El inicio de Casi 40, su planteamiento, su factura visual sencilla (casi más vídeo que cine), un chico y una chica hablando sin parar de la vida, del amor, de los hombres, de las mujeres, del paso del tiempo, canciones en plano fijo, secuencias en un único encuadre dejando que fluyan las palabras, ese comienzo habría cautivado sin duda al cinéfilo apenas veinteañero, enamoradizo y entusiasta que adoraba este tipo de guiones. Con las cuarenta primaveras del título más que superadas uno se vuelve cínico, aunque solo sea un poquito, y recela de todo lo que le huele a los filmes y libros que formaron parte de su educación sentimental, Antes de amanecer, Las desventuras del joven Werther, historias de pasiones no correspondidas o de romances fugaces e imposibles, y atiende expectante, con el anhelo de que la trama evolucione y sea capaz de articular cierto poder de seducción sobre este cuarentón descreído.

Fernando Ramallo, Lucía Jiménez, La buena vida. Después de más de dos décadas los mismos personajes se reencuentran. El de Ramallo va recordando en sus reflexiones cada vez más al Gabino Diego de Los peores años de nuestra vida, al David Trueba guionista de los desastres afectivos del inicio de la edad adulta. Aquel amor de adolescencia se transformó en amistad, aunque sus caminos se separaron. Ella fue cantante de éxito, pero dejó su banda y el mundo de las actuaciones y se casó con un futbolista, ahora tiene dos hijos. Él, que se dedica a la venta de cosméticos ecológicos, intenta relanzar la carrera musical de Lucía a través de una gira de conciertos acústicos por librerías y pequeños locales.

Con estructura de película de carretera, el viaje físico va a propiciar el periplo de estos dos hacia el pasado para ajustar cuentas, para recordar qué es lo que les une y por qué un día dejaron de salir juntos y comenzaron a distanciarse. Todo va fluyendo de manera natural. Desde el tono ligero del primer tercio de metraje, que nos hace volver al Linklater ingenuo de los 90, hasta ir convenciéndonos de que aquello se parece más a Antes de atardecer, con reflexiones muy acertadas en torno al cambio de parecer que se produce con la madurez en mujeres y hombres tanto en cuestiones de pareja como en las que tienen que ver con el acontecer de las cosas.

En una última conversación, prácticamente un monólogo, maravillosamente escrita e interpretada, queda definida con una sensibilidad a flor de piel la fragilidad, la vulnerabilidad que no se ve a simple vista porque se trata de ocultar con una máscara de indiferencia como mecanismo de auto defensa. Acertado epílogo para terminar, a nuestros cuarenta y tantos, convencidos por una cinta que nos lega un corolario que vence nuestros prejuicios, y es que no deja de ser cierto que una relación, una amistad, un amor, que surge a los 16 años puede marcarte para siempre.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos
Copyright imágenes © Buenavida Producciones S.L., Perdidos G.C. Cortesía de Avalon. Reservados todos los derechos.
Casi 40
Dirección y guion: David Trueba
Intérpretes: Fernando Ramallo, Lucía Jiménez, Vito Sanz
Fotografía: Julio César Tortuero
Montaje: Marta Velasco
Duración: 83 min.
España, 2018
En plena vorágine del mundial de fútbol surge esta noticia: «La FIFA estudia sancionar a la Federación Mexicana por cánticos homófobos de sus aficionados contra el portero alemán Manuel Neuer». Y todo porque el guardameta del Bayern había contribuido a la lucha contra la homofobia en el deporte rey desde su condición de heterosexual. Una información tan sensible, de haber sido cierta, no debería ser desvelada sin el consentimiento del interesado, menos aún en un entorno tan estigmatizado como el mundo del balompié. Nadie puede arrebatar a una persona el derecho a salir del armario en el momento, de la forma y ante la gente que él o ella decida, o a seguir permaneciendo dentro, si así lo estima.

Este largometraje ha roto moldes. Se trata de la primera película producida por uno de los grandes estudios de Hollywood que aborda el tema de la homosexualidad en la adolescencia. Aunque parezca mentira decir esto en el año 2018, así es, y abre camino para que se vea con total naturalidad e incluso se empatice tanto con la situación del protagonista como con sus problemas amorosos. El sentido del humor y la ligereza de determinadas situaciones no le quitan trascendencia al fondo de la cuestión, y es que esa potestad de poder decirles a tus padres o a tus amigos que eres gay cuando estás en el instituto, en plena era de las redes sociales, no puede apropiársela un blog de cotilleos que todo el alumnado lee.

