A tenor de lo que conocemos de los finlandeses a raíz de las películas de su director más internacional, Aki Kaurismäki, podríamos deducir que son fríos, callados y peculiares, a la manera un tanto extravagante que tiene de retratarlos el realizador nórdico. Una quinta parte de los largometrajes producidos en la nación escandinava desde los años 80 lleva la firma de este curioso fulano y la de su hermano Mika. Pero lo cierto es que en el país de los mil lagos hay cine más allá de los Kaurismäki.
La clase de esgrima, obra de Klaus Härö, estética y narrativamente bebe del clasicismo, distanciándose del estilo de sus singulares compatriotas, pero no puede esconder un intimismo acentuado por el laconismo, parece ser endémico, de la forma de ser finesa, pese a no renunciar en ningún momento a un sentido de la emoción y el espectáculo más cercano a lo comercial que al arte y ensayo.

Tras representar a Finlandia en los pasados Globos de Oro, este filme se coló en la penúltima criba que seleccionaba a las nueve cintas que podrían optar a la candidatura al Óscar a la película de habla no inglesa a pesar de basarse en una historia real sucedida, curiosamente, en la vecina Estonia.

Endel Nelis es un joven que se refugia en el pueblecito de Haapsalu en 1952, cuando la república báltica formaba parte de la Unión Soviética. Ha salido de Leningrado huyendo de la policía secreta del régimen de Stalin y encuentra un trabajo como profesor de educación física. Allí comienza a enseñar a sus alumnos su gran pasión, el esgrima, pero las circunstancias le obligarán a optar entre su propia seguridad y los anhelos de unos estudiantes que terminan por verlo como un padre.

La cámara ubicada a espaladas del protagonista lo persigue insistentemente desde la primera secuencia para mostrarnos de manera elegante y discreta cómo se ve constantemente acechado. De un modo tan sencillo como efectivo, este recurso que se repite a lo largo del metraje subraya el subtexto que activa en nuestro subconsciente la sensación de peligro real al que queda expuesto este tipo. Sutil detalle de economía narrativa que forma parte del ejemplar estilo conciso y directo, que evita cualquier detalle superfluo, mediante el que se transmite esta historia, consiguiendo que cada uno de sus 93 minutos valga su peso en oro.

Habrá quien, para rebajar las cualidades y valores de este trabajo, se agarre al clavo ardiendo de las conexiones que pueden surgir con aquella maravillosa parábola sobre la enseñanza que fue El club de los poetas muertos o con epopeyas sobre hitos deportivos al estilo de Hoosiers y lo tache de convencional. Pero lo cierto es que el hemisferio racional de nuestro cerebro nos indica que nos encontramos ante un imponente trabajo de dirección fílmica que se completa a través de lo emocional gracias a una emotividad a flor de piel que nos arranca conmovedoras lágrimas de sincera satisfacción.

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La clase de esgrima
Dirección: Klaus Härö
Guión: Anna Heinämaa
Intérpretes: Märt Avandi, Liisa Koppel, Lembit Ulfsak
Música: Gert Wilden Jr.
Fotografía: Tuomo Hutri
Duración: 93 min.
Finlandia, Estonia, Alemania 2015
Julio de 2013, Ahora me ves… rompió taquillas convirtiéndose en el gran éxito del verano. Se centraba en el mundo del ilusionismo a gran escala, aquel con el que David Copperfield sobrecogía a propios y extraños en los años 80 (no en vano se le reconoce con un curioso crédito: “Magia inspirada por… ”). A la hora de intentar reeditar la fructífera cosecha con esta segunda entrega se ha contado con el showman como co productor, con lo que parece más que probable que su supervisión haya ayudado a perfeccionar los números que aparecen en el filme.
Un año después de burlar al FBI ganándose el cariño del público con sus espectáculos de magia robinhoodescos, los Cuatro Jinetes regresan para destapar las poco éticas prácticas de un magnate de la tecnología. Algo falla, un misterioso niño prodigio de la ciencia secuestra a los prestidigitadores y les chantajea obligándoles a robar un chip en Macao. Han perdido la mano, ahora son ellos los que tienen que intentar darle la vuelta al calcetín.

