Todavía es de noche aunque casi ha amanecido. Desde el asiento trasero de una furgoneta se recorta la silueta del tipo que conduce. Aparca junto a la entrada de una cerrajería. A través de planos detalle salpicados en apenas un par de segundos abre el candado de la puerta, desconecta la alarma y enciende las luces. Una de las bombillas se funde. Por fin vemos su rostro. El fulano, que regenta el negocio, aparenta unos sesenta años, tiene el pelo largo, alguna que otra cana, largas patillas, perilla descuidada, usa gafas y viste un pendiente en la oreja izquierda que le da el aspecto de quien no ha querido envejecer. Sustituye la bombilla estropeada, pero el filamento vuelve a saltar. Comienza a sonar música evocadora. La voz en off de Manglehorn recita pausadamente las frases que su temblorosa mano escribe en una carta. Soy un hombre herido, Clara, tengo verdadero dolor en mi corazón. El volumen sube mientras leemos en unos créditos jalonados de detalles de sobres, sellos y marcas de franqueo, “devolver al remitente”. Clara hace tiempo que no recibe sus epístolas.
Nadie habría imaginado un principio tan prometedor teniendo en cuenta los precedentes de su director, David Gordon Green (Superfumados), aunque el hecho de que este trabajo hubiese sido seleccionado por el Festival de Venecia podía augurar que esta vez había mimbres para construir un buen cesto.

El filme cuenta la historia de un excéntrico y huraño cerrajero que tiene el corazón roto desde que perdió, muchos años atrás, a la única mujer que amó e intenta rehacer su vida con la ayuda de una amiga. El abrumador sentimiento de culpa todavía alimenta los últimos rescoldos de aquel amor que no supo cuidar y al que dejó marchar. La idealización del pasado le impide vivir el presente y avanzar hacia el futuro. Se encuentra atascado como el intestino de su pobre gato, al que aprecia más que a las personas que tiene a su alrededor.

La verdadera lástima en lo que se refiere a esta película radica en el hecho de que da la sensación de que quienes decidieron llevar adelante el proyecto se dijeron: contamos con un comienzo con fuerza, con un buen final y con Al Pacino, el resto ya lo iremos puliendo. En ese sentido se trata de otro miembro del club de cintas como Boyhood, en las que el desarrollo entre dos puntos perfectamente definidos y cuidados se convierte en un difuso y tortuoso camino.

Pacino y una Holly Hunter que luce orgullosas arrugas resultan atractivos puntos de enganche con el espectador. Incluso la realización se viene arriba vistiendo de sobreimpresiones los fragmentos de voz en off, sin duda lo más destacado de la cinta. El resto, anodino y apocado en lo que a planificación y despliegue visual se refiere. El moroso desarrollo de la trama, desgraciadamente, no termina de funcionar en ningún momento por más que ese juego metafórico que se desgrana a lo largo de todo el argumento llene de sentido el final de la historia.

