“Los hombres no deciden volverse extraordinarios, deciden lograr cosas extraordinarias”. El guión pone en boca de Donald Crowhurst, en cuya peripecia se basa esta película, una cita de Edmund Hillary, primer montañero en hollar el Everest. Una sentencia perfectamente aplicable a las dos figuras centrales, que tampoco tienen nada de ficticias, de los dos trabajos más reconocidos de James Marsh: Philippe Petit, el osado funámbulo francés que caminó por un cable entre las Torres Gemelas en el oscarizado documental Man on wire, y el científico recientemente desaparecido Stephen Hawking, que le supuso a Eddie Redmayne la dorada estatuilla al mejor actor por su encarnación en La teoría del todo.

Las imágenes que acompañan esas frases son las de las olas del océano infinito y esa declaración de intenciones, la motivación de Crowhurst para lograr un imposible. En 1968 su empresa de productos electrónicos para la navegación marina se encontraba al borde de la bancarrota, fue entonces cuando surgió la regata Sunday Times Golden Globe Race que planteaba la vuelta al mundo en una embarcación de vela sin escalas y en solitario, y ofrecía un premio de 5000 libras, una suma que le permitiría solucionar sus problemas financieros además de dar notoriedad y publicidad a su negocio.

A pesar de su bisoñez en la singladura en alta mar se embarcó en este complicado cometido hipotecando su casa para comprar un trimarán. Si no terminaba la regata debía devolver el dinero recibido, lo que le supondría quedar en la ruina junto a su mujer y sus tres hijos. Además, quiso instalar sus aparatos para mejorar la seguridad y las prestaciones de la nave, pero la fecha límite para la partida se le echó encima y ante la perspectiva del desastre económico familiar decidió partir a pesar de los importantes contratiempos surgidos.

James Marsh, especializado en filmes biográficos, glosa la figura de un Donald Crowhurst con el rostro de Colin Firth en un largometraje que, sin alcanzar la altura de sus obras más destacadas, no deja de poseer puntos de interés. El retrato psicológico del protagonista; el del entorno perverso que puede rodear una hazaña de estas características, con la presión mediática encabezada por su propio jefe de prensa y sus patrocinadores; el contrapunto familiar, gran apoyo en el aislamiento de la distancia, y la evocadora banda sonora, entre nostálgica y melancólica, del piano del trágicamente fallecido Jóhann Jóhannsson.

Estructuralmente podemos diferenciar dos partes claramente delimitadas. Un inicio que nos trae a la memoria la tozudez mezclada con la brillantez del creador de ingenios que persigue sus anhelos a toda costa de Tucker, un hombre y su sueño, con un claro paralelismo entre los personajes de Jeff Bridges y Colin Firth. Y, a partir del momento del viaje, el relato del hombre enfrentado a la inmensidad, a la soledad, a sí mismo y a sus propias limitaciones, del que surgen profundas reflexiones filosóficas sobre la vida y la condición humana que ilustran esa misericordia (mercy) a la que alude el título original del largometraje.

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Un océano entre nosotros (The mercy)
Dirección: James Marsh
Guión: Scott Z. Burns
Intérpretes: Colin Firth, Rachel Weisz, David Thewlis
Música: Jóhann Jóhannsson
Fotografía: Eric Gautier
Duración: 112 min.
Reino Unido, 2018
Festival de San Sebastián 2017. Horizontes Latinos. La novia del desierto. En un certamen de cine de una semana de duración siempre coinciden en horario películas que a uno le apetece ver. En esos casos hay que optar por una de ellas y rezar para que la elección haya sido un acierto porque la alternativa o se tardará en ver o bien se perderá en el limbo de los largometrajes que nunca llegarán a las pantallas comerciales. En el Zinemaldia este debate se centra entre las cintas a concurso y Perlas, por eso, el escoger aquel día un trabajo que suponía una incógnita y que, además, pertenecía a la sección de filmes latinoamericanos era una apuesta arriesgada por partida doble.
El temor inicial a haber metido la pata se fue transformando en atención, esa atención dio pie al interés y el interés mudó en emoción. La sensación de haber encontrado una perla, compartida con todo ese público que se había adentrado en esta aventura sin saber con qué se iba a topar, es algo que cada vez se da menos en la vida de quien engulle las películas como si fuesen gildas (permítase el símil con la banderilla de guindilla típica de Donosti bautizada en honor a Rita Hayworth).