Simon es un chaval como todos los de su edad, que se lleva bien con sus progenitores y su hermana pequeña, que forma pandilla con dos chicas y un chico pero que, en sus propias palabras, guarda un gran secreto: es gay y no se lo ha dicho a nadie. Cuando esa condición se ve comprometida tendrá que lidiar con el conflicto entre intentar ocultar su verdadera identidad, con todo lo que ello pueda conllevar, o afrontar los hechos ante aquellos a los que quiere.

Greg Berlanti ha trasladado a esta cinta la atmósfera de problemática adolescente y sus vicisitudes intrínsecas de series emblemáticas por las que pasó como guionista, Dawson crece, o ya con galones de creador, Everwood. Aunque el texto provenga de la novela de Becky Albertalli los nexos en común con otro libro adaptado al cine de temática similar son más que evidentes. Con amor, Simon bebe de las fuentes de Las ventajas de ser un marginado, historia en la que la homosexualidad se trata tangencialmente a través de una trama secundaria en la que se subraya que nadie es quién para sacar a otro del armario por muy ruin que haya sido su comportamiento.

El realizador ha conseguido el tono idóneo de comedia romántica de buen rollo, lo que los anglosajones llaman feel good movie, aportando un fondo más profundo de lo habitual pero abordado de forma fresca, con aire irónico y mucho sentido del humor, lo que funciona a la perfección de cara a la audiencia.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Fox 2000 Pictures, New Leaf Literary & Media, Temple Hill Entertainment,Twisted Media. Cortesía de Twentieth Century Fox España. Reservados todos los derechos.
Con amor, Simon
Dirección: Greg Berlanti
Guion: Elizabeth Berger y Isaac Aptaker, a partir de la novela Yo Simon, Homo Sapiens de Becky Albertalli
Intérpretes: Nick Robinson, Jennifer Garner, Josh Duhamel
Música: Rob Simonsen
Fotografía: John Guleserian
Duración: 110 min.
Estados Unidos, 2018
El Oso de Plata al mejor director en Berlín 2012 por la estupenda Bárbara hizo de Christian Petzhold un tipo al que seguir la pista. Su narrativa buscaba (y necesitaba) la complicidad del espectador para construir poco a poco el cuándo y el dónde, y en cuanto al cómo utilizó el suspense como arma principal para desarrollar una historia de amor en los estertores de la Guerra Fría en la República Democrática Alemana. Su siguiente trabajo, Phoenix, pasó por la sección oficial de San Sebastián 2014 de manera tibia, fuera del palmarés pero con el premio FIPRESCI de la prensa. Mismos protagonistas, similar trama con inspiraciones hitchcockianas en torno a una superviviente del holocausto, pero menor fuste y brío que su predecesora.
En tránsito supone la culminación de su trilogía «Amor en tiempos de sistemas opresivos» completada con las dos obras antes nombradas. Cuenta la peripecia de un ciudadano alemán huido que durante la Segunda Guerra Mundial trata de abandonar Francia ante la inminente ocupación nazi. Consigue, accidentalmente, la documentación de un escritor fallecido al que iba a entregar unas cartas, toma su identidad, se hace con un relato que había dejado a medio acabar y parte hacia Marsella. Allí queda bloqueado y encuentra a una fascinante mujer que busca a su marido desaparecido.

Durante el primer tercio de metraje, desconcierto. Los diálogos nos sitúan en el país vecino en la década de los 40 pero la dirección artística nos descoloca por completo. La ambientación parece contemporánea de modo que los primeros veinte minutos los pasamos tratando de asegurarnos de que, pese a que las casas y las calles nos traigan hacía la época actual, el relato se ubica hace tres cuartos de siglo. Si la intención de Petzhold es asimilar lo acontecido con parte de sus compatriotas años atrás a la situación de indefensión de los refugiados sirios que han tenido que abandonar su país por culpa de la guerra, el tiro le sale por la culata. A pesar de sus loables intenciones lo que prevalece en el espectador, por encima de la denuncia en forma de metáfora, es la sensación de desorientación.

