alexandra Harwood
Fotografía: Zac Nicholson
Duración: 124 min.
Reino Unido, Francia, Estados Unidos, 2018
Madrugada en Estados Unidos. El teléfono suena. ¿Señor Joseph Castleman? Sí, soy yo. Aquí Arvid Engdahl, de la Fundación Nobel de Estocolmo. Antes de que siga me gustaría que mi mujer lo oyera, ¿le importaría esperar a que escuche desde el teléfono supletorio? En absoluto. Joan Castleman sale del dormitorio y coge el aparato en la habitación de al lado, su marido Joe espera sentado sobre la cama de matrimonio con el auricular pegado a la oreja. Hola, ya estoy, exclama ella. De acuerdo, continúa la voz del otro lado del océano. Es un gran honor comunicarle, señor Castleman, que ha sido elegido Premio Nobel de Literatura de este año. Su carrera es realmente impresionante. Su prosa no solo es íntima, ingeniosa y profunda, sino que ha desafiado la fórmula novelística de tal forma que será una influencia para las futuras generaciones.

Así contado, por escrito, pura y llana descripción sin un adjetivo que ponga el acento y los matices. Pero lo que nuestra cabeza imagina tras leer esa escena nada tiene que ver con lo que nos sugiere después de comprobar cómo ha querido mostrárnosla el director sueco Björn Runge. Hitchcock decía que lo realmente importante no son los diálogos, sino lo que sucede en pantalla con los gestos o ademanes que pueden cambiar completamente el significado de lo que se dice. Pues bien, el rostro de Glenn Close, con los ojos completamente abiertos, mirando al infinito y una expresión completamente vacía, nos deja un poso de desasosiego y una pregunta recurrente. ¿Por qué La buena esposa y no El premio Nobel?

Ese primer plano de la actriz se repite en varias ocasiones a lo largo del metraje. En montaje cinematográfico se llama Efecto Kulechov a la utilización de encuadres del semblante aparentemente inexpresivo de los intérpretes que adquieren un significado u otro dependiendo del contexto que los rodee en forma de imágenes o aconteceres que se hayan dado antes en la película de la que forman parte. En este filme se ha utilizado con gran acierto dicho recurso narrativo para ir relatando cómo esta mujer, durante el viaje a Estocolmo para asistir a la entrega del Premio Nobel a su marido, se cuestiona sus decisiones vitales.

La incógnita del segundo párrafo queda despejada. Ella es la protagonista. Y, poco a poco, lo que parece una historia sencilla y sin dobleces comienza a convertirse en una tela de araña que nos lleva, en forma de flashback, al pasado, obteniendo información harto reveladora acerca de estos dos personajes y que hacen comprensibles reacciones que se van produciendo en el presente europeo de los mismos. Nos encontramos con una intriga que viste de suspense la cinta y que, sumada al importante e impactante fondo de la cuestión, nos atrapa de inmediato provocando que no podamos apenas parpadear hasta llegar a la conclusión de la misma. ¿Un merecido Óscar para Glenn Close? Es más que posible. Dos nombres, como ejemplo, sobre los que investigar tras ver este largometraje (nunca antes, por favor). Sofonisba Anguissola y Rosalind Franklin.

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La buena esposa
Dirección: Björn Runge
Guión: Jane Anderson, basado en la novela homónima de Meg Wolitzer
Intérpretes: Glenn Close, Jonathan Pryce, Christian Slater
Música: Jocelyn Pook
Fotografía: Ulf Brantas
Montaje: Lena Runge
Duración: 100 min.
Suecia, Reino Unido, Estados Unidos, 2017
El pasado sábado 20 de octubre regresamos al marco incomparable que nos brinda este espacio tan singular de la villa de Marcilla, gracias a la confianza depositada en mí por la concejalía de cultura personificada en Vicente Navarro y en la técnica, Merche Boneta, y con el apoyo que siempre he tenido por parte de la bibliotecaria Gloria Perales.
La película que allí nos convocó, su singularidad y la de su protagonista, nos proporcionó una cantidad ingente de material para comentar.
Y, qué casualidad, que del interior de aquel Castillo nos trasladamos a otro.