La clave, la sencillez con la que Cecilia Adán y Valeria Privato narran la preciosa historia de una mujer madura que ha de perderse en el desierto para encontrarse a sí misma. Algo solo posible gracias a la presencia de una fantástica actriz, Paulina García (la inolvidable Gloria) y su compañero de reparto, el estupendo Claudio Rissi.

Teresa, empleada de hogar, a los cincuenta y cuatro años y tras décadas trabajando para la misma familia en Buenos Aires ha de dejar su rutina para trasladarse a otra casa a cientos de kilómetros de distancia. El abandono de su zona de confort le producirá un shock tremendo cuando una gaviota estropea su autobús y le obliga a enfrentarse a sus propios fantasmas en mitad de un territorio inhóspito. Aunque su miedo más cerval surge al descubrir que hasta entonces no había vivido para sí misma.

Esta maravillosa película se encuentra trufada de virtudes. Concisión y virtuosismo narrativo. En apenas setenta y ocho minutos se cuenta toda una existencia, con el uso inteligente de flashbacks y un montaje sobrio, delicado, invisible. Conceptualmente, la evolución del ánimo de Teresa recorre, paralelamente, las localizaciones oscuras del inicio que se van transformando en la luminosidad y el brillo de espacios abiertos. El uso de grandes planos generales seduce a la mirada atenta de la misma manera que la exquisita composición de los encuadres en los que la protagonista siempre aparece físicamente en el centro; es la pieza sobre la que pivota todo el relato. En uno de los momentos más sublimes se mira en un espejo retrovisor, se suelta el pelo, se observa y le gusta lo que ve; una mujer hermosa, segura de sí misma. El rostro, los gestos de Paulina García sin necesidad de palabras, pura emoción, cine con mayúsculas.

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La novia del desierto
Dirección: Cecilia Adán y Valeria Privato
Guión: Cecilia Adán y Valeria Privato, con la colaboración de Martín Salinas
Intérpretes: Paulina García, Claudio Rissi
Música: Leo Lujatovich
Fotografía: Sergio Armstrong
Montaje: Andrea Chignoli
Duración: 78 min.
Argentina, Chile, 2017
Jess Franco, ayudante de dirección de Orson Welles en Campanadas a medianoche, lo tildaba de enfermo del montaje. Decía que tenía tal afán de perfeccionismo que cuando terminaba de filmar, salía corriendo con las latas de celuloide bajo el brazo y se escondía con su moviola vertical para dar forma a la película lejos de las fauces de los productores. Un año tardó en editar la adaptación shakespeariana, y porque no le dieron más tiempo; habría seguido rodando si veía que eran necesarios planos adicionales, puliendo y puliendo, en busca de una perfección nunca alcanzada.
Muchos genios coinciden en este aspecto. El afán obsesivo por mejorar sus esculturas llevaba a Auguste Rodin a seguir modificándolas durante años sin terminar de lograr el resultado deseado. Le ocurrió con la práctica totalidad de su exquisita producción artística, pero aquí Jaques Doillon ha querido concentrarlo en una pieza no tan conocida, el Monumento a Balzac, rechazada en 1898 y hoy considerada la primera obra escultórica moderna.

Este biopic comienza en 1880, cuando Rodin cuenta con 40 años, con el encargo del Estado francés de La Puerta del Infierno. Podemos ver los primeros esbozos donde destaca el poeta Dante reflexivo, contemplando a sus personajes, figura que posteriormente tomaría vida propia como El Pensador y El Beso, que terminaría independizándose de la versión definitiva convirtiéndose en uno de los iconos más representativos de su autor.