Tras sesenta minutos carentes de gancho alguno la aparición de Paula Beer como esa misteriosa mujer que atrae la atención del protagonista viene a concitar el interés de la audiencia. La actriz de Frantz introduce cierta complejidad argumental en forma de juego de muñecas rusas que coquetea con el metalenguaje que, en otras circunstancias, podría haber resultado estimulante. Pero la falta de carisma del intérprete principal y el sinsentido de todo lo que sucede, rayando en el absurdo de determinadas situaciones, acaban por desesperar a este espectador que encuentra eminentemente confusa esa forma de narrar.

Lo mejor, el tema de Talking Heads que cierra la cinta. Compendio del devenir tanto de este largometraje como de la saga de la que forma parte. Un conjunto fílmico que, pese a su esperanzador comienzo, ha ido decreciendo paulatinamente en atractivo y poder de sugerencia. Su título habla por sí solo: Road to nowhere.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Schramm Film, Neon Productions, Arte France Cinéma. Cortesía de Golem Distribución. Reservados todos los derechos.
En tránsito
Dirección: Christian Petzhold
Guion: Christian Petzhold, basado en la novela Transito de Anna Seghers
Intérpretes: Franz Rogowski, Paula Beer, Rodehard Giese
Música: Stefan Will
Fotografía: Hans Fromm
Duración: 101 min.
Alemania, Francia, 2018
El Manierismo de finales del siglo XVI se entendió como un movimiento que perseguía imitar las maneras de los grandes maestros del Alto Renacimiento. Tintoretto pretendía dibujar como Miguel Ángel y colorear al estilo de Tiziano. Así como las corrientes pictóricas se retroalimentan de lo bueno que ha venido antes, las tendencias cinematográficas van a buscar referentes a un pasado de glorioso brillo. El Western Crepuscular recuperó a finales de los 60 y en los 70 las señas de identidad de las películas del oeste añadiendo esa visión desmitificadora que le aportaban unos protagonistas en el ocaso de su vida. El Neo Noir puso al día los códigos del Cine Negro clásico adaptándolo a la época de su filmación.

En la última década del siglo pasado vivió su esplendor un género que tomaba el cine social al que tanto lustre habían dado tipos como Ken Loach y le añadía un giro cómico para denunciar situaciones injustas y precarias divirtiendo. Los británicos son únicos a la hora de equilibrar sentido del humor y drama sin caer en la falta de respeto. Gran parte de la obra de Stephen Frears se puede enclavar aquí, pero hay dos títulos que dejaron huella y que han sido referentes para trabajos que han venido después, entre ellos el que nos ocupa hoy, y no son otros que Tocando el viento y Full Monty.

Hemos alimentado a este país durante siglos y ahora somos nosotros los que nos morimos de hambre. Las importaciones de carne de vacuno están asfixiando a los ganaderos de un pequeño pueblo de Normandía que a través de movilizaciones tratan de dar visibilidad a su conflicto con poco éxito. La llegada de un fotógrafo norteamericano (un sosias de Spencer Tunnick) da al alcalde la idea que convertiría su problema en portada de todos los informativos de ámbito nacional. El artista es conocido como retratista de grandes grupos de personas desnudas en localizaciones singulares.

Un concepto argumental impecable, evidentemente inspirado en esa forma de hacer cine de la que hablábamos antes, pero al que le falta un toque de sal, de cinismo y sarcasmo, de esa socarronería a la que los cineastas de las islas le tienen tan bien tomada la medida.

De un intérprete solvente como François Cluzet (el esforzado edil) uno siempre espera lo mejor. Su peligro, la sobreactuación. El abuso reiterado de determinados tics termina por sobrecargar al espectador y ensombrece los destellos de calidad inherentes a un actor de su nivel.