No cabía mucho que esperar del californiano de origen chino Jon M. Chu, cuyo currículum incluye documentales musicales sobre Justin Bieber y cintas de acción de segunda como G.I. Joe: la venganza. En su labor se ha ceñido a trasladar (de forma epatante, todo sea dicho) a imágenes el libreto de Ed Solomon que calca la estructura del filme original: un prólogo que nos lleva a la niñez de uno de los personajes que enlaza con un presente en el que una serie de acontecimientos provocará el regreso de esos fantasmas del pasado a las ajetreadas vidas de los protagonistas. Eso sí, la presencia de pesos pesados de la interpretación como Morgan Freeman y Michael Caine supone siempre un aliciente, sin olvidar a los ya consagrados Mark Ruffalo y Jesse Eisenberg, y la aparición de un Daniel Radcliffe aprovechado para ironizar sobre su paso por Hogwarts.

Ante esta cinta lo suyo sería dejarse llevar y saborear los trucos sin prestar demasiada atención a la trama; si intentamos entenderla nos vamos a perder en la maraña de explicaciones pergeñadas para establecer la sofisticación de una narración que no deja de jugar en ningún momento con el espectador, hasta el punto de utilizar trampas de guión que, de ser detectadas, nos podrían chafar el festín. Y es que los fuegos de artificio visuales que combinan efectos especiales, sonido, música (la envolvente banda sonora de Brian Tyler viste de una atmósfera sobrenatural las impactantes imágenes) y montaje merecen tanto la pena que resulta preferible sumergirse en el espectáculo sin racionalizar, sin mayor pretensión que abandonarse al disfrute, y deleitarse con el divertimento de poco más de dos horas que se nos presenta.

Parecería excesivo citar a un premio Nobel de literatura para glosar esta película, pero la mítica frase de Sir Winston Churchill hablando de Rusia, “es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma“, se ajusta como un guante a la hora de describir lo que acabamos de ver.

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Ahora me ves 2
Dirección: Jon M. Chu
Guión: Ed Solomon
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Mark Ruffalo, Woody Harrelson
Música: Brian Tyler
Fotografía: Peter Deming
Duración: 129 min.
Estados Unidos, 2016
El catalán Jaume Collet-Serra se ha colgado la nada desdeñable etiqueta de director por encargo capaz de sacar adelante proyectos arriesgados. Y lo hace añadiendo un toque personal que diferencia y enriquece las cintas que pasan por sus manos, una impronta que han sabido reconocer en el competitivo mercado hollywoodiense otorgándole superproducciones de peso. Un mérito labrado gracias al trabajo duro y a la habilidad para parir largometrajes que conectan con el público hasta el punto de haber colocado uno de ellos, Sin identidad, en el número uno de la taquilla estadounidense.
Infierno azul formaba parte de la lista negra de guiones no producidos más deseados de 2014. Estas relaciones contienen títulos caídos en desgracia debido a determinadas características que dificultan su rodaje. El malditismo de esta historia siguió creciendo en el momento en que el director llamado a ponerlo en imágenes, Louis Letterrier, abandonó el barco debido a desavenencias derivadas de una bajada en el presupuesto inicialmente previsto. En este punto Collet-Serra toma las riendas de la película demostrando una vez más su capacidad para conseguir un resultado óptimo más allá de las limitaciones que le sean impuestas, volviendo por sus fueros, tras un par de cintas interesantes pero faltas de punch, con este trepidante thriller marino.

Nancy, una estudiante de medicina que sufre una crisis vocacional, decide dejarlo todo y perderse en una paradisiaca y solitaria playa mexicana que le retrotrae a su niñez para hacer surf y poner en orden sus ideas. El ataque de un tiburón a escasos metros de la orilla la deja aislada en un islote donde se verá obligada a echar mano de su ingenio para sortear el acoso del temible escualo.

Los últimos trabajos del director barcelonés evidencian el desarrollo de un abanico de recursos que lo convierten en discípulo aventajado de un maestro como Alfred Hitchcock. Domina con soltura el tempo y los resortes necesarios para crear una atmósfera de tensión en la que el suspense crece a medida que pasan los minutos. Y lo hace con herramientas sencillas, controlando los escasos elementos narrativos a su alcance en el reducido espacio de un islote y la porción de agua que lo rodea, aprovechando todo el juego que proporciona la subida y bajada de las mareas, emulando Náufragos, del genio británico, pero circunscribiendo la película al tour de force entre presa y depredador que nos trae a la memoria instantes del mítico filme de Spielberg de 1977.