En esa época fue cuando el maestro tomó como alumna a Camille Claudel, una joven artista que terminó modelando su propia escultura además de convertirse en su amante. El filme trata de este tórrido y apasionado romance que devino en una tormentosa relación de amor-odio causada por los devaneos del parisino con sus modelos, su vida con la madre de su hijo, Rose Beuret, pero sobre todo por la rivalidad profesional y el hecho de que Claudel nunca fuera considerada a la altura de Rodin.

La cinta está contada a hachazos, dejando destellos de la vida del protagonista que se introducen elegantemente con fundidos a negro. A pesar de esta narrativa tan particular y sus dos horas de duración, no resulta pesada. El interés que despierta la personalidad de quien se está retratando y la forma en que se concibieron obras clave en la historia del arte le dan un aire documental que resulta un aliciente extra. La aparición de personajes clave en la cultura del país galo que confraternizaron con Rodin, como Claude Monet o Paul Cézanne, añaden más mordiente.

De todo el metraje, lo más intenso viene dado por una obra de Camile Claudel, El Vals. A partir de ella, en una magnífica secuencia se nos explica la naturaleza destructiva de su autora, la pasión de Rodin por ella y la vida que hay dentro de esas figuras que giran y giran, que se respiran, que se desean y que querrían detener el tiempo para gozarse mutuamente en ese instante sublime de felicidad absoluta.

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Rodin
Dirección y guion: Jacques Doillon
Intérpretes: Vincent Lindon, Izia Higelin, Séverine Caneele
Música: Philippe Sarde
Fotografía: Christophe Beaucarne
Montaje: Frédéric Fichefet
Duración: 119 min.
Francia, Bélgica, Estados Unidos, 2017
Podríamos catalogar esta historia en varios géneros; suspense, principalmente, matizado por grandes pinceladas de comedia negra con toques dramáticos. De tratamiento minimalista en cuanto al reducido número de personajes y a la escasez de localizaciones, su origen teatral y su evolución argumental la emparentan directamente con La Soga y Extraños en un tren de Alfred Hitchcock, aunque las referencias al realizador británico pueden ampliarse a La sombra de una duda. Las fuentes de inspiración de Cory Finley, director primerizo y autor de un texto inicialmente pensado para las tablas, pueden ir más allá, hasta una pieza de culto gratamente recordada, una joya en el currículum de Peter Jackson, Criaturas celestiales.

Dos adolescentes de clase alta de Connecticut retoman su antigua amistad después de varios años sin verse por lo que se intuye que fue una traumática ruptura. Juntas de nuevo, urden un plan para resolver los problemas de ambas sin importarles el coste ni los efectos colaterales.

La atmósfera oscura y perturbadora del libreto se traslada a la pantalla gracias en gran medida a las dos actrices que encarnan a las protagonistas, pero también a un tratamiento audiovisual que huye en todo momento de la cuarta pared para aprovechar todos los recursos estilísticos que ofrece el séptimo arte. Olivia Cooke, que rodó este filme antes de la explosión en su carrera que va a suponer Ready Player One, dibuja a una joven tan inteligente como inquietante; incapaz de empatizar con nadie, ha de fingir sus sentimientos para que no la tachen de desequilibrada. Los enormes ojos de Anya Taylor-Joy la han convertido en uno de los rostros más significativos del cine de terror. Su Lily transmite ingenuidad y una fragilidad que podría revestir cierta ambigüedad.

La sencillez de la puesta en escena se acompaña de una interesante propuesta en lo cinematográfico. Finley retrata hábilmente el primer encuentro de las dos amigas con un plano-contraplano en el que deliberadamente coloca la cabeza de cada una en el extremo del encuadre más cercano a la otra, dejando todo el aire por detrás, justo al contrario a como se hace habitualmente. Esto crea la misma sensación de incomodidad en el espectador que la que siente una en presencia de la otra, dándonos a entender que algo doloroso las separó en el pasado.