Estructuralmente hablando, la subtrama de la familia cuya hija ejerce de improvisada narradora, que no aporta nada a la progresión de la narración, es fácilmente eliminable del guión. Uno se imagina el largometraje sin esos tres personajes y la historia no se altera en absoluto. El metraje reducido a noventa minutos aportaría agilidad a la cinta, pero seguiríamos echando de menos esa osadía que resulta tan corrosiva, incisiva e irónica como para otorgarle el salto de calidad necesario, el punto de genialidad que la convirtiese en el gran filme que podría haber sido.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Les Films des Tournelles, SND Films. Cortesía de Vértice Cine. Reservados todos los derechos.
Normandía al desnudo
Dirección: Philippe Le Guay
Guión: Philippe Le Guay, Olivier Dazat y Victoria Bedos
Intérpretes: François Cluzet, François-Xavier Demaison, Toby Jones
Música: Bruno Coulais
Fotografía: Jean-Claude Larrieu
Duración: 105 min.
Francia, 2018
Septiembre de 2000. El desierto de las Bardenas Reales, plató de rodaje de innumerables películas, cortometrajes y spots, lugar donde prácticamente no cae una gota en todo el año, sufre varios días de lluvias torrenciales que convierten el duro y polvoriento suelo en un lodazal que imposibilita cualquier intento de filmar. El ruido generado por los cazas estadounidenses que sobrevuelan el cercano campo de tiro inutiliza las tomas realizadas hasta entonces. Jean Rochefort, el actor que encarna a Don Quijote, sufre una doble hernia discal que le impide montar a caballo. Los productores, desesperados, descubren que el seguro no cubre las pérdidas provocadas por la tromba de agua.
El estupendo documental Lost in La Mancha describe cómo toda serie de casualidades negativas se dieron cita, una detrás de otra, provocando un efecto dominó que dio al traste con el primer intento de Terry Gilliam de llevar a la gran pantalla su particular visión de las aventuras del Caballero de la Triste Figura.

El ex Monty Phyton pretendía revisitar el mito a través de las peripecias de un ejecutivo publicitario que viaja en el tiempo para encontrarse con Alonso Quijano que lo confunde con Sancho Panza, pero todo se conjuró en su contra. El director se encontraba en plena madurez creativa tras Miedo y asco en Las Vegas y las expectativas hacían prever un despliegue de esa imaginación desbordante que nos había seducido con la magnífica Doce monos, pero el rodaje se suspendió.

Un tipo cabezota como Gilliam lo volvió a intentar en varias ocasiones. Pasaron por el reparto Johnny Depp, Gérard Depardieu, John Hurt, Ewan McGregor. El guión fue variando, la financiación menguó y la salud del realizador, como la de varios de sus intérpretes, se vio afectada por las vicisitudes que este proyecto maldito ha venido sufriendo desde hace dieciocho años. Un pleito de los coproductores portugueses ha estado a punto de posponer el estreno. Finalmente la cinta, tras proyectarse en Cannes, ha llegado a las salas.

Los cambios en el libreto han transformado al publicista en director de cine y el periplo temporal se transforma en un viaje interior de un protagonista envanecido, maleado por el éxito en su profesión y hastiado de su triste existencia, en busca del entusiasmo y el optimismo del chaval que debutó con una ópera prima titulada El hombre que mató a Don Quijote. Si esto lo envolvemos en una crítica al mundo del celuloide, a la manera en la que puede destrozar las vidas de un zapatero que termina creyendo ser caballero andante o de la adolescente que soñó que podría triunfar como actriz y acabó convertida en meretriz, vemos que las intenciones no pueden ser mejores y no dejan de tener su gancho, pero a la hora de ser plasmadas sobre la pantalla comprobamos, con profundo pesar, que, a pesar de nuestra buena predisposición, las extravagancias otrora ocurrentes del genio de Gilliam embarullan un relato que se pierde en el exceso.
¿Qué habrá quedado de lo ideado inicialmente? Nunca lo sabremos.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Alacrán Pictures, Tornasol Films, Entre Chien et Loup, Ukbar Filmes. Cortesía de Warner Bros Piuctures International. Reservados todos los derechos.
El hombre que mató a Don Quijote
Dirección: Terry Gilliam
Guion: Terry Gilliam y Tony Grisoni, inspirado en personajes de Miguel de Cervantes y Saavedra
Intérpretes: Adam Driver, Jonathan Pryce, Joana Ribeiro
Fotografía: Nicola Pecorini
Música: Roque Baños
Duración: 132 min.
España, Bélgica, Portugal, Reino Unido, 2018
Aquel sábado por la mañana muy pocos de los que acudimos a la sala de prensa del Kursaal de San Sebastián conocíamos al tipo negro y espigado que se sentaba al lado de François Cluzet. Nos había cautivado con su frescura, desenfado, con su sonrisa inabarcable y una vis cómica que combinaba perfectamente con una faceta más dramática. El cartelito que tenía delante rezaba: Omar Sy. Poco después se convirtió en el fulano más conocido de Francia y su película alcanzó números estratosféricos en la taquilla del país vecino aupándose, también, a un espectacular número uno en España. Intocable supuso su pasaporte al éxito, a los rodajes internacionales y al prestigio de verse agradeciendo el premio César al mejor actor por delante de su afamado compañero de rodaje.