Tras contar el proceso que sigue un documental desde la idea que lo genera hasta su estreno en cines, que es diametralmente opuesto al de un largometraje de ficción, nos centramos en la todavía más peculiar odisea que dio lugar a tan singular trabajo.
Gustavo Salmerón invirtió 14 años de su vida, 12 de rodaje, de 2003 a 2015, y 2 de montaje, de 2015 a 2017, en dar forma a las 400 horas que tenía entre manos y sacar de ahí, de manera valiente, un canto de amor a su familia, unida a las duras y a las maduras, y un monumento a la grandiosidad y la espontaneidad de Julita, su madre, un torbellino, un personaje en sí misma. 88 minutos que suponen una reflexión sobre la vida a través de la muerte. Y más en concreto, a través de las distintas y extrañas ideas sobre la parca que tiene su progenitora, que en el fondo nunca ha dejado de disfrutar y divertirse por muy complicadas que se le hayan puesto las cosas.

La concurrencia se identificaba con distintos aspectos de Julita y con la manera tan llana y natural que tenía de referirse a trágicos acontecimientos de su familia. Cómo a pesar de las dificultades y del dolor siempre había un poso de optimismo. De esa misma manera Gustavo Salmerón lo refleja en su película. Tras cada reflexión acerca de temas políticos o religiosos cambia el tercio culminando esas secuencias con un toque de humor para desengrasar un posible tono trascendente.

Dentro de esta variopinta galería de personajes que no son otros que la familia García-Salmerón, pusimos la lupa en un secundario que parece que no está pero que es fundamental, y es Antonio, el padre de Gustavo, director del documental, y marido de Julita, la protagonista. Un tipo que, si esta es la película de Julita, merece otra centrada en su persona. El Ying que complementa el Yang. La sensatez, la racionalidad y la paciencia, contrapuesta a la creatividad, el caos y la explosividad.
El resto de asuntos van surgiendo uno tras otro, porque el recorrido temático de este trabajo es tan amplio que, empezando por la muerte, que es el primero que aparece, de forma muy peculiar, termina con la vida (y la manera en que Julita la afronta), y en medio cabe todo o casi todo. Es difícil no sentirse identificado con alguno de los aspectos que aparecen en el largometraje, por muy extravagantes que parezcan. En ese Síndrome de Diógenes que de Julita heredaron todos sus hijos, en esa organización caótica de los trasteros o en ese deseo de tener la felicidad que le producía la Navidad a esta madre durante todo el año.

Ha merecido la pena que Gustavo Salmerón sacrificase el pudor de contar las interioridades familiares para transmitir una lección de vida a través de lo bueno y lo malo que han sufrido los suyos y nos descubriese a la actriz definitiva, que no es otra que Julita Salmerón.

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Una vidriera de aspecto medieval representa a un hombre con armadura en una iglesia de la ciudad universitaria de Oxford en plena época victoriana. El sacerdote al cuidado de la capilla se acerca temblando. La tez lívida, de su frente resbalan gotas de sudor que nublan la visión de unos ojos enrojecidos. Ante su atónita mirada el caballero formado por piezas de cristal coloreadas cobra vida, salta junto a él y comienza a perseguirle hasta que, horrorizado y en pleno ataque de pánico, sale despavorido por la puerta y es arrollado por un carruaje de caballos.
Esa mítica secuencia quedó grabada de forma indeleble en la mente de este precoz cinéfilo que a los 12 años disfrutaba con las aventuras del joven Sherlock Holmes en El secreto de la pirámide. Nunca los efectos digitales habían llegado tan lejos. Ese momento pertenece a la historia del cine ya que se trata del primer personaje completamente generado por ordenador en aparecer en una película. Lo hizo en 1985 de la mano del Steven Spielberg productor. El mismo que auspicia, a través de Amblin Entertainment, esta adaptación de la novela La casa del reloj en la pared, que rinde evidente homenaje al inefable instante.

Este es uno de los múltiples guiños que, trufados a lo largo del filme, hacen alusión al espectador adulto que probablemente se encuentre en la sala acompañado a hijos, sobrinas y otros preadolescentes, público objetivo de este largometraje que narra las aventuras y desventuras de Lewis, un huérfano que va a vivir con su excéntrico tío a un espeluznante caserón que cuenta con vida propia. A diferencia de aquel título, que seducía por igual a audiencias de todas las edades, esta cinta, que a buen seguro hará disfrutar a los más pequeños, deja un tanto de lado al aficionado que ya haya superado la pubertad.