Este juego con las partes de la trama que no se cuentan pero que se sabe que están ahí o con escenas realmente atroces que no se muestran porque alguien las explica con palabras, eleva este trabajo de categoría. Como en Cautivos del mal, lo que no vemos se convierte en algo mucho más terrorífico que cualquier elemento concreto que nos hubieran enseñado. La resolución del momento clave, a través de un plano secuencia con un travelling suave sobre un sillón, dejando que el sonido y la imaginación del público completen lo que sucede, da fe de la sublime maestría de este novato tras las cámaras.

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Purasangre
Dirección y guion: Cory Finley
Intérpretes: Olivia Cooke, Anya Taylor-Joy, Anton Yelchin
Música: Erik Friedlander
Fotografía: Lyle Vincent
Montaje: Louise Ford
Duración: 92 min.
Estados Unidos, 2017
El cine de espías siempre nos ha brindado excelentes películas que mezclaban el thriller con el suspense. Si nos ponemos clásicos, el mejor Hitchcock, el de Encadenados, coqueteó con el género dándole su toque personal y añadiendo una buena dosis de romance (sentimiento que se exacerba en situaciones límite como las que se narran en este tipo de filmes) que incluía el considerado beso más largo jamás plasmado en celuloide, el que compartían Cary Grant e Ingrid Bergman. En los albores del siglo XXI Tony Scott logró su trabajo más redondo gracias a Spy game (Juego de espías). Mismos ingredientes mezclados en una trama brillantemente tejida, con unos excepcionales Robert Redford y Brad Pitt, en la que destacaba la mano del director británico y esa manera tan espectacular de jugar con las imágenes, el montaje, los efectos de sonido y la banda sonora que convertían una cinta de puro entretenimiento en una obra de autor.

Adoptando un estilo no tan sofisticado como el de Scott aunque igualmente efectivo, Brad Anderson ha concebido una pieza sólida eminentemente deudora del largometraje del desaparecido realizador. Los paralelismos resultan más que evidentes. Oriente Medio como uno de los puntos importantes de la historia, un hombre tratando de conseguir el rescate de un amigo al que hace tiempo que no ve, intrigas en las altas esferas que harán desconfiar al protagonista, la Casa Blanca, gobiernos de países de la zona, grupos armados de distintas facciones y una historia de pasión soterrada, acentuada al tiempo por vivirla al filo del abismo.

Beirut, 1982. En plena guerra del Líbano un agente de la CIA que maneja información sensible es secuestrado por un comando terrorista. Los servicios secretos estadounidenses se pondrán en contacto con un ex diplomático que trabaja arbitrando en conflictos laborales para que ayude en la negociación. El mediador acepta a regañadientes un cometido que le devolverá a un pasado doloroso y le obligará a regresar a la ciudad donde una vez vivió y compartió misiones con el ahora rehén.

El guión de Dan Gilroy bebe de forma inconfesa de aquel estupendo libreto que firmaban Michael Frost y David Arata, lo que no es óbice para haber conseguido un resultado notable. No obstante de su pluma han surgido dos de los análisis más lacerantes en torno a los círculos de influencia al más alto nivel, la amistad y el amor, La sombra del poder y Michael Clayton.

El acercamiento al conflicto que sacudió Oriente Medio a principio de la década de los ochenta, a pesar de que se haga a través de una ficción, aporta un interés añadido a esta narración donde los oscuros entramados entre la Agencia Central de Inteligencia, el Gobierno de Israel, el Mossad y la Organización para la Liberación de Palestina impactan por su realismo. La vida de según quién no vale apenas nada y se utiliza como moneda de cambio para conseguir objetivos políticos o militares en una partida de ajedrez donde los protagonistas han de jugar sus propias armas ante poderosos enemigos.