Desde entonces, su nombre y su imagen en el póster de un largometraje es el reclamo perfecto para llenar las salas de espectadores. El problema radica en el momento en que se encasilla a un intérprete en una tipología concreta de personaje en la creencia de que lo que ha vendido muchas entradas una vez, por fuerza, ha de seguir haciéndolo en el futuro. Y es que el bueno de Omar Sy parece abonado a los papeles de pícaro con buen corazón desde aquel que le granjeó celebridad y respeto.

En esta ocasión la historia nos traslada a la Francia de los años 50. El doctor Knock es un antiguo delincuente de poca monta que se ha sacado el título de medicina. Su llegada a la localidad de Saint Maurice provoca gran revuelo. Sus particulares métodos y su alma de granuja provocarán que los habitantes del pueblo vean síntomas y enfermedades donde no las hay; mientras, él se lucra y hace fortuna con ello.

El filme adapta libremente la novela de Jules Romains Dr. Knock o el triunfo de la medicina, anteriormente llevada al cine en 1951. Sus hechuras, la cuidada fotografía y la banda sonora cálida, agradable, de comedia romántica anglosajona que recuerda el estilo de Rachel Portman, parecen querer emular la atmósfera de cuento que tenía Chocolat, pueblecito singular incluido. El esfuerzo económico se aprecia tanto en la entidad de la producción como en la elección del cabeza de cartel, pero lo cierto es que, a pesar de estos mimbres, más allá de la presentación, en el momento en que se ha de desarrollar la trama el guión hace aguas.

Como espectador, en el momento en que uno es consciente de que aquello no acaba de funcionar tiende a desconectar. Tan solo podemos salvar del fuego la preciosa historia de amor, una joya dentro del naufragio general, y la actriz que representa el interés romántico del protagonista, Ana Giradot. Omar Sy, solo a ratos. Los destellos de calidad en su trabajo quedan ensombrecidos por el cliché que viene repitiendo cinta tras cinta desde su eclosión para el gran público. Sin un texto brillante y una buena dirección, algo que aquí se echa a faltar, su rendimiento baja notablemente.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Curiosa Films, Mona Films, Mars Films. Cortesía de Filmax. Reservados todos los derechos.
El doctor de la felicidad
Dirección: Lorraine Lévy
Guion: Lorraine Lévy, a partir de la obra de Jules Romains
Intérpretes: Omar Sy, Ana Giradot, Alex Lutz
Música: Cyrille Aufort
Fotografía: Emmanuel Soyer
Duración: 113 min.
Francia, Bélgica, 2017
Borg, el caballero de la raqueta, la elegancia personificada, el hombre de hielo, la ausencia de sentimientos, la técnica depurada, la perfección hecha tenis. McEnroe, el enfant terrible, el bocazas irredento, el talento insolente, la improvisación, el atrevimiento, la creatividad, los puntos imposibles, la efectividad a partir del caos. Nadie podría haber imaginado un par de carácteres tan antagónicos ni dos estilos de entender el juego así de contrapuestos, sin embargo, ambos estaban ungidos de genialidad y tenían mucho más en común de lo que pudiéramos imaginar.
1980. El apabullante prólogo nos sitúa en la pista central del All England Tennis Club. La final más esperada del torneo sobre hierba más prestigioso del mundo. En la catedral, el señor de Wimbledon, el número uno, ganador de las cuatro últimas ediciones, frente al advenedizo, la estrella emergente, el llamado a sustituirle al frente del ranking de la ATP. Todo se detiene. A partir de ahí, a través de flashbacks, la cinta realiza una introspección en las controvertidas personalidades detrás de los mitos, con revelaciones especialmente sorprendentes en el caso de Borg, del que apenas conocíamos nada y sobre el que pivota en mayor medida el guión.