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Señor Manglehorn
Dirección: David Gordon Green
Guión: Paul Logan
Intérpretes: Al Pacino, Holly Hunter, Harmony Korine
Música: Explosions in the Sky, David Wingo
Duración: 97 min.
Estados Unidos, 2014
Actriz, cantante, empresaria teatral. Se movió en el cine, el teatro, la revista y hasta en la televisión. Ahora hace mutis por el foro, como al final de su tema más emblemático en el que nos agradecía las atenciones prestadas. Desde http://www.vivazapata.net nuestro pequeño homenaje a esta mujer valiente en una época en que el protagonismo y la iniciativa de las mujeres no estaba precisamente en boga y que nos enseñó a amar la comedia, el vodevil y la revista y que tocó todos los palos creativos e impulsó el arte a través de la gestión del emblemático teatro de La Latina. Recordamos su presencia en versiones cómicas de éxitos de Hollywood como La graduada o Le llamaban la madrina, a las órdenes de Mariano Ozores, y en títulos emblemáticos como La tonta del bote o Dos chicas de revista, en dos de los papeles que la lanzaron al estrellato. Gracias por todo, gracias a ti, Lina.
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Un frustrado escritor americano (Kevin Kline) cuya relación con su padre ha sido más bien tirante durante toda su vida, acaba de heredar un suntuoso apartamento en París. Pronto se dará cuenta de que las cosas no son exactamente así. Lo que ha recibido como última voluntad de su progenitor es un “viager”: un piso comprado por una pequeña cantidad cuyo pago se completa abonando una renta mensual al propietario que seguirá viviendo en el mismo hasta su fallecimiento, momento en que el inmueble pasará definitivamente a ser propiedad del comprador; el precio final dependerá de la longevidad del vendedor. Con lo que, en la práctica, lo que a día de hoy posee este hombre no es sino una deuda con las inquilinas de la casa, la nonagenaria dueña (Maggie Smith) y su hija (Kristin Scott Thomas), que no parecen dispuestas a renunciar a sus derechos. Teniendo en cuenta que ha invertido sus últimos ahorros en el billete que le llevó a París, cual pasaporte para enterrar un deprimente pasado y comenzar de cero, el panorama que se le presenta no resulta nada halagüeño.
El dramaturgo Israel Horovitz en su primer trabajo para el cine adapta su propia obra de teatro, un texto que reflexiona sobre temas universales como el hecho de ser fiel a uno mismo e intentar ser feliz y que habla del amor a destiempo, de ese que surge en un momento inoportuno pero al que no se puede renunciar porque sin él la vida carecería de sentido. Dedica su ópera prima a dos grandes de la escena como Ionesco y Beckett. Una sentencia de este último encierra el significado de la tormenta de sentimientos encontrados que sobrevuela a sus tres personajes: “si tú no me amas, nadie me amará”.

Es una lástima que una temática tan potente se vea empañada por la impericia de realizador primerizo de Horovitz. No ha sabido darse cuenta de que hay determinados códigos dramáticos que no funcionan del mismo modo al trasladarlos literalmente de las tablas a la pantalla. En el momento en el que estalla el conflicto, momento culminante de la cinta, los diálogos se vuelven excesivamente literarios y los excelentes intérpretes aparecen sobreactuados, declamando de manera afectada, adoleciendo el conjunto de una evidente herencia escénica que un director falto de cintura cinematográfica no ha sabido contrarrestar aportando naturalidad y frescura a esos parlamentos. Podría decirse que el autor cuenta con la coartada de hacer del personaje de Kevin Kline un literato, pero eso no excusa ni justifica lo redicho, esdrújulo y ridículo de determinadas expresiones en su boca, especialmente durante sus delirios de borrachera, momento en el que más salta a la vista la teatralidad de la puesta en escena y el amaneramiento de un, por otro lado, excelente actor.

Más allá del momentáneo naufragio, la intensidad argumental, los duelos interpretativos y un final fluido y agradable hacen de este trabajo un, a pesar de todo, interesante acercamiento a los sentimientos más íntimos tan difíciles de verbalizar en ocasiones.

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Mi casa en París
Dirección: Israel Horovitz
Guión: Israel Horovitz a partir de su propia obra de teatro
Intérpretes: Kevin Kline, Maggie Smith, Kristin Scott Thomas
Música: Mark Orton
Duración: 107 min.
Reino Unido, Francia, Estados Unidos, 2014
La cámara se desliza suavemente sobre las aguas del Sena al son de un acordeón dibujando la plácida y tranquila noche parisina. Los créditos van apareciendo aquí y allá, parsimoniosamente. Todo es quietud. De pronto, la música cesa abruptamente. El travelling se detiene. A la izquierda de la imagen un puente. Se escucha un frenazo. Un hombre sale volando por encima del pretil para aterrizar en las frías aguas del río. Otro se apresura a saltar en su ayuda desde la orilla. Fondo negro. El efecto que deja borrosa la pantalla se va disipando. El improvisado bañista despierta en un hospital, maltrecho, dolorido y con su pierna derecha totalmente cubierta por una escayola.