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Copyright imágenes © Radar Pictures, ShivHans Pictures, Kasbah-Film Tanger. Cortesía de DeA Planeta. Reservados todos los derechos.
El Rehén
Dirección: Brad Anderson
Guion: Dan Gilroy
Intérpretes: John Hamm, Rosamund Pike, Mark Pellegrino
Música: John Debney
Fotografía: Björn Charpentier
Duración: 109 min.
Estados Unidos, 2018
La manera más justa y objetiva de ver y analizar una película consiste en entrar a la sala completamente desprejuiciado, algo complicado pero factible si hay buena predisposición. Cuando a uno le llegan comentarios no muy halagüeños corre el riesgo de sobrevalorar el trabajo que tiene ante sus ojos porque el panorama no parece tan negro como lo habían pintado. Al contrario, se termina siendo más severo, tal vez injustamente, con una obra que viene precedida de encendidos elogios y recomendaciones de la prensa especializada e incluso de amigos con criterio. Y si ya viene coronada por premios en un festival de prestigio, el listón a superar a la hora de valorar ya parte de una altura considerable.

En efecto, el mayor obstáculo al que se enfrenta un filme pequeño como Siempre juntos son las expectativas generadas en el público potencial. Un lastre de inicio que, en caso de no ver cumplido el deseo de la audiencia provoca desilusión y se vuelve en contra del largometraje. Sus dos galardones en el pasado Festival de Málaga, Mejor Película Iberoamericana y el Premio Especial del Jurado de la Crítica, pesan notablemente a la hora de defender una historia que podría haber despertado más simpatía sin tantas alharacas como las que la circundan.

Irene es una madre de familia de extracción humilde que intenta llevar adelante a los suyos a través de un pequeño negocio ambulante de compra-venta de telas y con la ayuda de la papelería que regenta su marido. Entre los conflictos a los que ha de enfrentarse se encuentra con la sorpresiva noticia de que su hijo adolescente se va a la otra esquina del mundo en menos de dos meses y no encuentra la manera de afrontarlo.

Para que un guión de estas características funcione es imprescindible que el patio de butacas empatice con la protagonista, con sus vivencias y sus padecimientos. El problema surge cuando no se consigue esa conexión. Este que escribe no ha sido capaz de emocionarse con esta matriarca y con su desesperación, hecho achacable a la impericia del cineasta como director de actores que ha permitido a la intérprete, Karine Telles (que figura, además, como co autora del libreto), sobreactuar de tal manera que pierda el favor de quienes nos encontramos a este lado de la pantalla.

De nada sirve el virtuosismo estético del que Gustavo Pizzi hace gala, con el uso de colores primarios, rojos, azules, verdes, una fotografía luminosa, unos encuadres perfectamente compuestos, si la historia que pretende contar y la manera de narrarla no es capaz de atrapar la atención de la platea. Si la forma pesa notablemente más que el fondo la batalla está perdida; el desequilibrio crea un abismo insalvable. Al no haber sabido introducirnos en el relato, el plano cenital en el que madre e hijo flotan a la deriva en una cámara de rueda de tractor con el chaval en posición fetal nos resulta tan obvio como innecesario. Se echa de menos algo más de sutileza.

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Siempre juntos (Benzinho)
Director: Gustavo Pizzi
Guion: Gustavo Pizzi, Karine Telles
Intérpretes: Karine Telles, Otávio Müller, Konstantino Sarris
Fotografía: Pedro Faerstein
Montaje: Livia Serpa
Duración: 95 min.
Brasil, Uruguay, Alemania, 2018
Si hablamos de placeres culpables, cómo disfrutamos con quince años recién cumplidos de la picaresca de Kurt Russell replicada por la insolencia de Goldie Hawn en Un mar de líos. Y eso desconociendo que tras la cámara había un señor llamado Garry Marshall que rompería taquillas poco más tarde gracias a Pretty Woman. Fresca, divertida, ágil. Risas, enredo y un toque de romance. Lo cierto es que el guión funcionaba a la perfección y las dos estrellas encandilaban gracias a su espontaneidad y compenetración.
He de confesar que me acerqué a ver Un mar de enredos sin caer en la cuenta de que se trataba de una puesta al día de aquella historia que tan buenos momentos me había hecho pasar hace ya tres décadas. Los personajes han cambiado de sexo. En esta ocasión el heredero del imperio del cemento de México, un tipo rico, malcriado y consentido, que dilapida la fortuna de su padre a bordo del yate que recibió como regalo de cumpleaños, se niega a pagar a la chica que ha ido a limpiar las alfombras del barco y termina lanzándola por la borda. Cuando él sufre un accidente y acaba en el hospital con amnesia ella, como venganza, le convence de que es su mujer y se lo llevará a su casa de los suburbios junto a sus tres hijas.

