Allan Stewart Königsberg, Woody Allen para el gran público, se puede encuadrar perfectamente en ese grupo de cineastas que están considerados como grandes directores de actrices o escriben jugosos papeles para ellas o que engloban ambas circunstancias. Un club al que también pertenecerían genios de la talla de George Cukor o Pedro Almodóvar. Realizadores que a su vez han conseguido que sus estrellas femeninas opten a los más importantes galardones e incluso se hagan con ellos. Allen tiene el honor de haber conducido a cuatro actrices a ganar el Oscar. Diane Keaton por Annie Hall (1977) fue la única que consiguió el premio a la mejor actriz del año, las otras tres lo hicieron en la categoría de actriz de reparto. Diane Wiest, en dos ocasiones, Hannah y sus hermanas (1986) y Balas sobre Broadway (1994), Mira Sorvino encarnando a la prostituta cariñosa de Poderosa Afrodita (1995) y Penélope Cruz por su temperamental María Elena en Vicky, Cristina, Barcelona (2008).
En 2014 este selecto grupo podría tener una nueva componente, la australiana Cate Blanchett, protagonista total y absoluta de Blue Jasmine, nuevo filme del neoyorquino que nos trae a estas líneas. Su nombre lleva sonando con fuerza desde las primeras proyecciones de la película, cuanto menos para figurar entre las cinco finalistas a los prestigiosos premios de la Academia. El complejo personaje que encarna podría haberse convertido en un bombón envenenado en las manos equivocadas pero la intérprete sabe sacarle todo su jugo y es digna merecedora de todos los elogios que su trabajo ha despertado.
El ritmo frenético que ha llevado Woody Allen desde el principio de su carrera habiendo estrenado prácticamente un largometraje por año significa que, teniendo en cuenta que además de dirigir ha escrito los guiones de todos y cada uno de ellos, entre los más de 40 filmes con los que cuenta hay desde obras maestras hasta algún que otro trabajo mediocre, con lo que su producción en términos generales podría calificarse de sobresaliente. A un director de este calibre, acostumbrado a alcanzar niveles de satisfacción considerables en el espectador aficionado a su cine, siempre se le exige más que a otros que habitualmente no rayan a tal altura, con lo que en ocasiones se pueda ser más severo de lo debido y tachar de obra menor un trabajo que en otras manos se calificaría de notable. Con Blue Jasmine nos encontramos, bajo el punto de vista de este que escribe, a riesgo de ser injusto y en contra de gran parte de la crítica que ya ha alabado sus virtudes, en este último caso.
Se trata de una película pertrechada tras una sólida estructura que alterna flashbacks que subrayan la peripecia actual de la protagonista y las razones que le han llevado al estado depresivo en el que se encuentra (el título también ahonda en esta cuestión, podría traducirse como “Triste Jasmine”). Pero más allá de ese armazón, y a pesar del encomiable trabajo de su protagonista, el filme te deja frío. Carece de alma. Le falta chispa, la que le podría dar el hecho de que se pudiese empatizar con esta atribulada mujer. No llega a ser un drama pero, a pesar de tener elementos graciosos, no termina de romper en comedia. Se queda a medio camino entre dos géneros y esa indefinición termina por desorientar al espectador respecto a cómo tiene que ir asimilando lo que se le está contando. No se puede decir que sea una muy buena película pero tampoco es un mal trabajo, dejémoslo en interesante con el aliciente de asistir a una brillante interpretación de una gran actriz, Cate Blanchett.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
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Blue Jasmine
Director: Woody Allen
Intérpretes: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins
Duración: 93 min.
USA, 2013
Pep Guardiola dijo tras ganar el Mundialito de Clubes el pasado19 de diciembre que no se consideraba el rey del mundo. James Cameron, al contrario, se autocoronó doce años antes, con la frase que popularizó Leonardo Di Caprio, al recoger el Oscar a la mejor película por Titanic. En su momento sonó pretencioso e incluso ridículo, pero a juzgar por la ovación que, espontáneamente, el público que nos rodeaba en la sesión de noche de Avatar tributó a la película de Cameron, para mucha gente se está acercando a la realeza, a la excelencia que le convierta en el rey del cine de entretenimiento con mensaje, con permiso del señor Spielberg.
