Mientras la crisis de los refugiados sigue golpeando el corazón y las conciencias de media Europa al tiempo que la otra mitad asiste impasible al estremecedor éxodo forzado de estas gentes, llega a las pantallas este largometraje que bien podría ser el relato de una de esas historias anónimas de sufrimiento, huida y adaptación. Un hombre, una mujer y una niña fingen ser una familia para conseguir escapar a Francia y dejar atrás la guerra civil de Sri Lanka.
Las cosas no serán fáciles en un país donde desconocen el idioma por completo y se han de procurar el sustento a través de trabajos marginales. Llegan a un vecindario en una zona marginal a las afueras de París que, si bien les acoge con los brazos abiertos y proporciona un empleo al “matrimonio” sin realizar preguntas incómodas, no resulta tan diferente del hábitat peligroso y asfixiante del que provienen. Dheepan es el nombre que figura en el pasaporte falso de él y al que tendrá que responder a partir de ahora.

Esta dura e intensa historia ha sido la elegida por Jacques Audiard para suceder a las magníficas Un profeta y De óxido y hueso. En la misma línea de aquellas dos, el realizador francés vuelve a conseguir esconder el mecanismo narrativo que sustenta la película para que el espectador asista a un fragmento de la vida de estos inmigrantes sin ser consciente de que está viendo una película de ficción. Resulta asombrosa la modélica capacidad de la que el cineasta hace gala para captar y transmitir con la más absoluta autenticidad, y sin dejar de mantener el interés, la evolución lógica y natural de unos personajes que trascienden el corsé del negro sobre blanco de un guión convencional para convertirse en personas reales a ojos de quien los observa desde la butaca.

El director galo estimula constantemente la inteligencia del público a través del elegante recurso estilístico de la elipsis, dejando que este deduzca lo necesario para completar la historia sin la necesidad de tener que contar todo paso por paso, de modo casi paternalista. El uso de los fundidos a negro como puntos y aparte articula la narración en capítulos, marcando de forma sutil las inflexiones, los momentos clave. Precisamente tras uno de estos cambios de rumbo se produce el resurgir de un filme que se encontraba a un paso de caer en la monotonía. Un giro que llena de fuerza y brío a un trabajo que se emparenta, de alguna manera, con el Sin perdón de Clint Eastwood y que gracias a la potencia de las imágenes con las que Audiard retrata estos pasajes equipara, de forma cruel, la barbarie de la guerra en el corazón de la selva con el horror que esta “familia” se encuentra a la vuelta de la esquina. Una crudeza y una valentía que, a pesar de encontrarse un peldaño por debajo de sus dos obras anteriores, bien se merecen la Palma de Oro que el jurado de Cannes tuvo a bien concederle.

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Dheepan
Dirección: Jacques Audiard
Guión: Jacques Audiard, Thomas Bidegain y Noé Debré
Intérpretes: Jesuthasan Antonythasan, Kalieaswari Srinivasan, Claudine Vinasithamby
Música: Nicolas Jaar
Fotografía: Éponine Momenceau
Duración: 109 min.
Francia, 2015
En el momento en que se consumen los apenas ochenta y dos minutos que dura Taxi Teherán aparece una escueta nota del director y la proyección finaliza bruscamente. “El Ministerio de Orientación Islámica autoriza los créditos de las películas para su distribución. A mi pesar, esta película no tiene créditos. Expreso mi gratitud a todos los que me han apoyado. Sin su valiosa colaboración esta película no habría visto la luz”. Este insólito hecho se debe a que las autoridades iraníes prohibieron en 2010 a Jafar Panahi salir del país y realizar largometrajes, de modo que el cineasta tiene que ingeniárselas para rodar, montar y exportar sus trabajos de forma clandestina. La sanción que pesa sobre él surge de contar en sus obras aspectos de Irán de los que el gobierno considera que no se debe hablar.
Con este filme lo que Panahi pretende en última instancia es denunciar esas políticas restrictivas que afectan a todos sus conciudadanos, contándolo en primera persona y dándole una ingeniosa vuelta de tuerca para hacerlo llegar al público a través de un sano sentido del humor. Con la excusa de que ya no le está permitido hacer películas el director ha de reciclarse profesionalmente por lo que decide conducir un taxi, pero como continúa sintiendo una intensa pasión por el cine no se resiste a colocar una micro cámara en el salpicadero para grabar las conversaciones que mantiene con sus dispares clientes. Esta es la excusa narrativa para dar forma y estructura de docudrama a este trabajo, teniendo en cuenta que se ha rodado con actores no profesionales, partiendo de un guión pero con la frescura de quien no tiene miedo a improvisar y grabando con la técnica de cámara oculta para que nadie a su alrededor sospechase nada en absoluto.