El marino resabiado de aquella, interpretando por Robert Shaw, se transmuta en esta bella que se encara con la bestia propiciando así un vibrante enfrentamiento que nos clava literalmente en la butaca; el que se produce entre una rocosa Blake Lively y el enorme tiburón blanco que la acecha. Sin un momento de pausa, la realización y el montaje consiguen que el ritmo no nos permita apenas respirar, algo nada desdeñable para un largometraje que a priori podría dejarnos fríos pero que sabe explotar los tópicos del género de manera astuta para atrapar la atención del espectador.

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Infierno Azul
Dirección: Jaume Collet-Serra
Guión: Anthony Jaswinski
Intérpretes: Blake Lively, Óscar Jaenada, Brett Cullen
Fotografía: Flavio Martínez Labiano
Música: Marco Beltrami
Duración: 86 min.
Estados Unidos, 2016
Como en El show de Truman, todos en el bar observan, boquiabiertos, el televisor. Diez segundos más tarde, un tipo rubio de no más de treinta baja la cabeza, lanza la bola sobre el futbolín y sigue jugando. Todo vuelve a la normalidad. Nada nos afecta, nada nos conmueve. Nos hemos vuelto inmunes al padecimiento ajeno, a sus dramas y tragedias. En cuanto se deja de hablar de ello, desaparece, como si ya no existiera, como si nunca hubiese existido. Elegimos olvidarlo y no hacemos nada al respecto. ¿Sigue en nuestra memoria Aylan, el niño sirio refugiado, inerte en aquella playa turca, que nos destrozó el alma y nos hizo avergonzarnos de la condición humana? La película que nos ocupa, más allá de la excusa argumental, habla de la insensibilidad ante lo que sucede a nuestro alrededor, mostrada sucintamente en esta elocuente secuencia tabernaria.

En cuanto a la trama, en el rincón derecho del cuadrilátero, Lee Gates (George Clooney), el apóstol de las finanzas, un bufonesco telepredicador que hace telebasura con la inversión bursátil embutido en un albornoz de boxeador que luce el ridículo nombre de su programa: Money Monster. Su oponente surgirá de manera inesperada. Un repartidor arruinado debido a un fallido consejo del presentador (Jack O´Connell) irrumpe en el plató para tomar a punta de pistola la emisión.

La Jodie Foster realizadora deja traslucir influencias de thrillers con secuestro a mano armada del estilo de Plan oculto, amén de relatos que añadían un importante trasfondo social como John Q, cuyas reivindicaciones sobre la sanidad quedan sustituidas aquí por la denuncia de la dictadura de los mercados de colectivos como Occupy Wall Street. La directora consigue mantener la tensión y el interés de una narración que parte de una premisa argumental un tanto endeble, dejando el Macguffin de la historia a merced de las improbables consecuencias de un error informático, y cuyo desenlace evoluciona de una manera ciertamente inverosímil. A pesar de todo quedémonos con la lectura de fondo y desechemos lo anecdótico.

Junto a nuestra propia indolencia encontramos un segundo protagonista: la indecente adoración al dios dinero que desgraciadamente produce diferencias cada vez más insalvables en Estados Unidos, pero también a la vuelta de la esquina. La corrupción, el latrocinio de cuello blanco, la estafa y, como consecuencia, la indefensión y la desesperación que provocan el acto irracional de quien acaba de perderlo todo. Rousseau describió la situación con suma clarividencia cuando escribió que: “La igualdad no significa que todos tengamos la misma riqueza, sino que nadie sea tan rico como para poder comprar a otro ni que nadie sea tan pobre como para verse forzado a venderse”. En el llamado primer mundo cada vez crece más la brecha entre la gente adinerada y el ciudadano de a pie a consecuencia de los efectos derivados de una crisis económica que no termina de desaparecer. Los vemos, sabemos que están ahí, pero no movemos un dedo para paliarlos. Desviamos la mirada exactamente igual que aquel espigado jugador de futbolín y continuamos la partida.
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Money Monster
Dirección: Jodie Foster
Guión: Jamie Linden, Alan DiFiore y Jim Kouf
Intérpretes: George Clooney, Julia Roberts, Jack O´Connell
Música: Dominic Lewis
Duración: 98 min.
Estados Unidos, 2016
El alemán Tom Tykwer irrumpió en la escena internacional en 1998 con la impactante Corre, Lola, corre en la que desplegaba todo su talento a través de un estilo ágil que mezclaba distintas técnicas cinematográficas con un montaje vertiginoso. El éxito de crítica y público propició su salto al exclusivo círculo de las majors hollywoodienses para las que ha realizado varios trabajos con resultados desiguales. El desastre comercial de su última cinta, la pretenciosa y fallida El atlas de las nubes, co dirigida junto a las (hoy) hermanas Wachowski, ha provocado este viraje del cineasta al clasicismo.
A pesar de ello, el inicio de Esperando al rey auguraba un regreso a los inicios. Mezclando efectos de animación con imagen real, un cómico Tom Hanks en la piel de Alan Clay, un hombre de negocios venido a menos, parodia el proceso de destrucción que han seguido paralelamente su carrera y sus relaciones afectivas parafraseando el tema de los Talking Heads Once in a lifetime, para acabar mirando al cielo mientras exclama: “¿Cómo he llegado aquí?”.

