Ajetreo, trasiego. Una mesa repleta de papeles y carpetas distribuidos en columnas. Xavier Legrand nos pone en los zapatos de la dueña de ese despacho. La jueza se dirige a la sala donde se va a producir una vista en la que una pareja divorciada dirime la custodia de sus hijos, una adolescente a punto de cumplir los dieciocho y un chaval de once. El plano, inspiración del cartel, recoge, en el centro geométrico, la figura de espaldas de esta mujer de leyes partiendo en dos mitades el cuadro y separando a la madre, a la izquierda, del padre, a la derecha. Sencilla y brillante introducción visual del tema principal haciéndonos partícipes de lo que allí se nos va a contar. Recuerda, en ese inicio tan poco pretencioso como efectivo, a otra obra maestra, Nader y Simin: una separación.

En una fantástica y absorbente secuencia de dieciocho minutos se nos expone el caso. La magistrada pregunta. Las respectivas abogadas responden. Los implicados intervienen brevemente. La mujer solicita la custodia completa de sus retoños alegando que tienen miedo de estar con su ex marido. Él lo niega completamente, alude a que no se les puede negar el cariño de su padre. Ambas partes se contradicen en sus testimonios. Quien tiene que tomar una decisión no es capaz de dirimir a ciencia cierta cuál de los dos miente y cuál dice la verdad, o si ambos faltan a la realidad, y así lo hace saber. ¿Quién tiene razón? Como audiencia objetiva no somos capaces de determinarlo tampoco. Esa dificultad es el reflejo de una realidad que se produce día a día en multitud de situaciones similares y que convierte a esta película en una crónica más que en una obra de ficción. Finalmente la presidenta del tribunal decreta la custodia compartida pero el niño no quiere ir con su progenitor, que amenaza con poner una denuncia.

Qué exquisito cuidado por los detalles y qué destreza para narrar gracias a las imágenes y el sonido, sin necesidad de diálogos, determinadas situaciones (atención al plano de los pies de la joven en el baño del colegio). Legrand compone sus encuadres de manera sobria pero elegante, llena de gusto y, sobre todo, de significado, sin influir en lo que está contando. Conscientemente (gran acierto) renuncia a la música. No hay banda sonora instrumental, ni una nota, precisamente, al igual que en el terreno visual, para no sobredramatizar ni dulcificar lo que se nos muestra. Para reflejar la vida tal cual, como si se tratase de un documental, y que, como público, la encajemos de esa manera. Tan solo una canción interpretada por la hija mayor en su fiesta de cumpleaños. No es ninguna casualidad que Proud Mary en versión de Ike y Tina Turner sea el tema escogido.

Simplemente advertir, sin dar más detalles, que se trata de una obra realista, durísima y escalofriante. El puñetazo en el estómago que vamos a recibir va a resultar doloroso pero tan pertinente como esta película.

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Custodia Compartida
Dirección y guión: Xavier Legrand
Intérpretes: Léa Drucker, Denis Ménochet, Thomas Gloria
Fotografía: Nathalie Durand
Montaje: Yorgos Lamprinos
Duración: 93 min.
Francia, 2017
Según el Guinness de los Récords Agatha Christie es la escritora que más libros ha vendido de la historia, solo las obras de William Shakespeare y la Biblia se sitúan por encima. Se trata, además, de la literata más versionada. Sus 154 adaptaciones al cine y la televisión, sin llegar a las más de mil del autor de Hamlet, el más prolífico en este apartado, suponen una cifra considerable.
La industria cinematográfica estadounidense y británica es muy dada a producir según modas o en aras de rentabilizar el éxito de un trabajo concreto en cintas similares. Ahora parece tocarle el turno a la reina del misterio. La buena acogida en taquilla de la (fallida) revisión de Kenneth Branagh de Asesinato en el Orient Express ha provocado que se prepare una nueva entrega de Muerte en el Nilo, a lo que hay que sumar un proyecto en torno a Testigo de cargo con Ben Affleck al mando.