Lo que en un principio pudiera parecer una comedieta al uso da un interesante giro para adquirir más sustancia. El toque de gracia lo pone esa ironía con la que sacude por un lado a Trump, con una evidente reivindicación de lo mexicano y del español como idioma (gran parte del metraje y muchos de los mejores gags, chistes y dobles sentidos están hablados en la lengua de Cervantes, algo que lamentablemente se perderá en la versión doblada), y por otro al machismo, algo, por desgracia, universal, aunque por aquellos lares y en su Casa Blanca conocen bien el asunto (la secuencia en la que Eva Longoria emula a tantos presidentes y políticos que han salido a pedir perdón por sus devaneos extramatrimoniales, impagable). La guinda, la auto parodia totalmente consciente de las telenovelas en la que se convierte toda la parte latina de la trama.

Las piezas clave capaces de sustentar un texto en el que las risas convivan constantemente con un registro más dramático son sin duda los dos protagonistas. Eugenio Derbez y Anna Faris demuestran su tremenda versatilidad, y lo que sobre el cartel podría parecer una pareja improbable se revela, una vez vista la película, un dúo con innegable química tanto cómica como romántica.

Se ha sabido dar la vuelta a un libreto de los 80 con el ingenio suficiente como para denunciar, tirando de sarcasmo, unas cuantas lacras de la sociedad contemporánea sin perder el punto divertido, con una profundidad que uno no habría esperado de inicio y añadiendo un toque de ternura para cerrar la narración con una buena dosis de causticidad que contrarreste cualquier atisbo de final empalagoso.

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Copyright imágenes © Pantelion Films, 3Pas Studios, Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Cortesía de Filmax. Reservados todos los derechos.
Un mar de enredos
Dirección: Rob Greenberg
Guión: Bob Ficher y Rob Greenberg a partir de un guión de Leslie Dixon
Intérpretes: Eugenio Derbez, Anna Faris, Eva Longoria
Música: Lyle Workman
Fotografía: Michael Barrett
Duración: 112 min.
Estados Unidos, 2018
Una confesión antes de comenzar a disertar sobre Happy End. Quien se sienta tras el teclado tan solo está familiarizado con el segmento más reciente de la filmografía de Michael Haneke. Únicamente La cinta blanca, probablemente la muestra más convencional de su producción, ha atrapado, sin una adhesión inquebrantable, el interés y la atención de este cronista. Por suerte o por desgracia, el singular modo de expresarse del cineasta alemán no nos ha conseguido emocionar con sentimientos que embargan a tantos otros, apasionados de su obra.
Uno ha de acercarse a un tipo tan particular con precaución a pesar del entusiasmo mostrado por las recomendaciones de amigos cinéfilos que tienen en gran estima al director. Tal vez Caché (Escondido) no fue la mejor elección para una primera toma de contacto. Esos planos tomados con teleobjetivo para retratar la acción desde el punto de vista de un mirón apostado tras la maleza, sin dejar que el espectador escuche las conversaciones que se producen entre los intérpretes, más que la inquietante sensación que sesudos críticos decían haber captado provocaron displicencia y profundo aburrimiento.

En el momento de la reflexión, pocos minutos después de terminar el visionado de esta película, nos invade la intuición de que el proyecto se articuló de detrás hacia delante, comenzando la casa por el tejado en lugar de cimentarla sobre una sólida base. Y de la imaginación surge la figura de un Haneke que, en un instante de inspiración, idea la que a la postre sería la última secuencia del filme, que por respeto al lector no destriparemos, y exclama: tengo que hacer un largometraje que termine así.