Bon rétablissement! es el nombre de la novela en la que se basa esta película y su título original en francés. Significa algo así como “¡que te mejores!”. El accidentado, al escucharlo, en un tono un tanto cascarrabias, contesta: “¡qué expresión tan estúpida!”. Unos días para recordar nos va a contar la larga convalecencia (tras la rotura de su cadera y una fractura abierta de tibia y peroné no es para menos) de este sesentón viudo, misántropo y solitario.

A más de uno nos ha tocado vivir o compartir, por desgracia, los tiempos muertos que se pasan en un centro médico. En esta ocasión se ha querido reflejar el lado luminoso de esa situación y aprovechar para, con el humor como arma, acercar al espectador una lúcida aproximación, de la mano del protagonista, a conceptos de peso como la vejez, la soledad, la familia (o la ausencia de ella) y, en suma, la misma vida, sin olvidar temas sociales y actuales como la crisis y sus consecuencias.

El director Jean Becker, a partir del texto de Marie-Sabine Roger, refleja distintas sensibilidades por medio de un caleidoscopio de curiosos personajes que se dan cita en torno al eje central de la historia, Pierre Laurent. Su salvador es un chapero que esperaba una cita bajo el puente, la enérgica enfermera jefe que sufre mal de amores, el hermano bonachón que acude a visitarle, el amigo sibarita que le lleva vino a escondidas, el policía al que el atropellado le recuerda a su padre, el estrambótico fisioterapeuta con una ligera vena sádica, una ex amante que todavía le recuerda con cariño y la misteriosa niña de la tercera planta que le roba el ordenador portátil para acceder a Facebook. Un abanico de personalidades que sirve al realizador para desnudar sentimentalmente al convaleciente y, de paso, conseguir del público una actitud activa a la hora de asimilar lo que se le está contando.

Nos encontramos ante una comedia amable, sin mayores pretensiones, que se ve con una sonrisa en la boca, que no busca la carcajada sino una estimulante invitación a la reflexión a través de la identificación con este enfermo brillantemente interpretado por Gérard Lanvin. Y todo eso en el margen de 81 minutos, que en estos tiempos de duraciones en torno a las dos horas es muy de agradecer.

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Unos días para recordar
Dirección: Jean Becker
Guión: Jean Becker, Jean-Loup Dabadie, Marie-Sabine Roger a partir de la novela de Roger
Intérpretes: Gérard Lanvin, Anne-Sophie Lapix, Jean-Pierre Darroussin
Música: Nathaniel Méchaly
Duración: 81 min.
Francia, 2014
El principal crédito con el que cuenta este trabajo se lo ha otorgado James Cameron reconociéndolo como el tercer filme oficial de la franquicia que él mismo creó y llevó a las más altas cotas gracias a Terminator (1984) y Terminator2: El juicio final (1991). De esta forma ha sido planteada desde el punto de vista argumental, obviando el tremendo despropósito en el que se convirtió Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) y la reciente puesta al día que se pretendía con Terminator Salvation (2009).
La trama de Terminator Génesis parte de los acontecimientos inmediatamente anteriores al comienzo de la cinta primigenia, del momento, en 2029, en que Kyle Reese viaja a 1984 para proteger a Sarah Connor del robot que ha sido enviado para asesinarla y evitar así que conciba al futuro líder de la resistencia. En un curioso juego de espejos dramático, la misión de Reese esta vez consistirá en acabar con el causante de que las máquinas se apoderen de la tierra, el superordenador Skynet, antes de su génesis.
El guión no duda en retornar al territorio de los dos primeros Terminators. La media hora inicial, un continuo déjà vu repleto de guiños y referencias para deleite de los más nostálgicos, se contempla con la sonrisa de quien regresa a su adolescencia por unos instantes. Hasta entonces, con Regreso al futuro 2 en mente, los escritores han sabido intercalar esas secuencias “robadas” de modo que complementan y enriquecen el argumento. Llegados al punto en el que aparecen hasta seis ubicaciones cronológicas diferentes, la trama se convierte en un tremendo galimatías espacio-temporal sin una explicación que tenga cierta lógica dentro de la temática fantástica en la que nos movemos.