A partir de personajes de lo más variopinto el realizador dibuja un fresco de la sociedad iraní a través de los habitantes de su capital. Una galería de curiosos caracteres, que opinan abiertamente sobre todo tipo de temas que pueden considerarse tabú en su país, entre los que destacan la sobrina del cineasta y una amiga abogada, cuya aparición marca el punto de inflexión entre lo puramente cómico y lo más trascendente, aunque sin perder la sonrisa. Todo un alegato ante las trabas que las autoridades persas ponen a cualquiera, sea hombre o mujer, que quiera expresarse de manera contraria a la corriente oficial de pensamiento, ya sea a través del cine, la abogacía o en cualquier ámbito social.

Panahi utiliza planos secuencia de hasta diez minutos de duración con lo que la sensación de autenticidad se incrementa. Este estilo cuasi documental podría hacérsele al espectador difícil de digerir pero, a pesar de un ligero bajón en torno a la hora de metraje, el sentido del humor que se va tornando poco a poco en tranquila, aunque poderosa, reivindicación deja un buen sabor de boca que justifica el Oso de Oro con el que fue reconocido el filme en la pasada Berlinale.

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Taxi Teherán
Dirección y guión: Jafar Panahi
Intérpretes: Jafar Panahi (no aparece en los créditos, así como el resto del equipo)
Fotografía, montaje y sonido: Jafar Panahi (no aparece en los créditos)
Duración: 82 min.
Irán, 2015
Uno ya está harto de escuchar una de las muchas muletillas de las que tanto abusamos los críticos de cine. Apenas cuatro palabras que para el más moderno de los escribanos suponen la primera verbalización de su experta opinión: “no aporta nada nuevo”. En el cine, como en la literatura, el teatro o la música, ya está todo inventado (o casi). Realmente son las mismas historias contadas una y otra vez, lo que varía (y lo que nos cautiva o nos decepciona) es la aproximación, el punto de vista que se toma hacia ellas. Esa peculiar manera de narrarlas es lo que las tiene que hacer singulares y atractivas.
Nos hemos encontrado en infinidad de ocasiones con un contexto como el que describe El coro. El chico problemático y/o marginal que, a regañadientes, deja que le ayuden a potenciar una de sus habilidades, hecho que finalmente le hace madurar al tiempo que crece en edad. En este caso el chaval posee un don para la música, una voz angelical privilegiada. Las circunstancias le llevan a un internado donde se busca la excelencia en el canto. Un entorno hostil, con una férrea disciplina, en el que, además, tendrá que lidiar con los conflictos de egos y envidias que se suscitan entre sus propios compañeros.
La sensación de déjà vu resulta inevitable, pero hemos de tener en cuenta dos factores. Quien dirige esta historia, el canadiense François Girard, además de especializarse en temáticas que tienen que ver con la música, llevaba siete años sin ponerse detrás de las cámaras. Se trata de su tercer trabajo en dieciocho años, por lo tanto haríamos bien en pensar que elige sus proyectos con mucho mimo. Por la misma senda camina una actriz de enorme carisma, que no se prodiga mucho en cine, y que encarna a un personaje episódico que adquiere un importante peso en la trama. Cuesta reconocerla (atento espectador avispado) pero seduce desde el instante en que aparece en pantalla.

Girard ha sabido sortear el sentimentalismo de postal, tan recurrente en estos casos, para mostrar a través de dos profesores del chico en distintas etapas de su vida, perfectamente dibujados por Kevin McHale y por nuestra actriz misteriosa, lo vital que resulta que alguien crea en ti y en tu talento, antes incluso de que tú seas consciente de ello, insuflándote la confianza suficiente para seguir adelante y desarrollar todo eso que llevas dentro. La guinda la pone la conexión especial que se produce entre los dos protagonistas, un Dustin Hoffman brillante, sobrio y conmovedor, y un debutante como Garrett Wareing que ha sabido soportar sobre sus hombros la pesada carga que arrastra un personaje que aparece en cada plano. Un chaval que le permite al realizador acordarse del primer Truffaut al tiempo que consigue atraparnos visualmente mientras estimula nuestro oído con las creaciones de genios como Fauré y Haendel. Un deleite para los sentidos que ha sabido salirse del camino marcado para, en última instancia, tocar nuestra fibra sensible.