Genialidad y fuerza no le faltan a ese perfecto colofón, el problema se encuentra en los cien minutos anteriores. Desiguales, utilizando en determinados momentos la misma técnica desarrollada en Caché y que, como ya se ha dicho, no seduce al autor de estas líneas y deshilvanando retales de unos personajes que adquirirán relativo sentido tras ese potente final. De la adinerada familia que el realizador ubica en el centro de esta historia para despellejarla de manera implacable tan solo los roles de la niña y su abuelo, incorporado por el veterano Jean-Louis Trintignant, despiertan cierto atractivo del que no somos conscientes hasta pasados dos tercios de metraje.

Por más que el juego en torno a la cámara del teléfono móvil con el que se abre la cinta y el que se articula gracias a los mensajes a través del ordenador cree cierta sensación de misterio, la intercalación de tiempos muertos entre secuencias con más enjundia no hace sino desesperar a la audiencia. El de Haneke es un cine difícil, no apto para todos los paladares, a pesar de ello y de no comulgar con el irregular camino tomado para desembocar en su excelente remate, no hemos de negarle la ironía y el acierto a la hora de escoger el título. Más que un Happy end, a la conclusión queda un poso de amargura.

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Happy End
Dirección y guión: Michael Haneke
Intérpretes: Isabelle Huppert, Jean-Louis Tringtignant, Mathieu Kassovitz
Fotografía: Christian Berger
Montaje: Monika Willi
Duración: 107 min.
Francia, Austria, Alemania, 2017
El cine bienintencionado, ese que nos cuenta historias donde la visión positiva de la vida se impone sobre el cinismo y el verismo descarnado que la cruda realidad pueda ofrecer, ha dado obras maestras y buenas dosis de escape a un público necesitado de un mensaje de esperanza en tiempos de crisis. Aunque esta definición pueda parecer cercana en el tiempo se refiere al género que Frank Capra desarrolló en los años 30 del siglo pasado para contrarrestar los desoladores efectos de la Gran Depresión en el ciudadano de a pie estadounidense debidos a aquel fatídico jueves negro de 1929. Sucedió una noche, Dama por un día, Qué bello es vivir, y sobre todo Vive como quieras, guardan elementos (salvando las distancias) que vamos a encontrar en la cinta que nos ocupa.

La humanidad ha tropezado cíclicamente infinitas veces en la piedra de la codicia; lo aplicado al crack de Wall Street de hace casi 90 años sirve para la debacle de Lehman Brothers de septiembre de 2008 y todas sus consecuencias. De modo que una comedia con toques dramáticos pero con el espíritu de las películas de Capra siempre es bienvenida.

El actor más taquillero de Italia, Checco Zalone (Un italiano en Noruega), escribió y encabezó el reparto de Sol a cántaros (2013), cuyo guión, debidamente adaptado a la idiosincrasia española, se ha convertido en El mejor verano de mi vida.

Curro vende robots de cocina pero sueña con trabajar en el mundo financiero. Optimista por naturaleza, a pesar de las deudas familiares y del mal momento de su matrimonio, promete algo que no se puede permitir: si su hijo de nueve años saca todo sobresalientes, le llevará a unas vacaciones de verano inolvidables. El niño lo consigue y su padre se verá obligado a cumplir su palabra.

La trama tarda en arrancar. Demasiadas vueltas en la presentación de personajes. Más o menos hacia la mitad del metraje se produce el clic. En el momento en que el protagonista y su chaval llegan a un resort de yoga en el que conocen a la dueña y a su hija se produce el giro a partir del que la cinta comienza a convencer. No se trata de un trabajo redondo, pero si tenemos un poco de paciencia y conectamos con el tono, podemos pasar un rato más que agradable.

Aunque su tratamiento sea ligero, la crisis económica, la corrupción, la reforma laboral, el paro, quedan como interesante telón de fondo. A este que escribe el estilo a la hora de afrontar las desventuras de este trabajador golpeado por las circunstancias pero inasequible al desaliento, interpretado por un divertidísimo Leo Harlem, le trajo a la memoria otro intento de fantasía capriana, Dave, presidente por un día de Ivan Reitman. Si a ese grato recuerdo y al buen hacer del cabeza de cartel unimos la agradable sorpresa de Maggie Civantos, la siempre solvente Toni Acosta y la desternillante Gracia Olayo, nos han merecido la pena estos 90 minutos de desconexión con las preocupaciones diarias.