La llegada de La casa torcida a las carteleras españolas responde tanto a las notables recaudaciones del largometraje de Branagh como a la fama de la fuente de la que bebe el guión. No hay más que echar un vistazo a las campañas publicitarias. ¿Cuál es el nombre que figura encima del título?

La trama se centra en un joven sabueso implicado en la investigación del envenenamiento de un magnate. Tendrá que interrogar a la numerosa y variopinta parentela del finado que habita una mansión victoriana llena de recovecos y oscuros rincones. Un cluedo desarrollado en un único escenario requeriría grandes dosis de ingenio para aportar dinamismo a la realización y atrapar así la atención del espectador durante las casi dos horas de duración, algo solo a la altura de un genio como Joseph Leo Mankiewicz y su absolutamente epatante La Huella o de la descacharrante cima de la parodia detectivesca que es Un cadáver a los postres.

Desgraciadamente nos encontramos ante un filme que aunque no llega a aburrir no termina de enganchar. Por más que cuente con un ganador del Óscar en las tareas de escritura se echa de menos mayor agilidad en el desarrollo de la acción y más valentía en el uso de las tijeras por parte de un director cuya labor en lo visual se reduce a una planificación funcional que no consigue conectar con la audiencia. De haber concretado el metraje en los canónicos noventa minutos el resultado final habría sido algo más aseado que con los excesivos ciento quince actuales.

Un cineasta con el colmillo retorcido como el inicialmente previsto Neil LaBute podría haber aprovechado mejor el material de partida para darle una vuelta de tuerca al guión y hurgar con bastante más mala baba en la sordidez de esta tenebrosa familia. La ausencia de carisma de su protagonista, Max Irons, con un bisoño personaje en las antípodas del mítico Poirot, tampoco ayuda, hasta el punto en que todo esto degenera en una alarmante falta de tensión, seña de identidad del género, que nos deja una película tan correcta como insípida.

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La casa torcida
Dirección: Gilles Paquet-Brenner
Guión: Julian Fellowes, Gilles Paquet-Brenner y Tim Rose Price según la novela homónima de Agatha Christie
Intérpretes: Max Irons, Stephanie Martini, Glenn Close
Música: Hugo de Chaire
Fotografía: Sebastian Winterø
Duración: 115 min.
Reino Unido, 2017
Después de muchos dimes y diretes, de tantos síes que terminan convertidos en noes, Isabelle, la cuarentona protagonista y el actor casado con el que ha salido esa noche terminan juntos e intensamente revueltos. La estimulante escena de cama ha sido sustituida por una elipsis. Con un esbozo de los prolegómenos y el momento de calma inmediatamente posterior a la tempestad, con los restos todavía humeantes del campo de batalla, Claire Denis deja que deduzcamos el ardor de lo que allí acaba de suceder. ¿Maldición por que se nos haya escamoteado un momento de sublime éxtasis carnal? En otra película, tal vez. ¡Albricias! Un soplo de aire fresco en forma de buena gramática cinematográfica después de interminables escenas dialogadas sin un propósito claro y mediocremente dotadas visualmente. Cine, por fin, en lugar de teatro filmado. Pero también un oasis, un espejismo en medio de un desierto de palabras faltas de lustre.

El guión busca indagar en el tortuoso camino de esta artista plástica parisina y madre divorciada en busca del amor verdadero que nunca ha podido encontrar.

La premisa, bien desarrollada, prometía un resultado interesante. Presentada como un melodrama con toques de comedia romántica a la francesa aparecía atractiva a priori. Y más contando con la presencia de la fantástica y admirada Juliette Binoche en el papel principal y el anunciado acompañamiento de dos pesos pesados del celuloide europeo como Valeria Bruni-Tedeschi y Gérard Depardieu. El premio a la mejor dirección en la Quincena de los Realizadores de Cannes 2017 añadía expectación. Aunque la coletilla «a la francesa» nos dejaba a expensas de lo mejor… o de lo peor. Ante las peculiaridades del cine galo (del que tanto disfrutamos) nunca se sabe.