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El coro
Dirección: François Girard
Guión: Ben Ripley
Intérpretes: Garret Wareing, Dustin Hoffman, Kathy Bates
Música: Brian Byrne
Fotografía: David Franco
Duración: 103 min.
Estados Unidos, 2014
Nancy Meyers lleva más de una década escribiendo y dirigiendo comedias románticas con mujeres maduras como protagonistas. Si exceptuamos Vacaciones, cuya trama gira en torno a personajes treintañeros, tanto en Cuando menos te lo esperas como en No es tan fácil los enredos amorosos surgen entre unos talluditos Jack Nicholson y Diane Lane por un lado y Meryl Streep y Alec Baldwin por el otro. Se podría decir de ella, sólidamente instalada en un Hollywood todavía excesivamente masculinizado, que se trata de la nueva Nora Ephron del cine con mensaje.
Dicen que los músicos no se retiran, lo dejan cuando ya no sienten la música en su interior. Yo puedo afirmar positivamente que todavía hay mucha música dentro de mí. Con esta metáfora expresa Robert de Niro las ganas y la cantidad de cosas que su personaje puede aportar todavía. Se trata de un ex directivo jubilado y viudo cuyas perspectivas en la vida parecen haber desaparecido hasta que encuentra una singular propuesta de una empresa que busca becarios sénior, de más de 65 años, con la finalidad de mejorar su imagen ante la comunidad. Él es quien da título a esta película, aunque el argumento y la carga de profundidad gira en torno a la creadora, directora, gerente, esposa, madre y no se sabe cuántas cosas más (Anne Hathaway), de esa start up dedicada a la venta de moda por internet donde se dispone a trabajar este setentón.

Esta joven emprendedora de alguna manera le da la vuelta a la tortilla de El diablo viste de Prada para, en lugar de trabajar para la vaca sagrada (Meryl Streep de nuevo), tenerla a su servicio (De Niro). La trama romántica desaparece del primer plano para prestar más atención a los aspectos profesionales. Lo que subyace en el guión, y resulta tan interesante, es la temática de fondo que refleja la problemática del sexismo en el mundo laboral y la figura de las mujeres directivas en el tejido empresarial actual, mostrada a través del choque (y trascendiendo al tópico) de la vieja escuela del mundo de los negocios contra lo último de lo último, encarnado en esta firma de comercio electrónico, representadas por los roles de ambos protagonistas.

La película merecería la pena simplemente por la minuciosidad que se imprime a cada detalle que refleja el funcionamiento interno de esta empresa. Si además disfrutamos del lujo de la siempre estimulante presencia de un Robert de Niro, proclive a la sobre actuación en este tipo de filmes, al que la directora ha sabido llevar por el buen camino, y de su innegable química con su jefa en pantalla, una Anne Hathaway más habituada al género, que sabe reflejar las dudas, temores y contradicciones con las que tiene que lidiar una mujer que trabaja, que ostenta una posición de poder y que ha de mantener el delicado equilibrio de su faceta profesional con su vida personal, lo que nos encontramos aquí es algo más que esa comedia amable con toque sentimental que esperábamos.

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Copyright imágenes © Cross Creek Pictures, Infinitum Nihil. Cortesía de Warner Bros. Pictures Spain. Reservados todos los derechos.
El becario
Dirección y guión: Nancy Meyers
Intérpretes: Anne Hathaway, Robert de Niro, Rene Russo
Música: Theodore Shapiro
Fotografía: Stephen Goldblatt
Duración: 121 min.
Estados Unidos, 2015
Qué reconfortante resulta reconciliarse con un director como Ridley Scott que, tras comenzar su carrera de manera insuperable, yendo de Los duelistas a Alien: el octavo pasajero para terminar por sublimarse gracias a Blade runner, inició una travesía del desierto con aislados destellos de brillantez como Thelma y Louise o Gladiator; una filmografía que no daba un fruto realmente apetecible desde la magnífica American gangster, ocho años y cinco películas atrás. Aún así, como de los experimentos fallidos es de donde se extraen las más sabias enseñanzas, hemos de agradecer a la imperfecta Prometheus que la experiencia de rodar, de nuevo, una historia sobre el espacio haya servido al director como puesta a punto para enfrentarse a este ambicioso proyecto.