A pesar del creciente interés de su tramo final, su ritmo, intensidad y la perfección técnica de sus magníficos efectos visuales, no se antojan suficientemente atractivos los homenajes varios y alguna que otra cita culta, como la referencia a Dalí y a La persistencia de la memoria, para enganchar a la trama a los más talluditos. Escondidos cual huevos de pascua tenemos fragmentos de diálogos que si somos avispados podremos relacionar con Tras el corazón verde o Casablanca, una colección de muñecos y autómatas que nos traen a la mente trabajos tan dispares como La invención de Hugo o La huella, ataques de libros que cobran vida al estilo de los temibles pájaros hitchcockianos e incluso chistes internos en torno a producciones emblemáticas de Amblin Entertainment (en la marquesina del cine se puede leer Un extraterrestre del planeta Plutón, nombre que Universal quería ponerle originalmente a Regreso al futuro) o al último King Kong, protagonizado también por Jack Black, que aquí exhibe un registro contenido dentro del margen para el histrionismo que le da su papel de tío Jonathan. Tanto él como Cate Blanchett se adaptan a sus roles sin caricaturizarlos, resolviendo con solvencia su cometido.

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La casa del reloj en la pared
Dirección: Eli Roth
Guión: Eric Kripke, basado en la novela homónima de John Bellairs
Intérpretes: Jack Black, Cate Blanchett, Owen Baccaro
Música: Nathan Barr
Fotografía: Rogier Stoffers
Duración: 105 min.
Estados Unidos, 2018
De relatos de pasión más grandes que la vida se encuentra repleta la historia del cine. Románticos, imposibles, inverosímiles, sin esperanzas, ideales, arrebatados. El que centra los 88 minutos de esta película pertenece sin duda ninguna a este último grupo. De tormentosa podría calificarse la relación que surge entre los principales personajes que se asoman a la pantalla como trasuntos de los padres del oscarizado director polaco Pawel Pawlikowski. La huella que dejaron en él sus múltiples rupturas y reconciliaciones impregna este guión inspirado en hechos reales. El controvertido universo de una pareja en la que una atracción y un amor exacerbado convive con roces y ataques de celos igualmente intensos.

Polonia, 1949. Dos músicos recorren zonas rurales del país con el encargo de formar un grupo folklórico que a través del canto y los bailes regionales insufle optimismo a una población afectada por los efectos de una Segunda Guerra Mundial especialmente cruenta con la nación centroeuropea. Una atractiva aspirante seduce al pianista y profesor y comienzan un romance clandestino que viven en secreto mientras la política eleva las primeras barreras entre ellos. Desde el poder quieren que este conjunto de coros y danzas contribuya a la exaltación del régimen comunista que impera en un territorio situado en la órbita de la Unión Soviética.

De la misma manera que el Telón de Acero sirvió de MacGuffin al gran Hitchcock, la Guerra Fría vivida en torno a él se traslada a la desgarradora batalla sentimental que libran Viktor y Zula. Esa Cortina rasgada metafórica se convierte en un protagonista más de la narración de la que empiezan a surgir vinculaciones tangenciales con otras cintas en las que la emoción y el deseo pasaban, no sin riesgo, de un flanco a otro de una pared levantada para separar en lugar de unir. Omar se las arreglaba para hacerlo en Jerusalén y encontrarse con su adorada Nadia. Aquí el espacio y el tiempo condicionan una pasión desatada que se extiende durante quince años a ambos lados del Muro de Berlín y discurre paralela a la historia de una Europa de posguerra partida en dos por tan infausta construcción.

El contexto bélico y la más que eminente falta de sincronía entre los enamorados, que propicia diversos encuentros y desencuentros en los que bien uno de ellos o ambos conviven con otra pareja, nos acerca a Casablanca. Obra maestra de la que Cold War adopta un blanco y negro magníficamente plasmado que tanto ayuda a sumergirse en la época. Pawlikowski maneja con elegancia tanto los movimientos de cámara como la composición de los planos, amén del ritmo y un montaje que de forma suave y sobria muestra el paso de los años de forma natural. El formato 4:3, prácticamente cuadrado y angosto hasta el límite, presente en El hijo de Saúl, consigue que el espectador tome conciencia de lo opresivo del amor de estas dos torturadas almas gemelas capaces de tomar decisiones radicalmente viscerales, e incomprensibles si se miran desde la racionalidad, nublados por la intensidad de sus sentimientos.

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Cold war
Dirección: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki y Piotr Borkowski
Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Borys Szyc
Fotografía: Lukasz Zal
Montaje: Jaroslaw Kaminski
Duración: 88 min.
Polonia, Francia, Reino Unido, 2018
A más de uno se le hiela la sangre cuando observa en el cartel de una película el logotipo representativo del Sundance Film Festival acompañado de un texto que glosa el galardón recibido en el certamen de cine independiente creado y auspiciado por Robert Redford. Al fin y a la postre es la plataforma más importante para las creaciones que se mueven en los circuitos periféricos, los que se salen de las grandes productoras, y la que les podría granjear cierta notoriedad e incluso un contrato de distribución con una de ellas. La cinta que nos trae a estas líneas tuvo la suerte de lograr ambas cosas e, incluso, el mérito de hacerse con dos reconocimientos: el concedido a una producción con temática científica o tecnológica y el, mucho más significativo de cara a la futura taquilla, premio del público a “lo mejor de lo que viene”. Curiosamente, tal vez por evitar desafecciones prejuiciosas como las que comentábamos más arriba, no hay ni rastro de ellos en el cartel promocional, aunque conviene tener en cuenta que cuando una audiencia numerosa se pone de acuerdo resulta más que probable que se encuentre en lo cierto.