El espectador tiene dos opciones, intentar seguir las peregrinas justificaciones y terminar por desquiciarse y abstraerse de lo que se le está contando, o desistir de posibles elucubraciones y abandonarse a disfrutar de lo que queda de metraje. En este último caso disfrutará de cine de acción que se deja ver pero que se encuentra a años luz de las interesantes propuestas que siempre aporta un visionario del género como Cameron.

Jai Courtney como Kyle Reese, retomando el papel de Michael Biehn, se encontrará con una Sarah Connor que ya no tiene el físico de Linda Hamilton, sino el de la televisiva Emilia Clarke, muy alejada de su rol en Juego de tronos. La tercera pieza del puzzle no podría ser otro que un inimitable Arnold Schwarzenegger que encarna al T-800, el androide protector de la segunda cinta. Sus irónicas intervenciones y sus réplicas llenas de socarronería conforman lo mejor de este trabajo; contienen, sin duda, lo más genuino de la saga, por el personaje en sí, pero también por el peculiar sentido del humor que destilan sus frases. Muy por encima del resto de diálogos un tanto ingenuos e infantiles, impropios de un filme con vocación de dignificar a los que le han precedido. Un mito del cine como Terminator merecía, cuanto menos, un enfoque a la altura de las circunstancias.

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Terminator Génesis
Dirección: Alan Taylor
Guion: Laeta Kalogridis y Patrick Lussier
Intérpretes: Arnold Schwarzenneger, Emilia Clarke, Jai Courtney
Música: Lorne Balfe
Duración: 126 min.
Estados Unidos, 2015
Cuando un personaje secundario llama la atención hasta el punto de convertirse en un auténtico «robaescenas” y se hace con el favor del público, incluso por encima de los protagonistas, los productores de turno no dudan en darle su propia película o serie para que demuestre por sí mismo su capacidad de atracción. Este fenómeno se viene denominando con el término anglosajón spin off.
Allá por 2010 unos pequeños seres amarillos enfundados en unos pintorescos petos vaqueros, con unos enormes ojos redondos pertrechados tras unas curiosas gafas protectoras robaron el corazón de propios y extraños en una magnífica película de animación que mostraba que hasta los más malvados pueden tener su lado más tierno. El filme era Gru, mi villano favorito y esos curiosos seres, los Minions, cuya traducción literal del inglés explica su función principal: esbirros, encantados de servir al más maléfico de los amos. Esta cinta les da la oportunidad de demostrar que sus aventuras tienen la suficiente consistencia para mantener el interés durante noventa minutos.
Planteada como una evolución de sus andanzas a lo largo de la historia (incluida su gestación durante la era de los dinosaurios) en un divertidísimo prólogo, la trama termina por centrarse en 1968 para enlazar, cerrando el círculo, con el trabajo en el que debutaron. En el escenario de un Londres con toques retrofuturistas, los tres más valientes, Kevin, Stuart y Bob, acudirán a la convención mundial de malos, malísimos para postularse como secuaces de la estrella de los súper villanos, Scarlett Overkill.