En algún momento todo puede irse al garete. Se acabó. Puedes aceptarlo o puedes ponerte a trabajar. Esto sale de la boca de Mark Watney (Matt Damon), astronauta norteamericano al que sus compañeros, tras una tremenda tormenta, dejan en Marte, creyéndole muerto, para no poner en riesgo las vidas de los demás. Las palabras brotan, nerviosas, debido a las oscuras perspectivas que se presentan ante este náufrago espacial. Los problemas son múltiples: se encuentra incomunicado con la tierra (donde, además, lo dan por fallecido), en caso de poder contactar con la NASA una posible misión de rescate tardaría cuatro años en regresar al planeta rojo, ocupa un módulo ideado para un periodo de apenas un mes y tiene que buscar la manera de cultivar alimento en un hábitat donde no crece nada o de lo contrario fenecerá por inanición. Afortunadamente es cabezota, optimista y, lo más importante, botánico.
Más que una película sobre el espacio lo que aquí nos encontramos es la crónica de la supervivencia extrema en un entorno hostil. Un estudio sobre la capacidad para afrontar situaciones límite, como ya pudimos ver en Náufrago o en la reciente, y estupenda, Everest. Lo verdaderamente reseñable de esta cinta es que el efecto especial queda en segundo plano para dar paso a la lucha de este hombre contra sí mismo y contra los elementos a base de ingenio, paciencia y mucho sentido del humor.

Ridley Scott ha sabido capturar el espíritu de la novela de Andy Weir sosteniendo una tensión narrativa que crece con el filme, manteniéndonos absortos durante los 144 minutos de metraje, y que se nutre de otros elementos como un muy inspirado toque cómico, la música disco de los 70 y las múltiples referencias cinematográficas, que van desde lo obvio (Apolo XIII, Interestellar) a lo más inesperado (El señor de los anillos).

La solidez del relato se cimenta en la credibilidad que rezuma el retrato que de la NASA y sus misiones espaciales se consigue gracias a magníficas interpretaciones de un reparto en estado de gracia. Jeff Daniels, Chiwetel Ejiofor, Sean Bean o Jessica Chastain son parte importante de un brillante elenco que funciona como un bloque compacto, una orquesta sinfónica en la que la fulgurante figura del concertino, un virtuoso Matt Damon, transmite al espectador la capacidad de superación y de lucha del ser humano.

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Marte
Dirección: Ridley Scott
Guión: Drew Goddard, basado en la novela de Andy Weir
Intérpretes: Matt Damon, Jessica Chastain, Jeff Daniels
Música: Harry Gregson-Williams
Fotografía: Dariusz Wolski
Duración: 144 min.
Estados Unidos, 2015
Dirigida por Scott Cooper. Sí, el mismo tipo que hizo Corazón Rebelde, aquella película sobre un cantante country en decadencia que le valió el Óscar a Jeff Bridges. Con ese único antecedente resultaba difícil hacerse a la idea de lo que nos podría ofrecer un realizador casi primerizo a partir de una historia tan cruenta como real. Otra de las incógnitas se centraba en averiguar si el retrato del capo de la mafia de Boston, James “Whitey” Bulger, que nos iban a mostrar entre Cooper y Johnny Depp iba a ser realmente convincente. La respuesta a ambas dudas nos ha dejado positivamente sorprendidos.
La narrativa templada y resolutiva del cineasta estadounidense nada tiene que envidiar a las mejores propuestas del género negro. En cuanto al protagonista principal, cuya excesiva caracterización podría hacer dudar al más entusiasta, uno se queda sin palabras para describir uno de los mejores trabajos de la carrera del actor que dio vida a Jack Sparrow. En las antípodas de aquel, Depp, más que construir, se convierte en este abyecto, siniestro y oscuro criminal mostrando todas las aristas de su compleja personalidad a partir de una interpretación contenida, casi minimalista, donde un silencioso susurro acongoja en mayor medida que el grito y la gesticulación más ostensibles.
Black Mass, título del libro de los periodistas del Boston Globe en el que se basa esta cinta, se refiere al Massachusetts más negro, en clave criminal, ya que lo que narra no es sino la alianza entre el FBI y uno de los más temibles gánsteres en la historia de Estados Unidos, a través de una historia de lealtad de dos amigos de la infancia.