Una radiografía del peso de la responsabilidad y de la fama y la constatación de que lo realmente complicado no es llegar a la cima sino mantenerse en ella. Un tratado de psicología del deporte no exento de la emoción y espectacularidad que ofrece la recreación de uno de los partidos míticos de la historia del tenis, rodado y montado como un thriller de suspense para ser disfrutado exactamente igual que si hubiésemos asistido al evento en directo. Si no lo vieron en su día o no lo recuerdan, no busquen información, lo agradecerán.

Borg/McEnroe trata, indirectamente, de la dificultad de regresar a lo más alto después de haber caído. Alude, por comparación, a un tipo como Rafael Nadal cuya capacidad, pundonor, voluntad, concentración, fuerza mental y confianza en sí mismo hacen de él un tipo que nunca se rinde a pesar de que, aparentemente, tenga todo perdido. Un fulano capaz de volver a ser el mejor cuando ya nadie daba un duro por él.

El largometraje que mejor ha sabido abordar el universo tenístico habría de estar, por fuerza, entre los más destacados filmes deportivos ya que trasciende su ámbito para hablar de competición pero también de amistad, de presión psicológica, de estrés, de autocontrol, de brillantez y excelencia, de controlar situaciones límite, de superarse a uno mismo, de ser perfecto por mandato, de estar obligado a ganar, de la dificultad de mantenerse en la cúspide, de la gestión de la popularidad, de perder el oremus, de bajarse del caballo del propio ego para dejarse aconsejar, de la rivalidad mal entendida y del respeto profesional, de fastidiarla y arrepentirse, de no saber pedir perdón a tiempo, de rectificar, de apreciar y elegir lo auténtico y desechar el oropel. Habla de que lo que sucede entre esas cuatro líneas de cal tiene mucho que ver con la vida.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © SF Studios Production AB, Danish Film Institute, Nordisk Film, SVT. Cortesía de A Contracorriente Films. Reservados todos los derechos.
Borg/McEnroe
Dirección: Janus Metz
Guion: Ronnie Sandahl
Intérpretes: Sverrir Gudnason, Shia Laboeuf, Stellan Skarsgård
Fotografía: Niels Thastum
Montaje: Per K. Kirkegaard, Per Sandholt
Duración: 107 min.
Suecia, Dinamarca, Finlandia, 2017
A Doug Liman lo conocimos y comenzamos a respetar, más que con Swingers, que supuso un hito en el cine independiente estadounidense, a través de su siguiente trabajo, Viviendo sin límites, un filme tan divertido como transgresor en torno a un trapicheo con drogas en el que una realización sorprendente y un montaje audaz nos brindaba un Rashomon para público adolescente de lo más entretenido. Esta película le abrió las puertas del cine de acción, en el que, tras inaugurar la saga Bourne, se convirtió en director de guardia del género; correcto, sin estridencias, aunque renunciando a la osadía que le había llevado hasta allí, con algún agradable amago de retorno a sus inicios como Al filo del mañana.
Con The Wall, un largometraje de muy bajo presupuesto, se enfrenta a otro tipo de reto que le ha permitido salirse de los esquemas del entretenimiento lleno explosiones y persecuciones al que parece abonado. Con apenas tres actores, uno de ellos tan solo presente mediante su voz, una única localización y en el espacio de unas horas ha de narrar, durante noventa minutos, las vicisitudes de dos soldados estadounidenses atrapados en el desierto por un letal francotirador iraquí, con el que mantienen contacto a través de la radio, del que simplemente les separa un frágil muro de piedra semiderruido, el del título.

Respetando escrupulosamente las tres reglas aristotélicas; unidad de acción, unidad de tiempo, unidad de lugar; asume la complicada misión de convertir en lenguaje cinematográfico atrayente lo que bien pudiera haber sido una obra de teatro. Algo solo al alcance de genios como Joseph L. Mankievicz (La huella) o de artesanos con mucho oficio de la talla de Joel Schumacher (Última llamada) o John Badham (A la hora señalada). Si unimos lo formal a lo argumental nos encontramos que estos tres precedentes convergen en un ejercicio narrativo tan interesante como Buried, pirueta con cuádruple mortal del visionario Rodrigo Cortés de Concursante.