Este largometraje nace lastrado por un problema estructural. El conflicto en torno al personaje alrededor del que gira el argumento carece de interés desde el momento en que somos conscientes de que es ella misma quien sabotea sus propias relaciones debido a su caótica personalidad. Lo más sangrante, más allá de la falta de empatía, es que deploramos muchas de sus actitudes hacia hombres que la pisotean emocionalmente y se aprovechan de ella.

La forma de sacar a flote un barco tan seriamente dañado hubiese sido intentar dar agilidad a un texto que adolece de extensísimas conversaciones redundantes, que confieren un carácter teatral a la cinta, mediante recursos estilísticos que lo emparentasen más con la imagen en movimiento que con los escenarios. Pero el mal se venía arrastrando desde la escritura. En un largometraje sustentado en las palabras hace falta ser tremendamente ingenioso e incluso divertir; un Richard Linklater de la época de Antes de amanecer. Aquí, desgraciadamente, por muy anunciada que se encontrase de antemano, la comedia brilla por su ausencia. Por no hablar de la microscópica y absurda presencia de Bruni-Tedeschi y la sorpresiva aparición, cuando ya nadie lo esperaba, de Depardieu. Ni siquiera el talento por arrobas de Juliette Binoche y su incontestable atractivo es capaz de salvar este trabajo del naufragio.

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Un sol interior
Dirección: Claire Denis
Guión: Christine Angot y Claire Denis
Intérpretes: Juliette Binoche, Xavier Beauvois, Philippe Katerine
Música: Stuart A. Staples
Fotografía: Agnès Godard
Duración: 94 min.
Francia, Bélgica, 2017
«La idea no articula las palabras, las palabras articulan la idea». Serge Gainsbourg. «La idiotez es un tipo que dice: “Me va bien, me conformo”, en lugar de motivarse pensando: “No sé lo suficiente, no veo lo suficiente, no hago lo suficiente”. La pereza está en el fondo de la idiotez como una capa de grasa alrededor del cerebro». Jaques Brel.
El poder del lenguaje que plantea el autor de Je t´aime… moi non plus y el inconformismo, la curiosidad y la capacidad de trabajo a los que alude el creador de Ne me quitte pas. Conceptos base de la tesis de esta película que aparecen en su prólogo y que aplicados a la dialéctica, elemento central de la trama, dan como resultado su título original, Le brio, que significa el ingenio.

Neila es la única a la que el portero exige el carnet de estudiante. En una universidad con alumnado de clase alta, una chica de los suburbios, de rasgos magrebíes, con vaqueros y sudadera no pasa desapercibida. El clasismo de esta primera escena termina por explotar cuando el profesor de derecho la toma con ella por llegar tarde y saca a relucir todo su cinismo para, de forma despreciable, dar rienda suelta a un discurso racista y xenófobo.

Tras las airadas quejas, el director le encomienda preparar a la vilipendiada, francesa de padres argelinos, para el concurso estatal de debate con el fin de redimirse, pero sobre todo para camuflar la imagen reaccionaria de la facultad.

El interesante guión aborda toda esa variedad temática a la que podemos añadir el machismo, no solo el de la sociedad, también el que todavía conservan la madre y abuela de la protagonista. El cóctel, en el que los dos ingredientes principales son esta alumna rebelde y su, aunque brillante, descreído y desagradable maestro, resulta verdaderamente explosivo.

De ese choque de trenes entre el veterano Daniel Auteuil y la ganadora del César a la actriz revelación, Camélia Jordana, sale lo mejor de este trabajo. La química entre ambos, ese aire de naturalidad y la manera en que evolucionan sus personajes constituyen una fuerza irresistible capaz de fijar nuestra atención.