Los fuegos de artificio desaparecen pronto, cuando vemos que se trata de una pesadilla, una de las muchas que sufre de forma recurrente un hombre perseguido por el fantasma de su mala conciencia. Clay ha sido enviado por su compañía a Arabia Saudí para cerrar una importante y lucrativa concesión con el mismísimo rey, pero se encuentra en una tienda en mitad del desierto, aguardando una visita que nunca se produce, acuciado, psicológicamente, por sus propios demonios, pero también por una dolencia física, una bola de grasa que crece en la parte superior de su columna vertebral.

El guión se sirve de flashbacks para ayudar a dibujar la personalidad y el origen de las cuitas del protagonista, consiguiendo un retrato nítido de este tipo desorientado en su recorrido vital. La sensación de fracaso personal y profesional le abruma hasta el punto de sentirse vacío, además de producirle un decaimiento que le impide afrontar lo que se le viene encima. La pesada mochila que soporta, cargada de remordimientos fruto de controvertidas decisiones empresariales y fallidas elecciones familiares, queda reflejada en ese vagar por un territorio extraño y en el voluminoso quiste que cada vez que se mira en el espejo le recuerda en qué se ha convertido. Los continuos ataques de ansiedad no son sino gritos de socorro del subconsciente de alguien que necesita redimirse y encontrar esa roca a la que asirse para poder encauzar el rumbo, que le proyecte y le devuelva esa energía que le haga afrontar su existencia de manera diametralmente opuesta.

Mientras el filme se ciñe a este planteamiento se antoja absorbente y cautivador, y las reminiscencias de La pesca del salmón en Yemen extraídas de la relación de Clay con los nativos saudíes añaden una dosis de atractivo a la historia. La deriva de estas expectativas, no obstante, nos llevará a observar cómo se va diluyendo ese interés a medida que este fulano comienza a equilibrar sus desajustes emocionales según avanza la narración.

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Esperando al rey
Director: Tom Twyker
Guión: Tom Twyker basado en la novela de Dave Eggers
Intérpretes: Tom Hanks, Alexander Black, Sarita Choudhury
Música: Johnny Klimek y Tom Twyker
Duración: 98 min.
Reino Unido, Francia, Alemania, Estados Unidos, México, 2016
Dentro de las patologías cerebrales que influyen en el olvido observamos una doble vertiente: una terrible, que nos atenaza solo de pensar que pueda afectarnos, la enfermedad de Alzheimer, el fantasma capaz de robarnos el alma para siempre; la otra, inquietante, como le sucedía al personaje de Guy Pearce en Memento, que necesitaba de sus propios tatuajes para acceder a los recuerdos más recientes que se volatilizaban día tras día, pero no exenta de emotividad, con ese padre reconstruyendo continuamente para su hija, Drew Barrymore, las mismas 24 horas, para no hacerla sufrir, en 50 primeras citas.
Este aspecto más jovial, aprovechando la comicidad que se pueda extraer del tema, es el que explota Pixar en esta película, que supone al mismo tiempo una segunda parte de Buscando a Nemo pero también un spin-off, ya que el protagonismo se centra en uno de los personajes secundarios de aquella, la tercera fémina que lleva el peso de un largometraje del estudio del flexo tras Mérida, la pelirroja princesa escocesa de Indomable, y Riley, la joven estudiante cuya cabecita se encontraba Del revés. Ella misma se presenta con un escueto y directo: “Me llamo Dory y sufro pérdidas de memoria a corto plazo”. Más adelante, su compañero de fatigas, el gruñón pulpo Hank le espetará: “Eres afortunada, sin recuerdos no hay problemas”, aludiendo a las eventuales ventajas que podría conllevar su curiosa condición, obviando así rencillas, rencores o malos tragos.