Un bombón, en cuanto al desafío fílmico, aunque también un caramelo envenenado por la dificultad de mantener la tensión durante el total del metraje con tan escasos elementos de los que echar mano. Por más que el tramo final aparezca impactante y consiga cerrar satisfactoriamente la historia, el lastre que deja un inicio falto de gancho y un desarrollo reiterativo y monótono hiere de muerte un proyecto que podría haber resultado atractivo.

Para que una cinta de este tipo funcione y mantenga a la audiencia pegada a la butaca de principio a fin se hace absolutamente necesario un guión ingenioso, con unos diálogos más incisivos y brillantes, y una realización que consiga que olvidemos el origen cuasi teatral del texto y aproveche todas las posibilidades que le brinda el medio audiovisual, algo perfectamente al alcance del primer Doug Liman pero que parece olvidado por el actual, que ha perdido la chispa, la frescura y la improvisación de la que aquel joven cineasta sin complejos hacía gala.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Amazon Studios, Big Indie Pictures, Picrow. Cortesía A Contracorriente Films. Reservados todos los derechos.
The Wall
Director: Doug Liman
Guion: Dwain Worrell
Intérpretes: Aaron Taylor-Johnson, John Cena, Laith Nakli
Fotografía: Roman Vasyanov
Montaje: Julia Bloch
Duración: 88 min.
Estados Unidos, 2017
Un soldado que va al campo de batalla a quitar vidas y a jugarse la suya propia necesita un motivo por el que luchar. El jefe del equipo de doce hombres que se van a embarcar en la temeraria misión que narra esta película recibe de su superior una piedra de color negro: «esta es su razón Nelson». Se trata de un cascote recogido unas semanas antes de entre los restos del ataque a las Torres Gemelas. Estamos en el otoño de 2001, en un campamento del ejército estadounidense en Uzbekistán, cerca de la frontera con Afganistán, y lo que a continuación se va a contar traslada a la pantalla el operativo militar real descrito en el libro Soldados a caballo de Doug Stanton.

La televisión habla del crecimiento exponencial de las acciones terroristas de Al Qaeda al mando de Osama Bin Laden en distintos lugares del mundo. Ubica su centro de operaciones en territorio afgano. Un pelotón de ejercicios cerca Fort Campbell, Kentucky, observa cuatro cazas que pasan rasantes sobre sus cabezas. El mando que va a dejar de liderarlos para ocupar un cargo de despacho (Chris Hemsworth) se despide de su esposa camino de la oficina. Los acontecimientos dan un giro radical cuando a las 9 de la mañana de ese fatídico 11 de septiembre los relojes se paran. El grupo entero tendrá que viajar hacia Asia mientras sus familias, aspecto cuidadosamente reflejado en el filme, se despiden de ellos de diferentes maneras pero con una misma preocupación.

En una primera hora modélica el ritmo no nos deja apenas respirar. El planteamiento de la historia, ese equipo de las Fuerzas Especiales liderado por un capitán novato en combate que es trasladado a Afganistán para unirse a un señor de la guerra con el fin de derrocar a los talibanes, resulta tan atrayente como la presentación de quienes van a tomar parte en tan arriesgado cometido.

La relación entre Dostum, ese caudillo uzbeko de la Alianza del Norte, y Nelson, el capitán estadounidense, nos va a ofrecer lo más vistoso de este trabajo. Todo su discurso desactiva y contrapesa ese típico «somos la policía del mundo» que con tanta prepotencia y paternalismo arguye inicialmente el yanqui: «te encuentras en mi país, yo lucho por mi tierra, vosotros os iréis cuando esto termine pero nosotros nos quedaremos aquí». El guión pone en su sitio y hace reflexionar tanto al personaje de Hemsworth como al público con un tono que se aleja bastante del panfleto patriotero del tipo de El último superviviente aportando más realismo y menos épica.