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El mejor verano de mi vida
Dirección: Dani de la Orden
Guión: Olatz Arroyo, Daniel Castro, Dani de la Orden y Marta Suárez
Intérpretes: Leo Harlem, Alejandro Serrano, Maggie Civantos
Música: Zacarías M. de la Riva
Fotografía: Valentín Álvarez
Duración: 91 min.
España, 2018
El inconveniente más grande al que se enfrenta una película de superhéroes al afrontar su segunda entrega reside en la necesidad de enganchar al público desde el primer minuto, habida cuenta de que el cartucho del siempre fascinante proceso de descubrimiento de poderes sobrehumanos del protagonista y creación de su identidad secreta ya se ha consumido en el filme primigenio de la saga. El espectador no familiarizado con la historia a través del cómic original, caso de este que escribe, ya conoce al cruzado de turno y al entorno que lo rodea (qué decir del que ha devorado las aventuras en las viñetas), de modo que, o se comienza con brío o ya de inicio se tiene un serio problema de conexión con la platea.

Peyton Reed, que repite en la dirección, sale airoso ante la complicada tarea de convencer al cada vez más exigente aficionado a este tipo de cine ya convertido en género. El cometido se ha cumplido con creces manteniendo y reforzando los elementos que hicieron triunfar a su predecesora.

La secuencia pre créditos nos devuelve al pasado donde el profesor Hank Pym (Michael Douglas) se adentra en el mundo cuántico junto a su esposa (Michelle Pfeiffer) para llevar a cabo una peligrosa misión. Ella quedará aislada en la inmensidad microscópica aunque, ya de vuelta en el presente, el científico y su hija (Evangeline Lilly) descubren que es posible que siga viva y enrolan en el rescate a Scott Lang (Paul Rudd) mientras él se plantea la compatibilidad de la paternidad con su faceta de hombre hormiga.

Cuando se aplica el sentido común a una producción cinematográfica es lógico que el proyecto en cuestión salga a flote, obtenga rendimiento en taquilla e incluso el favor de la crítica. Los responsables de la saga escogieron un tono cómico para relatar las aventuras de Ant-man y dentro de los distintos grados optaron por un humor blanco, para todos los públicos, probablemente el más complicado de desarrollar. No buscaron un realizador curtido en el cine de acción sino con experiencia en comedia y un protagonista versado en hacer reír a la audiencia. Resultaba mucho más práctico que un tipo con talento como Paul Rudd desarrollase abdominales que conseguir que un cachas de póster fuese capaz de transmitir la hilaridad necesaria amén del abanico de emociones que requería el personaje.

La perfección técnica a la hora de rodar, el montaje, el sonido, los efectos especiales, las espectaculares secuencias de acción, se le presumen a un largometraje de esta magnitud; lo difícil de conseguir es el ritmo. En las casi dos horas de metraje no encontramos tiempos muertos, la capacidad de entretener queda intacta, hallamos momentos de ternura paterno y materno filial, hay hueco para el romance y muchas y sanas risas. Como guinda, los más cinéfilos encontramos referencias diseminadas a Viaje alucinante, como no podía ser de otro modo, pero disfrutamos con una sonrisa el guiño a ese Kenneth Branangh primerizo tan Hitchcock, Morir todavía.

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Copyright imágenes © Marvel Studios. Cortesía de Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Reservados todos los derechos.
Ant-man y la Avispa
Dirección: Peyton Reed
Guión: Chris McKenna, Erik Sommers, Paul Rudd, Andrew Barrer, Gabriel Ferrari
Intérpretes: Paul Rudd, Evangeline Lilly, Michael Douglas
Música: Christophe Beck
Fotografía: Dante Spinotti
Duración: 118 min.
Estados Unidos, 2018