El beneficioso influjo de Martin Scorsese, que se inspiró en estos hechos para Infiltrados, se deja notar en una modélica secuencia de montaje que muestra, al ritmo de la música, el ascenso de Bulger de mafiosillo de barrio a señor del crimen. Cooper, incluso, llega a sobrepasar al maestro neoyorquino en la contundente y magistral manera de plasmar de forma singular cada uno de los brutales asesinatos que aparecen en pantalla.

Sin embargo, la elegancia y el cuidado de cada encuadre, de cada movimiento de cámara, la textura y los colores con los que está fotografiado cada plano, el ritmo suave pero penetrante con la que se cuenta lo que sucede y la siniestra partitura que rememora lo mejor del cine negro, traen a la mente, salvando las distancias, al mejor Coppola.

Nos encontramos ante un trabajo sólido, muy potente, al que le falta un punto para llegar a la altura de obras maestras como El padrino I y II o Uno de los nuestros, pero que ofrece cine de muchos quilates, un retrato real de la mafia en Estados Unidos en los años 70, 80 y 90 de la mano de un reparto inmejorable, excelentemente dirigido por un Scott Cooper que, orgulloso, podrá compartir la gloria de la Academia con un Johnny Depp que intimida con su feroz retrato de James Bulger.

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Black Mass
Dirección: Scott Cooper
Guión: Mark Mallouk y Jez Butterworth, basado en el libro de Dick Lehr y Gerard O´Neill
Intérpretes: Johnny Depp, Joel Edgerton, Benedict Cumberbatch
Fotografía: Masanobu Takayanagi
Música: Tom Holkerborg
Duración: 122 min.
Estados Unidos, 2015
29-octubre: Mi gran noche
30-octubre: Black Mass
2-noviembre: Marte
4-noviembre: El becario
6-noviembre: El coro
9-noviembre: Taxi Teherán
11-noviembre: Dheepan
13-noviembre: B, la película
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“Las películas deben comenzar con un terremoto y luego ir creciendo”. Esta máxima del tipo que concibió el cine como espectáculo de masas, Cecil B. De Mille, ha sido aplicada por grandes directores incluso en el terreno del humor, como Blake Edwards en la desternillante El guateque. Siguiendo el consejo del primero y la estela (y estructura) del segundo, Álex de la Iglesia, con la inestimable colaboración de su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, ha concebido una comedia negra que se va asalvajando a pasos agigantados.
La explosión inicial, esa que nos deja con la boca abierta, para, a partir de ahí, seguir más y más hacia arriba, la conforma el número de apertura de la gala de Nochevieja 2015. Un ballet espectacularmente realizado que haría palidecer a cualquiera de los ideados por el rey Midas de los especiales de fin de año, el ínclito José Luis Moreno que, como no podía ser de otro modo, aparece referenciado en un guión lleno de guiños más que cómplices. Afortunadamente no estamos hablando de carcajadas huecas, en el subtexto subyace una lacerante e irónica crítica a los tiempos que nos está tocando vivir, con la crisis, el paro y la corrupción como el amargo pan nuestro de cada día.

Mi gran noche narra la odisea que vive el equipo de grabación del programa emblemático de la noche de las campanadas: realizadores, presentadores, guionistas, figurantes, estrellas, todo y todos los que se mueven entre bambalinas y frente a las cámaras. Un grupo de personas encerrado durante horas en una nave industrial donde se trabaja a destajo. Como en El ángel exterminador, nadie puede abandonar este interminable rodaje, microcosmos alegórico de la España de la crisis convertido en una alocada Estrella de la Muerte comandada por un singular Darth Vader.

Más allá del feroz (y fidedigno) retrato de las vísceras del medio televisivo, el título no deja lugar a la duda. Las canciones (y sus inimitables letras) de un mito como Raphael y el propio personaje que encarna el cantante (Alphonso, un alter ego autoparódico al extremo, cuya aparición resulta auténticamente sublime) son grandes protagonistas de una trama salpicada de referencias totalmente eclécticas y que proporcionan sonoras carcajadas.