La pareja de realizadores ha sabido aprovechar desde el minuto cero las posibilidades cómicas del rasgo más característico de los Minions: su voz (doblada por uno de ellos, Pierre Coffin). Ese peculiar dialecto que chapurrean que los hace tan graciosos e inimitables se encuentra formado por expresiones de varios idiomas y recuerda al lenguaje onomatopéyico de La oveja Shaun. Además, no han querido descuidar al público adulto trufando su trabajo tanto de referencias cinéfilas, que van de la gamberrada moderna de Austin Powers al clasicismo acrobático de Cantando bajo la lluvia, como musicales, gracias al Abbey road de los Beatles y a un personaje clavadito al Freddy Mercury del videoclip de I want to break free, amén de una selección de temas con lo mejor de los 60 y 70.

Más allá de las omnipresentes risas, la cinta tiene momentos para la ternura, no en vano el trío protagonista es un trasunto del que formaban las entrañables niñas que fueron capaces de derretir el corazón de ogro de Gru, arrancándonos unas lagrimillas. En este caso no vamos a llegar a ese punto de brillantez y emoción, pero lo ameno, entretenido e hilarante de la propuesta refrescará el tórrido verano con unas saludables carcajadas. Ah, y si yo fuera vosotros, niños y niñas, no dejaría a vuestros padres, abuelos o tíos salir del cine antes de la sorpresa que os vais a encontrar al final de los créditos, a más de uno se le va a desencajar la cadera…
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Los Minions
Dirección: Kyle Balda y Pierre Coffin
Guión: Brian Lynch
Intérpretes (en la versión doblada): Alexandra Jiménez, Quim Gutiérrez, Florentino Fernández
Música: Heitor Pereira
Duración: 91 min.
Estados Unidos, 2015
El hombre de hierro, el hombre de acero, el hombre araña, el hombre murciélago. Uno, aunque no sea un fan devoto de los cómics, lleva familiarizado con estas denominaciones de superhéroes prácticamente desde que tiene uso de razón. Por eso, y por la poco profunda cultura dentro del género de la viñeta, cuando saltó a la palestra la nota de prensa que anunciaba el rodaje de una película que versaba sobre el hombre hormiga, la primera reacción fue comprobar que no nos encontrábamos leyendo una de esas noticias que aparecen en la sección de acontecimientos insólitos. Spider-man o Batman se encuentran envueltos de un halo de glamur e incluso de cierta mística, pero Ant-man… Que me perdonen los duchos en la materia, pero la primera reacción fue de extrañeza. Ni siquiera conseguía visualizarlo levemente.
A posteriori la opinión cambia radicalmente. La ventaja que uno tiene cuando acude con la mente en blanco al visionado de una película radica en que va preparado para que le sorprendan y en la curiosidad, sobre todo en este caso, por saber cómo se había materializado esa idea tan singular de superhéroe. El resultado es una película de aventuras y acción con toques irónicos que, dentro del arquetípico corsé en el que se mueven este tipo de filmes, funciona a todos los niveles.

¿Las claves? Unos efectos especiales y unas soluciones visuales imaginativas que se adentran en el fascinante mundo de los documentales entomológicos sin dejar de mirarse en el espejo de clásicos del cine de ciencia ficción como Viaje alucinante o 2001: Una odisea del espacio. Un buen guión que cuida de que no decaiga el ritmo con unos diálogos donde el sarcasmo y el humor encuentran el tono exacto, y que se nutre de recursos cómicos que traspasan el negro sobre blanco para llegar a la pantalla, como los impagables chivatazos que recibe el colega del protagonista. Un realizador, Peyton Reed, buen director de actores que demuestra no encontrarse nada incómodo a la hora de abordar secuencias de acción. Y un reparto perfectamente equilibrado donde nadie desentona, con la sorpresa de Paul Rudd, de eminente formación cómica, que encarna al perfecto héroe por accidente. Se trata de una propuesta que, a diferencia de muchas de las cintas del género, bucea en el lado oscuro de los personajes. Todos tienen alguna mancha que los hace imperfectos.