Los primeros diez minutos se encuentran cargados del mismo magnetismo que el inicio de Up; su magnificencia nos gana inmediatamente para la causa. Una virguería técnica que cuenta a través de las pantallas de dispositivos digitales, sistemas operativos, herramientas informáticas, páginas web y redes sociales varias el crecimiento de una niña, y la estrecha relación que la une con sus padres, desde la niñez hasta su primer día de instituto. Una delicatesen concebida para articular un impactante prólogo al tiempo que familiariza al público con el tipo de lenguaje audiovisual que la película va a utilizar durante todo el metraje.

Este arranque aparentemente liviano experimenta un interesante giro hacia el género del suspense. Debido a la misteriosa desaparición de la adolescente el protagonismo recae en el padre, que se empeña en colaborar con la detective encargada del caso. La desesperación le llevará a asaltar el ordenador de su hija en busca de pruebas que puedan ayudar a encontrarla. Ese Searching del título lleva implícito un juego de palabras que relaciona la investigación real y la que se produce a través de buscadores como Google.

El ingenioso debutante Aneesh Chaganty ha conseguido desarrollar un thriller absorbente que no te deja respirar, sin puntos muertos ni bajones rítmicos, con mínimos motivos para el reproche, y lo ha hecho a modo de brillante ejercicio de virtuosismo narrativo, auto imponiéndose la prerrogativa de que cada uno de los fotogramas del filme provengan de las imágenes que nos devuelven elementos que cada vez se han instalado más en nuestra vida como teléfonos móviles o computadoras portátiles. Si Alfred Hitchcock viviese en el siglo XXI se habría planteado un reto de similar complejidad amén de bendecir, sin duda ninguna, la osadía de este primerizo que apunta muy alto en sus pinitos en el largometraje.

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Searching
Dirección: Aneesh Chaganty
Guión: Aneesh Chaganty, Sev Ohanian
Intérpretes: John Cho, Debra Messing, Michelle La
Música: Torin Borrowdale
Fotografía: Juan Sebastián Barón
Fotografía digital y montaje: Nicholas D. Johnson, Will Merrick
Duración: 102 min.
Estados Unidos, 2018
Dios nos da a todos un propósito en la vida. A un caballo, pasear por la pradera. A un vaquero, cabalgar en un rodeo. Esta reflexión, extraída de una conversación en la que el protagonista le explica a su hermana con síndrome de Down la importancia que para él tiene la pasión a la que se ha consagrado en cuerpo y alma, encierra la clave para entender en toda su dimensión el relato que narra esta sencilla cinta independiente que golpea y emociona de a poco hasta conseguir dejarnos visiblemente tocados.
Su montura ha escapado, se encuentra tan malherido que ha perdido su capacidad para cumplir con su esencia: galopar a campo abierto. Lo más probable es que termine por ser sacrificado. La identificación del jinete con el animal es inmediata. Ha sufrido un accidente que le ha producido lesiones cerebrales incompatibles con la práctica de la única actividad que da sentido a su existencia: montar un équido salvaje en un rodeo.

El origen de esta cinta se encuentra en la preparación del anterior filme de la directora china residente en Estados Unidos Chloé Zhao. Se dirigió a un rancho porque necesitaba a alguien que le enseñase a montar. El joven que le atendió, Brady Jandreau, le impresionó de tal manera que quiso incluirlo en alguno de sus futuros proyectos. Cuando, poco después, la desgracia se cruzó en el camino de Jandreau, en forma de caída de un cuadrúpedo con secuelas que le provocaron un cambio de vida radical, la realizadora decidió basar su siguiente guión en esta historia.

El argumento de The rider coloca en el centro de la trama a un cowboy que sufre idénticas heridas y se debate ante la misma disyuntiva a la que este tipo se enfrentó. Tan es así que Zhao escogió como intérprete al propio Jandreau para que contase su vivencia personal. El resto del reparto en gran medida lo forman actores no profesionales. Aparecen su padre y su hermana y otros profesionales de este mundillo que reflejan los aspectos más amargos de una profesión que te lleva de la gloria al olvido en los ocho segundos que dura la cabalgada de una bestia indómita. Podríamos decir por tanto que, más que una obra de ficción, tenemos ante nosotros un seudodocumental, hecho que convierte la crudeza de determinadas situaciones en algo realmente impactante.