Como decíamos más arriba doce años han pasado desde el anterior trabajo de Cameron, el que llevó al Olimpo de Hollywood a este canadiense de 55 años: Titanic. Ese enorme lapso de tiempo se ha debido a la necesidad de que fuese desarrollada la tecnología que se precisaba para rodar este ambicioso proyecto, que en 1997 era inviable, y lo cierto es que el resultado ha merecido la pena, al menos visualmente. La versión en 3D es lo más espectacular visto en una sala de cine. Un despliegue sin igual de efectos especiales que integra perfectamente escenarios naturales con escenarios virtuales y personajes reales con personajes digitales animados a partir de los movimientos y la interpretación de actores de carne y hueso.
Cameron ha sido capaz de crear un nuevo mundo tanto fuera de la pantalla como dentro de ella. Avatar va a marcar un antes y un después en el modo de rodar, al menos en lo que a cine de acción se refiere y la recreación del imaginario planeta Pandora, lugar donde se desarrolla la acción, es simplemente un prodigio, un alarde de imaginación, un trabajo excelente de dirección artística, un deleite para la vista y el oído. Y es que visualmente el trabajo de Cameron es impresionante, lo nunca visto en la gran pantalla. Uno asistiría boquiabierto y ojiplático a la proyección de tamaña maravilla de no ser porque la historia ya la hemos visto mil y una veces. Lo que no nos hace dejar de considerar las dos horas y cuarenta y cinco minutos de metraje como un espectáculo para los sentidos.
Pero volvamos a la parte más débil de este mastodóntico proyecto: el guión. Cameron ha participado en los guiones de todos sus trabajos, en algunas ocasiones acompañado por prestigiosos profesionales como en el caso de Terminator (1985), pero en la mayoría de los casos en solitario. No cabe duda alguna de que James Cameron tiene un sexto sentido a la hora de visualizar sus historias y de plasmarlas en celuloide, se trata de un director visionario que siempre ha ido un paso por delante del resto, llegando a crear su propia compañía de efectos especiales: Digital Domain. Del mismo modo el punto débil de los filmes del canadiense ha sido siempre el guión, que en ocasiones no ha estado a la altura del resto de elementos.
En esta ocasión, y es una verdadera lástima, sucede así, y que conste que esto no es óbice para no disfrutar del festín visual que se nos presenta. Avatar no adolece de falta de ritmo pero la trama y algunos de los personajes son sospechosamente similares a los de una película que protagonizó Tom Berenger en 1995, Los últimos guerreros. También cuenta con elementos que aparecen en películas de marcado tono ecologista como Los últimos días del Edén, con Sean Connery. Queda claro que en la próxima ceremonia de los Oscar James Cameron no subirá a recoger el premio al mejor guión pero ya pueden prepararse sus colaboradores e incluso él mismo, figura en los créditos como uno de los tres montadores de la película, para recoger unos cuantos galardones de los llamados técnicos. Avatar es lo nunca visto, un hito en la historia del cine en cuanto a la forma rodar y a la espectacularidad del resultado. Lástima de ese guión tan trillado y tan pueril en ocasiones, la originalidad hay que buscarla en las imágenes.
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Copyright de las imágenes © 2013 Twentieth Century Fox film Corporation, Dune Entertainment, Ingenious Film Partners, Lightstorm Entertainment. Cortesía de 20th Century Fox España. Reservados todos los derechos.
Avatar
Director: James Cameron
Intérpretes: Sam Worthington, Sigourney Weaver, Zoë Saldaña
Duración: 162 min.
USA, 2009
La última película de Woody Allen, protagonizada por la australiana Cate Blanchett, ha creado gran expectación y se estrena este próximo viernes. En breve tendréis por aquí la crítica, que la disfrutéis.