Durante su niñez, y debido a sus problemas, nuestra pececita amnésica, de forma dramática, pierde el contacto con sus padres. Terminará topándose con Nemo y Marlin, con los que vivirá la odisea de la que disfrutamos hace ya 13 años. La trama de este filme continúa 6 meses después de aquella búsqueda con otra singladura, la que se propicia cuando los peces payaso, intentando ayudar a Dory a encontrar a sus progenitores, extravían a su amiga viéndose obligados a remover cada piedrecita del fondo del mar hasta dar con ella.

Explotando el ingenio, el guión se encuentra repleto de réplicas mordaces e hilarantes que, jugando continuamente con el doble sentido, sacan todo el partido posible a la dolencia de este bello ejemplar de pez cirujano azul. Sus accesos repentinos de memoria hacen aflorar un lenguaje visual certero que los presenta en forma de flashbacks a los que accedemos a través de una puerta giratoria. El carrusel de variopintos escenarios y las espectaculares secuencias de acción no hacen sino potenciar la atracción de una cinta que aúna gran cantidad de virtudes.

Andrew Stanton capitanea un equipo que, como de costumbre, ha querido reflexionar y hacernos cavilar, apelando a la naturaleza inquieta del espectador, acerca del olvido y de los curiosos mecanismos que utiliza nuestro cerebro para mantener vivos esos trocitos de información que nos conectan a los nuestros. Detrás de toda la diversión, de las risas, de las aventuras, de las persecuciones, subyace algo más profundo, ese hilo invisible que nos une a la familia que tenemos, pero también a la que elegimos.

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Buscando a Dory
Dirección: Andrew Stanton y Angus MacLane
Guión: Andrew Stanton y Victoria Strouse
Intérpretes (voces en español): Anabel Alonso, José Luis Gil, Javier Gurruchaga
Música: Thomas Newman
Fotografía: Jeremy Lasky
Duración: 103 min.
Estados Unidos, 2016
Música tétrica. Un rótulo nos golpea sin tiempo a reaccionar. “Durante la dictadura en Argentina, de 1976 a 1983, una de las formas de exterminio más brutales consistía en secuestrar y lanzar a los disidentes desde aviones hacia el mar. Estas prácticas se conocían como vuelos de la muerte”. La mente cinéfila rebobina rápidamente y enfoca hacia Garaje Olimpo, la escalofriante crónica fílmica, cruda y sin concesiones, de la oscura trastienda del régimen de Videla. Pero lo que parece centrar el argumento tan solo forma parte del no poco importante contexto en el que se va a desarrollar una trama mucho más próxima a ese cine negro rural con aroma a los hermanos Coen o a relatos como El cartero siempre llama dos veces.

En 1977 un piloto de la Marina Argentina, tras desobedecer una orden, se ve obligado a huir para sobrevivir convirtiéndose en un desertor. Se refugia en un pueblecito dejado de Dios, en mitad de ninguna parte, donde espera pasar desapercibido, pero su presencia llama la atención del corrupto comisario local, un fulano violento y falto de escrúpulos.

El porteño Sebastián Borensztein (Un cuento chino) realiza un exquisito ejercicio de film noir construido siguiendo las constantes del género a partir de la creación de una atmósfera muy trabajada que sumerge al espectador en la narración paulatinamente, administrando los puntos de interés de forma creciente y sorprendiendo con cada giro argumental. El realizador juega con todos los elementos a su alcance articulándolos de modo que queden perfectamente engarzados.

El punto de partida, un guión de exactitud milimétrica, trufado de esos detalles que parecen difuminados al azar y que cobran sentido y cincelan en piedra una historia redonda que funciona como un reloj de cuco. En torno a él, los tres personajes principales: el aviador, Ricardo Darín, sobrio, magnífico; el comisario, Óscar Martínez, completamente despreciable y mezquino, genial; y la mujer del dueño de la gasolinera, Inma Cuesta, maravillosa y totalmente creíble con su acento argentino, sus pasionales encuentros furtivos con el forastero activan uno de los varios motores de la trama. Tras ellos, una galería de secundarios perfectamente dibujados. Ni estos, ni aquellos se libran de esconder algún que otro secreto.