El docente utiliza las 38 estratagemas que plantea Schopenhauer en El arte de tener razón para transmitir a su pupila, no solo los trucos para salir airosa en la contienda verbal, sino las armas para lograr y defender su propia independencia como futura abogada. El único pero achacable al texto, que en una cinta donde se defiende la emancipación y la capacidad de la mujer prácticamente todas las referencias cultas que aparecen pertenecen a hombres.

Aún así, qué estimulante este cine que apela a nuestra capacidad para pensar y actuar, que nos exhorta a desperezarnos y a dar un paso adelante y que nos deja como corolario la base de la abogacía (y de la política): para ganar el campeonato nacional de oratoria no hay por qué decir la verdad, basta con haber leído a Schopenhauer para retorcerla hasta hacer parecer que se está en posesión de la razón.

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Una razón brillante
Dirección: Yvan Attal
Guión: Victor Saint Macary, Yäel Langmann, Yvan Attal, Noé Debré
Intérpretes: Camélia Jordana, Daniel Auteuil, Yasin Houicha
Música: Michael Brook
Fotografía: Rémy Chevrin
Duración, 95 min.
Francia, Bélgica, 2018
La inquietante, imponente y sinfónica banda sonora sobre los créditos crea la atmósfera adecuada. Las notas se desvanecen. Emerge la ventisca. Frío. Pasos sobre el hielo. Una niña vestida de rojo. Un hombre de oscuro. La niña observa a los peces nadando bajo sus pies. Ellos otean despreocupados desde su prisión. Caminan hasta el bosque. Entre los árboles nevados, el hombre carga su rifle ante la atenta mirada de la niña. Unos pasos más y se detienen. Una cría de ciervo inocente e indefensa. El hombre levanta su rifle. Vuelve la música, esta vez mucho más cruda, introduciendo un elemento de tensión. El hombre gira el cañón hacia la niña, que no es consciente de lo que pasa porque sigue mirando al cervatillo. Eternos segundos. El hombre levanta el arma. Respira. No ha podido disparar. El animal escapa. Thelma, ignorante de cuanto acaba de ocurrir, vuelve la cabeza para mirar a su padre. Corta a negro. El título de la película aparece entre cegadores flashes blancos de luces estroboscópicas.

¿Quién puede matar a un niño? ¿Por qué alguien podría querer acabar con su propia hija? Escalofriante planteamiento que despierta nuestros miedos más ancestrales pero también la curiosidad por saber qué se esconde detrás de aquella atrocidad.

Un precioso y lejano plano cenital. Un campus universitario. Los estudiantes pululan como hormigas caminando de un lado a otro hasta que la cámara señala a alguien especial entre toda esa marabunta. Han pasado varios años. La niña, que ya ha crecido, recibe una llamada de sus progenitores. Ahí tenemos la cara del tipo que instantes antes tenía su dedo en el gatillo y la de la madre, que le habla desde una silla de ruedas y de cuyas palabras se deduce la naturaleza controladora motivo del telefonazo.

En apenas siete minutos, Joachim Trier consigue, además de dejarnos tocados y pegados al asiento, armar todo un prodigio de concisión narrativa construido con la precisión y la minuciosidad con la que un neurocirujano intervendría en nuestro cerebro. A través de los encuadres, del movimiento de los personajes dentro de cada plano, de la música, del montaje, utilizando todo el poder de la imagen y el sonido, introduce tal cantidad de información y de emociones en tan exiguo lapso de tiempo, y lo hace de manera tan sutil y brillante, que este fragmento debería ser objeto de estudio en todas las escuelas de cine.

Esa elegancia narrativa se encuentra presente a lo largo de todo el metraje y confiere a esta película un aura de misterio y turbadora frialdad que acentúa su carácter nórdico aplicado al terror psicológico para, en cuanto al tono, emparentarla con la magnífica Déjame entrar (la original sueca) que tanto nos hizo disfrutar sufriendo.