El pasado viernes 1 de noviembre Teatro Contraste inauguró el IV Festival de Teatro del Tercer Sector de Tafalla con un salón de actos de la Casa de Cultura lleno a rebosar para ver El florido pensil. Se colgó el cartel de no hay billetes, señal inequívoca de la creciente aceptación que edición tras edición ha ido ganando el certamen por méritos propios. Este año se ha visto reconocido por EscenAmateur siendo una de las cuatro muestras nacionales galardonadas con los sellos de calidad que concede esta asociación que desde 2009 se ocupa de impulsar y promocionar el teatro amateur en España, lo que sitúa a Tafalla como punto de referencia para grupos y asociaciones a lo largo y ancho de la piel de toro. En este 2013 una de las novedades en cuanto a los premios se refiere reside en el hecho de que se vuelve a establecer la distinción del “Reconocimiento del público” mediante la que los espectadores, con sus votaciones, galardonarán a la obra que mayor aceptación haya tenido de entre las cuatro participantes en la sección oficial.
Para abrir el Festival, fuera de concurso, se ha invitado al grupo asturiano Teatro Contraste con una obra, El florido pensil de Andrés Sopeña Monsalve, que tras permanecer durante casi un lustro en cartel en teatros de toda la geografía española de la mano de Tanttaka Teatroa fue llevada al cine con desigual suerte en 2002 por Juan José Porto.
Contraste nos propuso meternos en esta peculiar máquina del tiempo para regresar a esa escuela nacional católica que bajo el lema de “la letra con sangre entra” aleccionó a los sufridos escolares de la España franquista de posguerra, aquellos que cantaban la letra del himno que aparecía en la Enciclopedia Álvarez (“fuiste de glorias florido pensil…”) sin saber muy bien lo que estaban diciendo.
El público de cierta edad que ve perfectamente reflejadas en la obra vivencias y circunstancias propias sonríe e incluso ríe a carcajadas con determinados pasajes pero no puede dejar de torcer el gesto cuando recapacita y piensa en lo que subyace detrás de esas chanzas. Sopeña reflejó en tono de comedia toda la negrura y la oscuridad de una época. Detrás de cada gag se esconde un episodio escabroso que va desde la violencia hasta el abuso sexual con los estamentos del clero y el ejército como protagonistas y con Franco como telón de fondo.
Ahí nos encontramos con ese cura, que enseña ortografía, con una excesiva querencia por alguno de sus alumnos o ese legionario mutilado encargado de la educación física en una parodia que recuerda al Peter Sellers más desatado y estrambótico de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, un excéntrico Dr. Strangelove cuyo brazo derecho saltaba como un resorte para repetir una y otra vez el saludo fascista. Los actores de Teatro Contraste han sabido saltar de sus personajes de niños a estos peculiares docentes con resolución. Los cuatro intérpretes se bastan para incorporar a los cuatro adultos que aparecen al principio de la obra, a los niños que fueron en esos recuerdos en forma de flashbacks, a sus odiosos profesores e incluso a sus padres y demás familia.
La ambientación musical combinando temas de películas como Desayuno con diamantes o Lawrence de Arabia, incluso la reconocible sintonía del NO-DO o canciones de los 50 y 60, además de proporcionar agilidad en el cambio de escenas, sumergen al espectador en la época en la que sucede la obra. Y es que este Florido pensil supone un regreso a la infancia para la generación de nuestros padres y abuelos, unos días nada idílicos en la mayoría de los casos, algo así, salvando las distancias (muchas, ciertamente),como lo que para los que ahora rondamos los cuarenta ha sido esa visita nostálgica a nuestra niñez de los años 80 con el monólogo de Eduardo Aldán Espinete no existe. En definitiva, un buen prólogo para las cuatro interesantes funciones que a partir del viernes 8 completarán este mes de noviembre lleno de teatro en la ciudad del Cidacos.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Teatro Contraste, Gabalzeka Teatro, Patronato de Cultura Ayuntamiento de Tafalla. Reservados todos los derechos.
El florido pensil
Teatro Contraste
Villaviciosa – Asturias
Un empleado es llamado a una reunión. Acude a ella intranquilo, con el presentimiento de que algo no va bien del todo. Se sienta ante una mesa tras la que le espera un tipo trajeado, con media sonrisa. Un tipo al que no ha visto antes en su empresa. Se encuentra allí para decirle que su empleo ya no está disponible y que se tome el tiempo que considere oportuno para recoger sus cosas. Es el hombre que ha enviado la empresa a la que ha contratado el cobarde de su jefe para despedirle, es Ryan Bingham, el protagonista de Up in the air. Y quién mejor para interpretarle que un seductor nato como George Clooney. Al menos eso fue lo que pensó Jason Reitman cuando tuvo que buscar a alguien que pudiese transmitir el aplomo necesario para despedir a alguien sin parecer un monstruo frío y sin entrañas.