La música del gran Federico Jusid (El secreto de sus ojos) se suma al conjunto, jugando con las guitarras pero sin renunciar a una instrumentación más profunda para realizar un recorrido tonal que fluye desde la tensión a lo romántico pasando por lo dramático sin dejar de mantener esa sensación de continuo suspense. Aunque la contribución de Rodrigo Pulpeiro, gracias a una fotografía que cuida los encuadres hasta el punto de completar cada secuencia aportándole subtexto, resulta excepcional. Utiliza el paisaje, la vegetación, la topografía, como elementos narrativos. Esas carreteras en perspectiva que se pierden en el infinito o el rojo de los faros traseros de un coche refulgentes en la oscuridad otorgan una apabullante personalidad a la factura visual de una cinta que dignifica un género que sigue sin perder un ápice de su eterno atractivo.

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Copyright de las imágenes © Antena 3, Gloriamundi Producciones, INCAA, Pampa Films, Telefé. Cortesía de DeA Planeta. Reservados todos los derechos
Capitán Kóblic
Dirección: Sebastián Borensztein
Guión: Sebastián Borensztein y Alejandro Ocón
Intérpretes: Ricardo Darín, Óscar Martínez, Inma Cuesta
Fotografía: Rodrigo Pulpeiro
Música: Federico Jusid
Duración: 92 min.
Argentina, 2016
Shane Black gracias a su libreto para El último boy scout consiguió el estatus de guionista mejor pagado, pero tras dos sonoros batacazos comerciales consecutivos, El último gran héroe y Memoria letal, la industria le dio la espalda. Una década después, en 2005, todavía estigmatizado por los grandes estudios, volvió para escribir y dirigir su primer trabajo tras las cámaras, una modesta producción independiente, Kiss kiss, bang bang, para la que contrató a otro apestado de Hollywood, Robert Downey Jr. La cinta se convirtió en un filme de culto que volvió a poner en el mapa al intérprete hasta el punto de reencauzar su carrera. Ya en la cima del éxito, el actor devolvió el favor recomendando a Black como director de Iron Man 3 con la que consiguió unos resultados en taquilla que le permitieron embarcarse en otra aventura personal, Dos buenos tipos.

Las notas de Papa was a rolling stone de los Temptations, que acompañan a una cámara que vuela desde el rótulo de Hollywood sobre un Los Ángeles nocturno entre unos créditos tipografiados en una fuente característicamente setentera, marcan el tono gamberro y la ubicación física y temporal de una historia en la que dos detectives privados, de caracteres opuestos, se verán obligados a colaborar para investigar el aparente suicidio de una estrella del porno.

El proyecto, inicialmente planteado como serie televisiva, tras un fallido episodio piloto se reconvirtió en largometraje. Probablemente esta sea la causa por la que a partir de la duración normal de un capítulo (una hora aproximadamente) el argumento comienza a girar excesivamente sobre sí mismo exactamente del mismo modo que ocurría en la ópera prima de Black, con la que esta película comparte defectos y virtudes. El trío protagonista, que guarda gran parecido al de aquella, lo forman un “sabueso” que ha perdido el olfato, literalmente; su hija, más inteligente que él (en un remedo del Inspector Gadget) y un matón incapaz de sacarse la licencia de detective. La química entre Russell Crowe y Ryan Gosling, que encarnan a estos dos investigadores venidos a menos, aporta grandes dosis de hilaridad que enriquecen el resultado final.

El paralelismo más acusado, más allá de homenajes a grandes comedias como Un pez llamado Wanda o El guateque, mueve al regidor a realizar una especie de versión canalla, trasladada a los 70, de la gran L.A. Confidential, calcando elementos de la trama, secuencias completas y propiciando el reencuentro entre unos Russell Crowe y Kim Bassinger sobre los que el tiempo ha dejado sus indelebles huellas.

Los incondicionales de Shane Black disfrutarán con una cinta que muestra al cineasta en estado puro; el resto, a pesar de las irregularidades, se va a llevar un buen sabor de boca con una comedia socarrona, deslenguada, que dibuja personajes que nos trasladan a las buddy movies de los 80, esos que tan bien perfiló la pluma de guionista de éxito del realizador, tipos que a pesar de odiarse a muerte trabajaban codo con codo, como los Murtaugh y Riggs de Arma Letal.