Cine de género que Noruega mandó como representación patria a los Óscar. La escalofriante historia de Thelma, cuya forma de entender la religión le lleva a tratar de negar lo que siente por una compañera, hecho que desata la aparición de unas habilidades, probablemente conectadas con lo sobrenatural, que ella misma desconocía.

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Thelma
Dirección: Joachim Trier
Guión: Eskil Vogt y Joachim Trier
Intérpretes: Eili Harboe, Kaya Wilkins, Henrik Rafaelsen
Música: Ola Fløttum
Fotografía: Jakob Ihre
Montaje: Olivier Bugge Couté
Duración: 116 min.
Noruega, Francia, Dinamarca, Suecia, 2017
En marzo de 2016 se convirtieron en todo un fenómeno. Las conocidas como Mamis de Badalona dejaron boquiabierta a la audiencia de un concurso de talentos televisivo con una ecléctica actuación que mezclaba diversos estilos de danza urbana. Estas mujeres en la cuarentena y la cincuentena, que se cansaron de esperar a que sus hijas saliesen de clase de street dance y decidieron apuntarse ellas mismas, son las que han inspirado esta cinta.
Fernando Colomo, tras el éxito y la frescura de Isla bonita, se ha unido a Yolanda García Serrano y a Joaquín Oristrell, copartícipe en sus éxitos Bajarse al moro y Alegre ma non troppo, para escribir esta película que parte de la peripecia vital de estas madres del extrarradio barcelonés que, debidamente aderezada y ficcionada, converge con una historia pegada a los tiempos de crisis que vivimos observados desde la perspectiva del amor, la unión y el feminismo.

Fidel (Paco León), jefe de recursos humanos de una importante empresa que acaba de dejar en la calle a más de trescientos trabajadores, cae en desgracia y es despedido a raíz de un incidente que no tarda en hacerse viral por internet. Intenta pasar desapercibido pero una cita con la que dice ser su madre biológica (Carmen Machi) lo cambia todo. Cuando el ejecutivo sufre una pérdida de memoria debido a un accidente ella, que trabaja como limpiadora y en sus ratos libres comparte escuela de baile con sus amigas, decide hacerse cargo de él.

Qué gran acierto utilizar la comedia como vehículo para la denuncia de situaciones de explotación laboral y de tantos micromachismos con los que convivimos día a día. Sin perder la sonrisa, el filme sabe poner el dedo en la llaga, pero deja un hálito de esperanza, una oportunidad de redención; reivindica la fuerza del grupo para sobreponerse a las desgracias que han hermanado a este ramillete de gladiadoras de la vida que en el proceso de tirar para adelante arrastran y ayudan a este tipo sin escrúpulos a encontrar algo dentro de él que le recuerde que todavía es persona.

Colomo se transforma en un Frank Capra costumbrista en una Badalona obrera y solidaria y habla, por encima de todo, del orgullo de ser madre a través de una Carmen Machi que rezuma naturalidad y sinceridad, y que hay que ver lo bien que se mueve a ritmo de hip hop. Tanto ella como Paco León; viejos conocidos con mucha, mucha química; sorprenden en su faceta danzarina en un trabajo en el que las carcajadas conviven con brillantes números musicales; magníficamente coreografiados por Maribel del Pino, debutante en las lides interpretativas y agradable sorpresa del largometraje; que dejan momentos para la emoción y la lágrima.

Un cóctel de elementos efectivo que funciona y en el que se han colado como secundarias de lujo algunas de las genuinas Mamis badalonesas junto a su estupenda profesora para transmitir ese optimismo y la alegría de vivir que estas luchadoras infatigables llevan dentro.