El guión de Up in the air desarrolla temáticas de distinta índole pero sabe complementarlas perfectamente para hacerlas resultar igualmente interesantes sin que unas resten importancia a las otras. En primer lugar la curiosa idiosincrasia de las empresas que se dedican a comunicar despidos en otras empresas, su forma de trabajar, su cultura de empresa, el choque generacional de una brillante recién licenciada y el veterano profesional con su peculiar forma de proceder y una ética del trabajo basada en la honestidad. En un segundo plano, pero sin dejar de estar conectado con lo anteriormente citado, se encuentran las relaciones de estos dos personajes con la gente a la que tienen que despedir. Ahí destaca ese tacto especial que el personaje de Clooney pone en el desempeño de su infausta labor. Ese celo por preservar en la medida de lo posible la dignidad de la persona a la que está despojando de su trabajo. Una idea que nos lleva a pensar en el tratado de la dignidad que supuso en su momento la excelente novela Los restos del día de Kazuo Ishiguro. Un rasgo definitorio de la personalidad de Ryan Bingham y que este trata de transmitir a su joven colega, interpretada por la también novata Anna Kendrick.
El tercer vértice de esta mezcla de temáticas lo componen las distintas maneras que tienen las personas de enfrentarse a la noticia de un despido. El hallazgo de Jason Reitman para reflejar con meridiana honestidad esta realidad ha sido grabar entrevistas realizadas a personas que acababan de perder su empleo y montar las reacciones más emotivas como contraplano de los protagonistas. En un cuarto nivel, pero no por ello menos importante, queda la dimensión personal de los protagonistas. Resulta muy interesante el reflejo de la vida que llevan los profesionales que pasan más días del año fuera de sus casas que en ellas por mor de su empleo. Los aeropuertos, los hoteles, sus relaciones con otra gente en su misma situación. La línea argumental que muestra la evolución de la situación entre el personaje de Clooney y el de Vera Farmiga refleja el paso al siglo veintiuno de uno de los temas recurrentes en el cine de todas las épocas: las relaciones casuales entre hombres y mujeres que coinciden por trabajo en entornos distintos al suyo propio. Una muy interesante vuelta de tuerca de una trama compleja y absorbente.
Y por último lugar, como elemento integrador de las anteriores tramas se encuentra Ryan Bingham. El centro de todo esto es el personaje de George Clooney, alguien con una filosofía de vida muy particular basada en la ausencia de ataduras de ningún tipo, independiente, sin implicaciones emocionales profundas por ningún lugar o persona. Alguien a quien le gusta llevar su particular mochila lo más vacía posible. El problema, el conflicto, surgirá en el instante en que se llegue a cuestionar este modo de vida, en el momento en que decida empezar a llenar su mochila.
Pero Up in the air va más allá de su guión. Reitman, como en sus anteriores trabajos, arropa una buena historia con una realización brillante. Busca formas ingeniosas de narrar que no estén por encima del contenido sino que lo complementen y que lo potencien. Las excelentes secuencias de montaje donde Clooney/Bingham hace el equipaje para salir de viaje son un buen ejemplo de cómo Reitman transforma secuencias de transición, intrascendentes en otro tipo de película, en pequeñas piezas que añadan contenido e interés a la historia. Reitman consigue maravillar a partes iguales al ojo y al oído, al intelecto y al sentido del entretenimiento y la sensación de desasosiego, de agobio, de puñetazo en el estómago al final de la proyección engrandece todo lo que se nos ha presentado antes como una comedia ligera con toques dramáticos.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Paramount Pictures, Cold Spring Pictures, Dreamworks Pictures, . Cortesía de Paramount Pictures España. Reservados todos los derechos.
Director: Jason Reitman
Intérpretes: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick
Duración: 109 min.
USA, 2010
Aprovechando la emisión ayer por televisión de la tercera película dirigida por Jason Reitman publicaremos en breve la crítica que en su día escribimos sobre este interesante trabajo y os animamos a que reviséis las muy interesantes Gracias por fumar y Juno.