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Dos buenos tipos
Dirección: Shane Black
Guión: Shane Black y Anthony Bagarozzi
Intérpretes: Ryan Gosling, Russell Crowe, Angourie Rice
Música: David Buckley y John Ottman
Fotografía: Philippe Rousselot
Duración: 116 min.
Estados Unidos, 2016
Gaza, Palestina, 2005. Cuatro niños actúan en plena calle con instrumentos improvisados a partir de lo que han podido encontrar por ahí. Una batería construida a base de latas vacías, un bidón azul de plástico vuelto del revés para la percusión manual y una especie de laúd árabe con corazón de caja de galletas metálica. Lo único puro e inimitable es la voz del solista, un pequeño ruiseñor que encandila al par de decenas de chavales que corean sus canoros gorgoritos mientras acompañan con movimientos rítmicos el melodioso tema de raíces étnicas. En plena apoteosis, un jarro de agua fría, literalmente, acaba con el concierto. Desde la azotea, la tía del cantante y la guitarrista, todavía barreño en mano, les increpa a grito pelado: “¡Debería daros vergüenza, la gente muriendo y vosotros tocando!”.

Hany Abu-Assad se sirve de esta secuencia para establecer el tono de su película, bastante más ligera y apartada de la crudeza de sus anteriores filmes, Paradise now y Omar, aunque no exenta de la dureza de una historia, basada en hechos reales, que se desarrolla en los mismos escenarios que aquellas dos, la franja de Gaza. El bloqueo israelí sobre los territorios ocupados forma parte del contexto en el que se desarrolla el argumento pero apenas se menciona. Este trabajo busca hablar sobre la población palestina y las distintas divisiones grupales (religiosas, políticas o de otros tipos) que se encuentran dentro de ella, y de un elemento que, sorprendentemente, consigue unificar a todas.

El pequeño Mohamed posee un talento innato, una voz prodigiosa que subyuga a quienquiera que le escuche. Sus amigos (sobre todo su hermana Nour) le empujan a intentar salir de la tierra que le vio nacer para llevar su música por todo el mundo. Cuando años más tarde, desde un anodino trabajo como taxista, contempla el éxito de la primera edición de Arab Idol piensa que tal vez ahí se encuentre su futuro.

Abu-Assad, de origen palestino, se mira en el espejo de su protagonista para conseguir a través de su arte, del cine, como aquel lo hace con la música, inspirar la buena voluntad y la paz entre naciones en una zona de constantes y terribles enfrentamientos como Oriente Próximo y, más en concreto, entre Israel y Palestina. Su filmografía completa ha apuntado siempre en esa dirección aunque, curiosamente, haya recibido zancadillas a diestro y siniestro. En este caso, a pesar de haber representado a Palestina dos veces en los Óscar, no se le permitió rodar en Gaza por haber nacido en Israel.

Películas cortadas por el mismo patrón que ésta hemos visto muchas, la notable diferencia la encontramos en el marco en el que se desarrolla y en la profundidad y en la emoción con que el realizador refleja la repercusión de todo cuanto sucede. Sin alcanzar la excelencia de sus dos trabajos previos, ha logrado una cinta cálida y cercana que en sus momentos finales toca la fibra sensible del espectador con el mejor efecto especial del que se pueda echar mano, la propia realidad.

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Idol
Dirección: Hany Abu-Assad
Guión: Hany Abu-Assad, Sameh Zoabi
Intérpretes: Tawfeek Barhom, Nadine Labaki, Ahmed Al Rokh
Música: Hani Asfari
Fotografía: Ehab Assal
Duración: 100 min.
Holanda, Reino Unido, Qatar, Argentina, Palestina, 2015
Ayer viernes 3 de junio volvimos al incomparable marco que es el Salón de Actos del Castillo de Marcilla para ver una obra maestra del cine como Rashomon y comentarla y compartir impresiones con los espectadores gracias, de nuevo, a la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento, representada por su máximo responsable,Vicente Navarro,y por la Técnica de Cultura, Merche Boneta, y a la Biblioteca Pública de la localidad, con Gloria Perales a la cabeza.
La importancia en la Historia del Cine, así con mayúsculas, de Rashomon (1950) se puede medir simplemente a través la cantidad de películas y directores que se han visto influenciados por esa manera tan especial de utilizar la estructura fílmica, con tres líneas temporales que se entrecruzan constantemente, así como el resto de elementos que aportó al modo en que se contaban historias con una cámara.
Sin esta cinta Tarantino no sería quien es, no habríamos tenido Reservoir Dogs, Pulp Fiction, Jackie Brown o Los odiosos ocho, Oliver Stone no habría dirigido JFK de la misma forma y la magnífica Sospechosos Habituales, con su flashaback «mentiroso», ni siquiera habría existido. Y tantas y tantas más. Siempre se ha dicho que a la hora de llevar a la gran pantalla El hombre que mató a Liberty Valance John Ford tenía en mente la película de Kurosawa. Sin la misma figura del maestro japonés el cine de Steven Spielberg, Coppola o Scorsese no sería el mismo, ni el de Sergio Leone, que tuvo que rendir cuentas tras basarse en Yoyimbo para su primer spaghetti western, Por un puñado de dólares, sin pedir permiso, y lo más importante, ¿habría existido la saga de Star Wars si George Lucas no se hubiese encandilado con La fortaleza escondida?