La historia sigue la estructura de La máscara del Zorro. El veterano héroe original (Michael Douglas) escoge a un sucesor (Paul Rudd) al que entrena y prepara para que recoja el testigo. Junto a su hija (Evangeline Lily), interés romántico del novato, trabajarán para derrocar a su ambicioso ex colaborador (Corey Stoll) que posee la tecnología necesaria para desarrollar la chaqueta amarilla, que otorgaría a quien la portase las cualidades de una hormiga, incluida una fuerza sobrehumana que le permita levantar cincuenta veces su peso.

Cine refrescante y entretenido con un acabado formal muy trabajado y que da lo que ofrece: acción, aventura, ingenio y mucho sentido del humor.

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Ant-man
Dirección: Peyton Reed
Guión: Edgar Wright, Joe Cornish, Adam McKay y Paul Rudd
Música: Christophe Beck
Intérpretes: Paul Rudd, Michael Douglas, Evageline Lilly
Fotografía: Russell Carpenter
Duración: 117 min.
Estados Unidos, 2015
Un tipo como Paul Feig que proviene de la comedia desmadrada, tanto en la televisión (The office) como en el cine (La boda de mi mejor amiga), ni en sus mejores sueños podría imaginar ver cumplido su secreto anhelo de hacerse cargo de un capítulo de la serie 007. Su currículo y su sentido común le dictaban que la única oportunidad de acercarse remotamente a algo parecido consistía en escribir, producir y dirigir él mismo la película.
Dadas sus credenciales podríamos esperar de él una sátira o una parodia del género, al estilo de Johnny English o Superagente 86. Feig en cambio ha escogido el mismo camino que Kingsman, que tan gratamente nos sorprendió a principios de año. Sin llegar a la brillantez de su predecesora, el cineasta de Illinois ha dado con la clave para que un producto de este estilo funcione: una trama sólida y totalmente verosímil y la acción y tensión genuinas de este tipo de filmes vestidas con el sentido del humor gamberro, grosero e incluso escatológico marca de la casa que emana de los personajes.
Dentro de la trama de espionaje al estilo jamesbondiano, en la que la secretaria de la CIA interpretada por Melissa McCarthy ha de salir de la oficina para infiltrarse en una red de traficantes de armas para interceptar la venta de una potente bomba e impedir una crisis mundial, el ritmo no decae ni un solo segundo, con lo que, sin excesivas concesiones a la genialidad, nos encontramos ante un divertimento muy entretenido. El único pero que se le puede poner reside en su tendencia a juguetear constantemente en el límite de lo excesivo hasta el punto de sobrepasarlo en varias ocasiones. Tal vez le sobren un par de vueltas a la tuerca de lo corrosivo que a veces se adentra en el peligroso territorio de lo chabacano.

Esa comicidad un tanto pasada de rosca y la procacidad del lenguaje denota que el filme se encuentra orientado a un público adulto capaz de captar los dobles sentidos de los diálogos amén de la multitud de referencias y guiños a todo tipo de iconos culturales que van de lo televisivo a lo musical, sin olvidar lo obviamente cinematográfico.

Aunque este humor de trazo grueso no resulte apto para todo tipo de paladares las carcajadas no van a dejar de oírse a lo largo de la proyección y es que el descaro de esta gamberrada fílmica se sustenta, además de en el divertido guión, en el trabajo de los intérpretes. Paul Feig, que conoce perfectamente a su protagonista, saca lo mejor de una Melissa McCarthy contenida dentro de su exceso habitual y que encuentra el punto de locura exacto sin sucumbir a la tentación de la sobreactuación. Pero quien se lleva la palma es un Jason Statham que acaba por ganarse el respeto de este que escribe sabiendo reírse de sí mismo y del tipo de personaje arquetípico que está habituado a encarnar. Su sorprendente vis cómica proporciona las momentos más hilarantes de la cinta.