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La tribu
Dirección: Fernando Colomo
Guión: Fernando Colomo, Yolanda García Serrano y Joaquín Oristrell
Intérpretes: Paco León, Carmen Machi, Arlette Torres
Música: Vicente Ortiz Gimeno
Fotografía: Ángel Iguácel
Duración: 90 min.
España, 2018
Una simple invitación para presentar uno de los premios importantes de la noche le habría bastado a la Academia del cine español para tener a Javier Bardem y a Penélope Cruz en la ceremonia de entrega de los premios Goya. Sus forzadas nominaciones, además de dejar fuera del póquer de elegidos a candidatos que realmente lo merecían, resultaron tan innecesarias como extemporáneas.
Cuentan que tras rodar juntos Los lunes al sol en 2002, Fernando León de Aranoa y Javier Bardem comenzaron a desarrollar el proyecto de un filme biográfico en torno a Pablo Escobar, fundador del Cártel de Medellín. Al no encontrar el material adecuado ni el momento preciso, la empresa fue retrasándose en el tiempo apareciendo entre tanto en torno al personaje series de televisión, la más renombrada, Narcos, con el brasileño Wagner Moura en la piel del Patrón del Mal; varios documentales y una película, Escobar: Paraíso perdido, donde, a pesar de su papel secundario, Benicio del Toro helaba la sangre con la encarnación del capo colombiano.

En 2007 se publicó un libro que suscitó el interés de ambos; Amando a Pablo, odiando a Escobar; en el que la periodista Virginia Vallejo contaba su relación romántica con el narcotraficante y que ha acabado siendo la base de lo que aquí se cuenta. Aún así, distintas circunstancias fueron retrasando el momento de una filmación que, en las condiciones en las que se ha realizado, probablemente habría sido mejor no llevar a cabo.

Todo huele a precipitación al comprobar el decepcionante resultado final de una cinta que despertaba gran interés y enormes expectativas, tanto por la entidad de sus protagonistas como por el prestigio del realizador. A uno se le empiezan a caer los palos del sombrajo cuando escucha los primeros diálogos, no en la lengua de Cervantes, sino en la de Shakespeare; algo extraño, forzado, contra natura, acabamos de empezar y ya nos estamos desenganchando. Por mucho que el carácter de Escobar fluctuase entre lo monstruoso y lo vodevilesco, no resulta verosímil en ningún momento el barroquismo del que Bardem viste a su personaje; tan excesivo él como Penélope Cruz, terminan pasados de vueltas en unas sobreactuaciones que no funcionan ni convencen. Como tampoco lo hace el tono seudocómico, en contraste con las brutalidades que narra, de un guión fallido a todas luces con ese macarrónico inglés plagado de juramentos en español. En este caso la versión doblada le va a hacer un gran favor al largometraje.

Parece evidente que se ha rodado (y montado) a matacaballo. Da la sensación de prisa, de «lo hacemos ahora o lo dejamos pasar de largo», de que habría sido necesario más y mejor trabajo de preproducción. El resultado: dos de las peores interpretaciones de Bardem y Cruz y ni rastro de la personalidad de León de Aranoa. Algo aséptico, alimenticio y cercano a lo chapucero, nada que ver con lo anterior del director, la mucho más sencilla, mejor preparada, realizada e interpretada Un día perfecto. Un patinazo en toda regla para estos tres ilustres del cine español.

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Loving Pablo
Dirección: Fernando León de Aranoa
Guión: Fernando León de Aranoa, basado en el libro autobiográfico Amando a Pablo, odiando a Escobar de Virginia Vallejo
Intérpretes: Javier Bardem, Penélope Cruz, Peter Sarsgaard
Música: Federico Jusid
Fotografía: Alex Catalán
Duración: 123 min.
España, Bulgaria, 2017
Somos un gran país, pero si descubres que el gobierno te miente, eso cambia todo ¿no? El tipo barbado, cincuenta-y-muchos, inquiere al joven soldado. Chico, ¿cómo se vive allí? Bastante bien, pero nos odian a muerte. Eso me suena familiar, replica el veterano. Debemos de ser las únicas fuerzas invasoras de la historia que esperan caer bien.
La administración que le mentía al más talludito era la de Lyndon Johnson y la que lo hace a su interlocutor, la de George W. Bush. Vietnam e Irak, dos caras de la misma moneda. Estados Unidos y sus contiendas bélicas iniciadas con peregrinas excusas que dejaron un reguero de muchachos muertos, y de familias destrozadas, que defendían algo basado en mentiras.