Cinco años después del final de la segunda guerra mundial, de las terribles bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, en 1950, se estrenó Rashomon. Una obra maestra del cine que como tal, no solo no ha envejecido sino que lo que nos traslada tiene la misma vigencia, si no más, que la que tenía en el momento de su estreno. Pero no solo es importante por su discurso, lo que aportó a la forma de hacer cine fue tan relevante que marcó un antes y un después, por su original estructura narrativa y por una planificación, una composición de los encuadres y una utilización de la iluminación, usando únicamente luz natural, nunca vistas hasta entonces.

Akira Kurosawa comenzó a ser conocido fuera de las fronteras de su país, donde se recibían sus trabajos con auténtico entusiasmo, mucho más del que, de forma cainita, demostraba la prensa y el público japonés. El León de Oro, máximo galardón del Festival de Venecia de 1951, fue el responsable de esta tremenda repercusión internacional. Y el posterior Óscar honorífico concedido por la Junta de Gobernadores de la Academia a la mejor película extranjera estrenada en Estados Unidos en 1952 tuvo tanta importancia que se atribuye a Rashomon el mérito de haber conseguido que la Academia crease el Óscar a la mejor película extranjera.

Kurosawa es de ese tipo de directores que en lugar de dar todo mascado, de pontificar, de soltar un discurso prefabricado al espectador, le plantea interrogantes, apela a su espíritu crítico y le hace pensar y reflexionar sobre la condición humana. Se puede tachar esta forma de entender el cine de filosófica, pero es así como él afronta sus dudas sobre el ser humano y su comportamiento y las comparte con el público, pero dejando que sea este último el que saque sus propias conclusiones sobre lo que acaba de ver. Algo me dice que Clint Eastwood es otro entusiasta, como este que escribe, del cine del genio nipón.

Rashomon está basada en dos relatos de Ryunosuke Akutagawa, los titulados Rashomon y En un bosquecillo, que permiten extraer una doble lectura de la película teniendo en cuenta cada uno de los cuentos.
1.- Como alegoría de la situación del Japón de la posguerra mundial (Rashomon)
La puerta de Rashomon, en el Kioto del siglo XII, derruida, ruinosa, marginal, foco de violencia, rodeada de cadáveres, lugar de encuentro de criminales, bañada por la tempestad como 5 años antes del estreno de la película una lluvia negra tintaba trágicamente las fachadas de la ciudad de Hiroshima, simboliza ese Japón de posguerra, perdido, en busca de un rayo de luz en medio de las sombras al que asirse para mirar al horizonte y resurgir para volver a construir un futuro esperanzador.

2.- Como disquisición acerca de cómo se difuminan los límites de la VERDAD y la MENTIRA y el EGOÍSMO del HOMBRE, debido a una visión PESIMISTA y DESILUSIONADA del GËNERO HUMANO, que comparten tanto Akutagawa como Kurosawa. (En un bosquecillo)
A partir de cuatro testimonios, no del todo ciertos, el director nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de la condición humana. Ante la confusión de los personajes que se refugian bajo la puerta de Rashomon que analizan los hechos (un asesinato y una violación) a partir de lo que han declarado los inculpados y varios testigos, el escepticismo de Kurosawa encarnado en un maleante espeta al espectador: “Quédate con la versión más creíble y no pienses más en ello”.

Desde aquí os invitamos a recuperar una obra maestra que dejó huella por sí misma pero sobre todo como influencia de gran parte del mejor cine que ha venido después y cuyo discurso es perfectamente válido en el siglo XII, en 1950 o en los albores del siglo XXI.

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