De no ser por una flagrante falta de celo en el montaje estaríamos hablando de una obra notable en lugar de una simplemente interesante. Qué lástima que esa agilidad y tensión iniciales desaparezcan cuando el largometraje se estanca en el asalto al feudo talibán. Minutos redundantes que llevan el metraje hasta más allá de las dos horas cuando de haberse quedado en 90 o 100 minutos habría superado con creces las expectativas suscitadas.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Alcon Entertainment, Jerry Bruckheimer Films, Black Label Media, Lionsgate, Torridon Films. Cortesía Entertainment One España. Reservados todos los derechos.
12 Valientes
Dirección: Nicolai Fuglsig
Guion: Ted Tally y Peter Craig, basado en el libro Soldados a caballo de Doug Stanton
Intérpretes: Chris Hemsworth, Michael Shannon, Navid Negahban
Música: Lorne Balfe
Fotografía: Rasmus Videbaek
Duración: 130 min.
Estados Unidos, 2018
La acción se detiene, cuando más tensión se respira y se ignora qué rumbo pueden tomar los acontecimientos, para dar paso a un montaje de primeros planos de todos los implicados en los sucesos reales que aquí se narran. El secuestro del vuelo de Air France entre Tel Aviv y París del 27 de junio de 1976 y su desvío al aeropuerto de Entebbe, Uganda, por parte de miembros de Células Revolucionarias de Alemania y del Frente Popular para la Liberación de Palestina que amenazaron con matar a los pasajeros de no cumplirse sus exigencias de liberación de presos. En esa secuencia, acompañada de música dramática, podemos ver a Isaac Rabin, Primer Ministro de Israel, a Simón Peres, ministro de defensa, a un secuestrador palestino, a dos germanos, a un soldado hebreo, al dictador ugandés Idi Amín, a la tripulación francesa, a los viajeros judíos y a la novia bailarina del soldado.

Este instante plasma la vocación del complejo guión de reflejar cada uno de los puntos de vista de cuantos estuvieron implicados en este terrible suceso de la forma más objetiva posible para que el espectador extraiga sus propias conclusiones con la intención, en última instancia, de que este acontecimiento puntual sirva para reflexionar sobre el proceso de paz entre Israel y Palestina, actualmente en punto muerto.

El brasileño José Padilha, que debutó en 2007 con la magnífica Tropa de élite, sigue la misma metodología que utilizó en su ópera prima. Analizar el conflicto como alguien que lo mira desde fuera. Abarcar cada una de sus partes y desarrollar las certezas y las dudas que pueden asaltar a los interfectos, pero sobre todo, y esto es lo más interesante, la disparidad de pareceres entre unos y otros dentro de sus respectivas organizaciones.

El revolucionario alemán encarnado por Daniel Brühl, que proviene de una familia acomodada, ha optado por apoyar la causa palestina para, según sus propias palabras, sacudir conciencias. Uno de los secuestradores palestinos le argumenta que para él aquello parece un juego de niño rico, que si él tuviese elección no dudaría en quedarse en la seguridad de su confortable casa teutona, pero que su mujer y sus hijos han sido asesinados en un campo de refugiados y no tiene otra opción que estar allí, que privar de libertad a todas esas personas para presionar al gobierno de Israel y obligarles a negociar.

En el otro lado de la ecuación se dirime lo más atrayente de este largometraje. La relación entre Rabin, premier israelí, deseoso de que en algún momento se diese la coyuntura para llegar a un acuerdo con los palestinos con el fin de lograr la paz en la región, y abierto, en este caso, a hablar con los secuestradores, y su Ministro de Defensa, Peres, cerrado en banda a ningún tipo de negociación y proponiendo una respuesta armada como solución. Asistimos a lo que nunca trasciende. La difícil gestión de una crisis con rehenes en la que se encuentran en juego muchas vidas inocentes.

Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright imágenes © Participant Media, Pellikola, Working Title Films. Cortesía Entertainment One España. Reservados todos los derechos.
7 días en Entebbe
Dirección: José Padilha
Guión: Gregory Burke
Intérpretes: Rosamund Pike, Daniel Brühl, Eddie Marsan
Música: Rodrigo Amarante
Fotografía: Lula Carvalho
Montaje: Daniel Rezende
Duración: 107 min.
Reino Unido, Estados Unidos, 2018