Ya está casi lista la crítica del nuevo trabajo de Richard Curtis, director de Love actually y guionista, además de esta, de Notting Hill y Cuatro bodas y un funeral y de las series televisivas La víbora negra, Mister Bean y de los irreverentes guiñoles británicos Spitting Image. Un tipo de lo más interesante.
Baga, biga, higa. Basta ya de Halloween. Laga, boga, sega. Olvidémonos de Salem. Zai, zoi, bele. Brujas de Eastwick, ¡adiós! Arma, tiro, ¡pun!
El sortilegio para el akelarre no está en inglés, la cultura anglosajona nada tiene que ver. Todo, el gorro, la escoba entre las piernas, la salida por la ventana volando, todo, es una contribución al acervo cultural popular que proviene del Valle del Baztán, del norte de Navarra, de la mismísima frontera. Y quienes pronuncian el conjuro no se expresan en la lengua de Shakespeare, ni en la que escribía Cervantes, sino en la lingua navarrorum, en euskera. Estas brujas no viven en Massachussets, ni en Maryland, aunque sea la tierra de una reina, son de Zugarramurdi y básicamente forman un matriarcado, tienen poder y lo ejercen.
Siguiendo la estela de la magnífica secuencia de créditos de Balada triste de trompeta, al son del “Baga Biga” de Mikel Laboa, comienza a desplegarse un pequeño tratado, un recorrido por la figura de la mujer y su poder a lo largo de la Historia, en la sombra casi siempre, pero emergiendo a la superficie con el paso de los tiempos. Brujas, monarcas, mujeres ilustres, mujeres con el poder de las ideas, mujeres con el poder del dinero, mujeres con el poder político. La princesa Éboli, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo, Angela Merkel, Margaret Thatcher. La mezcla de reverencia y mala leche de estas imágenes no puede sino hacernos sonreír. Y el símbolo de todo este poder femenino queda encerrado en las formas contundentes de la Venus de Willendorf, la madre entre las madres, la diosa madre.
De todos es conocido que lo de Álex de la Iglesia no es precisamente el cine de arte y ensayo, pero, eso sí, tiene perfectamente claro lo que mejor sabe hacer y escoge ese camino sin vacilación ninguna. Lo que Hitchcock llamó, en su archiconocida entrevista con François Truffaut, run for cover. Es decir, después de un fracaso crítico él corría a refugiarse en la forma de contar historias en la que se desenvolvía como pez en el agua y estaba totalmente convencido que dominaba a la perfección. El cine del director de Acción mutante es excesivo, visceral, directo, y si en Balada triste de trompeta el resultado final se antojaba un tanto irregular, la vuelta a los brazos de su guionista de toda la vida, Jorge Guerricaechevarría, tras sus devaneos con el Daniel Monzón de Celda 211, que le reportaron un merecido Goya, ha aportado cierto equilibrio dentro del exacerbado barroquismo y la voluptuosidad formal que transmite la imaginería visual del director bilbaíno.
Se trata de un regreso al pasado por partida doble, ya que vuelve a repetir la fórmula que tanto éxito le reportó cuando su bagaje estaba formado por apenas dos largometrajes: esoterismo, acción y humor a raudales. Podríamos decir que estas Brujas de Zugarramurdi son primas lejanas de aquel fatídico Día de la Bestia.
El arranque es tan potente y el desarrollo tan entretenido y tan divertido por momentos que, por mucho que De la Iglesia vuelva a caer en vicios viejos, como esos finales interminables en los que se complica tanto la existencia, el hecho de ver sufrir a los dos guapos oficiales del cine español, Hugo Silva y Mario Casas, a manos de estas mujeres de armas tomar, con la gran Carmen Maura a la cabeza, compensa con creces esa vuelta de tuerca pasada de rosca en que se convierte el torbellino final de esta película.
Copyright del artículo © Manu Zapata Flamarique. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © 2013 Enrique Cerezo Producciones Cinematográficas S.A., La Ferme! Productions . Reservados todos los derechos.
Las brujas de Zugarrmurdi
Director: Álex de la Iglesia
Intérpretes: Carmen Maura, Hugo Silva, Mario Casas
Duración: 112 min.
España, 2013
