2003, Norfolk, Virginia. «Doc» Shepherd, ex médico militar, entra en un bar. Han pasado treinta años y Sal Nealon, el trasnochado camarero, apenas le reconoce. Emprenden camino juntos y hacen un alto en una parroquia. Al reverendo Richard Mueller le sorprende tanto la visita como a ellos el radical vuelco que su viejo colega ha dado a su existencia. Doc ha reunido a sus antiguos compañeros de armas para que le ayuden a enterrar a su hijo, un joven marine muerto en la guerra de Irak.

El guión, repleto de frases memorables, obra de Darryl Ponicsan, autor de la novela original, y Richard Linklater, director, repasa cualquier tema, de lo cotidiano a lo trascendental, susceptible de pasar por la cabeza del estadounidense medio, buscando, desde la sinceridad, la perspectiva menos políticamente correcta.

Linklater se mueve como pez en el agua en un filme cosido de arriba a abajo por ingeniosos diálogos. Ha articulado éste como una película de carretera en la que el viaje físico comienza en coche, prosigue a bordo de un camión y concluye apeándose de un tren, y el interior reflexiona en torno a la sinrazón de la guerra, al ejército, a la política y los políticos, a la patria, a la fobia irracional (y ridícula) a todo lo que suene a musulmán, a la religión, al amor, a la necesidad de redención, a la sinceridad, a que a veces es mejor una mentira piadosa, a las adicciones, a la amistad, al paso del tiempo, a la muerte y, a través de ella, a la vida.

Lo que llama la atención es que algo que pudiese parecer de un primer vistazo teatral y aburrido, una concatenación de largas secuencias en las que los personajes hablan y hablan, nos enganche y consiga momentos realmente sublimes. El mérito reside, además de en haber escogido las palabras adecuadas, en tres fantásticos actores sin los cuales este trabajo podría haberse convertido en algo insoportable. La socarronería de Bryan Cranston, la piadosa mala uva de Laurence Fishburne, la contención de Steve Carell y la humanidad que este trío de lujo transmite por cada uno de sus poros son razón más que suficiente para acercarse a esta historia. Y, como guinda, la maravillosa ternura de Cicely Tyson. Cinco excelsos minutos que valen por todo un largometraje.

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La última bandera
Dirección: Richard Linklater
Guión: Richard Linklater y Darryl Ponicsan
Intérpretes: Bryan Cranston, Laurence Fishburne, Steve Carell
Música: Graham Reynolds
Fotografía: Shane F. Kelly
Duración: 125 min.
Estados Unidos, 2017
Mañana 3 de marzo, a partir de las 19 horas podremos disfrutar en el incomparable marco del Salón de Actos del Castillo de Marcilla de una de las películas más románticas de la historia del cine, si no la que más, Robin y Marian. Este cine fórum realizado por el área de cultura del Ayuntamiento de Marcilla en colaboración con la biblioteca de la localidad se encuadra en el proyecto Leyendas de Ayer, Bibliotecas de Mañana llevado a cabo por las bibliotecas de la zona media, basado en la literatura y las leyendas en torno a los castillos, monasterios, torres y palacios de esta importante área de Navarra donde vivimos y que históricamente fue zona fronteriza.
Hemos escogido Robin y Marian precísamente porque está rodada en su mayor parte en Navarra y, más en concreto, en el impresionante Cerco de Artajona, de modo que se adecuaba perfectamente al lema de este proyecto.