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Espías
Dirección y guión: Paul Feig
Intérpretes: Melissa McCarthy, Jason Statham, Rose Byrne, Jude Law
Música: Theodore Shapiro
Fotografía: Robert D. Yeoman
Duración: 120 min.
Estados Unidos, 2015
Lo más cercano que puede haber a tener en brazos a un hijo recién nacido es acunar la diminuta humanidad de una sobrinilla que apenas ocupa el espacio de un antebrazo mientras, a través de mohines, la pequeña transmite su curiosidad y su sensación de comodidad al tiempo de entrecerrar unos expresivos ojuelos, que intuyen más que ven, arrullada por la cálida voz susurrante de su anonadado tío. Por más que uno mira y remira, los movimientos de sus bracitos y sus graciosas expresiones faciales no aclaran el misterio: ¿qué estará ocurriendo ahora mismo dentro de esa inquieta cabecita.
Tras haber disfrutado con esta película resulta imposible no observar a esa niña sin dejar de preguntarse cómo se forman y de qué modo funcionan esas recién adquiridas emociones que, sin duda, se adivinan a través de su innata elocuencia gestual. Esa sonrisa que transmite alegría, el ceño fruncido a causa de la ira, los labios torcidos en señal de asco, las manitas protectoras como parapeto ante el miedo y las primeras lagrimillas de inconsolable tristeza.
La filosofía de Pixar de disfrazar trabajos adultos, complejos y profundos (Wall-E, Up o cualquiera de los tres títulos de la saga Toy Story) de película para niños acaba de alumbrar una digna sucesora, esta Del revés donde los humanos pasan a ser secundarios ante el protagonismo de la brillante personalización de nuestras propias emociones primarias. Sí, esas a las que hemos conocido en el anterior párrafo: alegría, ira, asco, miedo y tristeza. Ellas pilotan el control central de lo que sucede en la confusa mente de Riley, una niña de 11 años que afronta el conflictivo periodo de la transición hacia la adolescencia.

La desbordante imaginación de la factoría capitaneada por John Lasseter ha plasmado el interior del cerebro humano a través de una epatante dirección artística que parece desarrollada a partir de los fascinantes diseños que aparecían en Rompe Ralph. Las soluciones formales que metaforizan conceptos tan profundamente abstractos como el subconsciente o la memoria funcionan perfectamente articuladas dentro de un guión comandado fundamentalmente por la coherencia narrativa, que sabe entrar en el espacio de la emoción sin olvidar el sentido del humor.
Se trata, pues, de un trabajo que, gracias a su madurez, se encuentra muchos escalones por encima de los filmes de animación que habitualmente se dirigen al público infantil, abordando a esa parte de sus interlocutores como a espectadores y no como a niños. Una propuesta de lo más estimulante que cambiará la forma en que todos nos vemos por dentro y que, sin duda, proporcionará horas y horas de conversaciones intergeneracionales en las que, probablemente, sean los más pequeños los que terminen por llevar la voz cantante explicando los intrincados conceptos de nuestra arquitectura mental de la forma más sencilla del mundo, de la misma en la que se hace oír este cine con corazoncito no exento de didactismo que habla, a través de hermosas metáforas visuales, de lo que somos y de lo que estamos hechos.
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Del revés
Dirección e historia: Pete Docter y Ronaldo del Carmen
Guión: Meg LeFauve, Josh Cooley, Pete Docter
Intérpretes(voces en la versión original): Amy Poehler, Bill Hader, Kaitlyn Dias
Música: Michael Giacchino
Duración: 94 min.
Estados Unidos, 2015
Después de una temporada sin haber podido acercaros las novedades cinematográficas volvemos con fuerza desde http://www.vivazapata.net con un aluvión de nuevas críticas entre las que se encuentran Espías, Los Minions, Terminator Génesis, Ant-Man y Del revés, a cuyo estreno asistimos la pasada semana y que es la primera que os vamos a acercar, mañana viernes 26 de julio.
Se trata de una película notable y de una crítica diferente ya que está inspirada por alguien muy especial, mi sobrina Ane Zapata, que vino al mundo el pasado 29 de junio y a la que quiero dedicársela.
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