Dentro de un magnífico reparto coral destacan tres intérpretes que muy probablemente nos encontraremos entre las candidaturas a los próximos Goya. Jaime Ordóñez, como el fan fatal del galáctico Alphonso, es la sorpresa. Las confirmaciones vienen de la mano de Mario Casas, un fulano que sabe reírse de su propia imagen de sex symbol como atestigua su estrambótica caracterización, y de una Blanca Suárez que realiza la mejor interpretación que este que escribe le recuerda, transmitiendo toneladas de ternura gracias a un personaje totalmente incomprendido.

Alex de la Iglesia realiza su película más extrema hasta la fecha, más excesiva que Las brujas de Zugarramurdi, más coral que La comunidad, más reivindicativa que La chispa de la vida, más salvaje que Acción Mutante y con el mismo final anticlimático de El día de la Bestia.

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Mi gran noche
Dirección: Álex de la Iglesia
Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría
Intérpretes: Mario Casas, Blanca Suárez, Raphael
Música: Joan Valent
Duración: 100 min.
España, 2015
¡Cuánto daño puede hacer un enfoque equivocado a la hora de promocionar una película! En este caso se trata de lo que el tráiler podría destripar del argumento de un thriller cuyo principal aliciente es el suspense en torno a la trama y a la identidad del desconocido del título. Uno no es partidario de conocer información previa al visionado de una película, pero en algunas ocasiones resulta complicado evitar la contaminación. El temor a lo que era posible deducir de la publicidad del filme, por un lado se confirmó aunque, en honor a la verdad, en última instancia apenas entorpece el pleno disfrute de esta magnífica cinta de acción que nada tiene que envidiar a las que nos llegan del otro lado del Atlántico. Es más, Dani de la Torre, en su sorprendente debut, admite cuál es su espejo a la hora afrontar una obra de género de muchos quilates. Los agradecimientos finales nos dan la pista: “…y al maestro Tony Scott”.

Un director de sucursal bancaria lleva a sus dos hijos al colegio. Mientras se encuentra al volante recibe una llamada de alguien que asegura que si alguno de los tres se levanta de su asiento el coche volará por los aires. A partir de ahí, en el angosto espacio de un automóvil que recorre una A Coruña que la cámara retrata como si fuese Nueva York, se sucede un argumento que reúne elementos de importantes referentes como Última llamada, Locke o A la hora señalada. Aunque el terremoto inicial, volviendo al final del párrafo anterior, le debe toda su espectacularidad, brillantez, brío, tensión y desasosiego a los magníficos y vertiginosos primeros veinte minutos de Enemigo público del trágicamente desaparecido realizador británico, cátedra viva de cómo se debe filmar y montar el cine de acción.

El oficio y el marchamo de calidad de ese magistral arranque, inspirado sin duda por el genio de Scott, se mantiene a lo largo de una trama en la que se cuela el reflejo de las nefastas consecuencias de la vergonzosa gestión de ciertas entidades bancarias de la crisis económica. Por mucho que el guión pueda adolecer de ciertas incongruencias dramáticas, estas se convierten en algo baladí si tenemos en cuenta que el trabajo de fotografía (encuadres, movimientos de cámara, aspecto visual), sonido, montaje y una banda sonora que el mejor Hans Zimmer hubiera reclamado para sí, hacen que el estado de ansiedad que nos provoca la película nos deje literalmente sin aliento.

El otro elemento que eleva el resultado final es un Luis Tosar pletórico, presente en prácticamente cada uno de los planos de la cinta, que refleja como nadie el sufrimiento de un padre que teme mucho más por la integridad de sus vástagos que por la suya propia. Un esfuerzo interpretativo que llega a conmover y que se enriquece con la réplica de Paula del Río, la joven actriz que encarna a su hija, otra de las sorpresas agradables de un trabajo al que, afortunadamente, no le afectan en absoluto las malas decisiones mecadotécnicas.

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El desconocido
Dirección: Dani de la Torre
Guión: Alberto Marini
Intérpretes: Luis Tosar, Paula del Río, Elvira Mínguez
Fotografía: Josu Incháustegui
Música: Manuel Riveiro
Montaje: Jorge Coira
Duración: 100 min.
España. 2015
Por problemas técnicos no hemos podido colgar las críticas que teníamos previstas para la semana pasada. Ayer colgamos la crítica de «Regresión» y en breve aparecerán por aquí las prometidas de «El desconocido» y «B, la película», además de las de reciente estreno «El coro» y «Taxi Teherán».
Mil perdones por las molestias causadas y gracias por vuestra comprensión y vuestra fidelidad.
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