Este es el relato del reencuentro, de un amor que sobrevive después de veinte años. Volveremos a encontrarnos con todos los personajes míticos de la leyenda de Robin Hood dos décadas más tarde de las aventuras originales y disfrutaremos con la ironía, el sentido del humor y la aventura de un guión fantástico. Y después comentaremos todo lo que nos haya sugerido la película en un animado coloquio.
Quien quiera acercarse disfrutará de un clásico del cine. La entrada es gratuita.

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Al ver la cara de felicidad de un número uno como Javier Fernández al colgarse el bronce en los Juegos de Invierno de Pyeongchang uno es consciente de que, a pesar de que seas dos veces campeón del mundo y seis de Europa, no hay emoción descriptible capaz de equipararse a la que se siente al ganar una medalla olímpica representando a tu país.
Para una chica de los arrabales, curtida por una vida dura, salida de una familia desestructurada y con una madre, más que dominante, maltratadora física y psicológicamente, ése era su máximo sueño, la única manera de realizarse, de trascender a los prejuicios de sus conciudadanos y a los de los jueces que habían de seleccionarla en el equipo de patinaje artístico de Estados Unidos para Albertville 1992.

Tonya Harding llegó a decir que fue la segunda persona más conocida del mundo tras Bill Clinton, y no se equivocaba. Los ecos del incidente con esa otra patinadora… ¿cómo se llamaba? Exacto. Nadie recuerda a Nancy Kerrigan, pero el nombre de la protagonista del infausto suceso ha permanecido indeleble en nuestra memoria todos estos años.

Pero, ¿quién es/fue Tonya Harding? ¿Realimente tuvo algo que ver con aquello con lo que todavía se le relaciona? Este guión se basa en distintas entrevistas a cuantos se vieron envueltos en el desgraciado episodio que le hizo pasar a la posteridad y nos recuerda que lo que vamos a escuchar es, a pesar de lo contradictorio de su naturaleza, absolutamente real y nada irónico.

Se estructura en dos mitades perfectamente diferenciadas. La primera, al estilo del mejor Scorsese, narra la intrincada trayectoria vital de esta mujer desde su niñez. Avasalladora visualmente, juega con movimientos de steady-cam, con un montaje ágil, vertiginoso, digno de un Óscar (ojalá), que se apoya en una magnífica selección musical acorde a la época retratada, y rompe, con descaro e irreverencia, la cuarta pared para hacer que los personajes hablen directamente al espectador. En la segunda hora el genio neoyorkino comparte influencias con el delirio de la chapuza al borde del absurdo del Fargo de los hermanos Coen.

Al frente de este proyecto, con una gran valentía y el olfato para detectar que detrás de esta historia había una gran película, la australiana Margot Robbie. Ella produce y, más que encarnar, se mimetiza completamente con la polémica deportista en una interpretación que, de no ser por la gran Frances McDormand, le habría reportado la dorada estatuilla. La que sí se la va a llevar a casa es la fantástica Allison Janney, una actriz todoterreno a la que descubrimos en El ala oeste de la Casa Blanca. Perfecta, impecable y absolutamente despreciable como progenitora manipuladora y egoísta.

Sería imperdonable dejar de ver un largometraje que se encuentra entre lo mejor que concurre este año en la temporada de grandes premios. Un filme que hubiera merecido mayor reconocimiento por parte de la Academia. Una reivindicación del ídolo caído, de esta eterna luchadora contra el infausto destino que le tenía reservado la vida, Tonya Harding.

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Copyright imágenes © ClubHouse Pictures, LuckyChap Entertainment. Cortesía de Entertainment One Spain. Reservados todos los derechos.
Yo, Tonya
Director: Craig Gillespie
Guión: Steven Rogers
Intérpretes: Margot Robbie, Allison Janney, Sebastian Stan
Montaje: Tatiana S. Riegel
Música: Peter Nashel
Fotografía: Nicolas Karakatsanis
Duración: 120 min.
Estados Unidos, 2017