La cineasta oriental ha escogido una narrativa pausada, que va de menos a más y requiere cierta dosis de paciencia a la audiencia. Si somos capaces de adaptarnos a ella disfrutaremos de una maravillosa experiencia que nos conduce, a medida que avanzamos en un relato que evoluciona paralelamente al estado de ánimo del protagonista, de los interiores asfixiantes y la oscuridad iniciales a los espacios abiertos y la luminosidad posterior. La manera tan delicada en la que se nos muestra el proceso de doma de un potro salvaje compone una de las secuencias más hermosas, paradigma de un largometraje que se nutre de silencios donde lo visual prima por encima de la palabra.

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The rider
Dirección y guión: Chloé Zhao
Intérpretes: Brady Jadreau, Tim Jandreau, Lilly Jandreau
Música: Nathan Halpern
Fotografía: Joshua James Richards
Duración: 104 min.
Estados Unidos, 2017
En el año 2000 Clint Eastwood convocó a otros tres grandes actores para correrse una última juerga juntos. El director de Sin Perdón llamó a James Garner, Donald Sutherland y Tommy Lee Jones para que co protagonizaran junto a él mismo Space Cowboys, una revisión nostálgica y con mucho sentido del humor del cine de aventuras espaciales que tanto predicamento sigue teniendo en Hollywood. Una vuelta del revés a la ingente caterva de tópicos sobre los filmes de acción, personajes arquetípicos desmitificados a golpe de ironía y la reunión de un Dream Team de estrellas entradas en años. Mirando Book Club nos da la sensación de que se ha querido replicar en lo que se refiere a la audiencia femenina lo que pudo significar en su día esta película para el público masculino.

La alineación de lujo de veteranas ilustres que compone este cóctel con sabor complementario al del largometraje astronáutico está integrada por Jane Fonda, Diane Keaton, Candice Bergen y Mary Steenburgen, actrices de éxito con la inteligencia de saber reírse de sí mismas y de los mitos que han representado a lo largo de su extensa carrera. Ellas encarnan a un grupo de mujeres en la segunda mitad de los 60 cada una con un tipo de personalidad claramente diferenciada.

Este filme narra las aventuras y desventuras romántico-eróticas de cuatro amigas que desde la época de la universidad se siguen reuniendo mensualmente con la excusa del club de lectura que tienen montado para ponerse al día y comentar sus distintas vicisitudes, además del libro que han devorado en los treinta días anteriores. La aparición de la trilogía de 50 sombras de Grey en su particular foro de debate dará un vuelco significativo tanto a sus vidas como a sus respectivas relaciones sentimentales.

Con un principio brioso, ágil, típico de la comedia adolescente (que trajo a nuestra memoria el recuerdo de Fuera de onda por la presencia de la hace tiempo desaparecida Alicia Silverstone en el reparto), el director debutante y co guionista Bill Holderman logra sumergirnos en la trama venciendo nuestros recelos iniciales. Dentro del tono ligero de la cinta, el complicado reto de mantener el ritmo inicial se consigue, a pesar de ligeros altibajos, gracias a grandes dosis de mala uva y una clara vocación auto paródica (impagable el chiste sobre Werner Herzog y la inevitable referencia sexual a partir del título de uno de sus documentales).

Book club se deja ver con agrado. Tiene sus puntos divertidos condimentados con un toque de picardía y hasta con algún momento de carcajada (Candice Bergen haciéndose un perfil en redes sociales para ligar, desternillante). Al buen sabor de boca final colaboran sin ninguna duda unos partenaires masculinos a la altura de las protagonistas (Andy García, Don Johnson, Richard Dreyfuss y Craig T. Nelson) y una banda sonora repleta de éxitos de los 80 (desde Meat Loaf a Roxy Music pasando por Paul Simon) que encajan como un guante y realzan momentos clave de la historia.

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Copyright imágenes © June Pictures, Apartment Story. Cortesía de Vértigo Films España. Reservados todos los derechos.
Book Club
Dirección: Bill Holderman
Guión: Bill Holderman y Erin Sims
Intérpretes: Jane Fonda, Diane Keaton, Candice Bergen, Mary Steenburgen
Música: Peter Nashel
Fotografía: Andrew Dunn
Duración: 104 min.
Estados Unidos, 2018